parejas abuelos ecuador

LO QUE DEJAMOS

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Hay una pregunta que me han hecho algunas veces y, si bien no me pone incómoda, sí me deja pensando. Me hace cuestionar -en el buen sentido- cómo viajo. La última vez que me lo preguntaron fue en Popayán, cuando terminé de dar una charla sobre mi viaje en bici por Ecuador. ¿Y tu qué sientes que dejas a cambio?, me preguntó uno de los chicos que había estado escuchándome.

A lo largo de este tiempo viajando, he recibido mucho. Familias que me han hospedado, que me han convidado un plato de comida, que me han dado agua, que me han conversado. Personas que se preocuparon por hacerme sentir bien, por que esté cómoda, por darme más de lo que necesitaba. Entonces cuando cuento sobre las familias que se han apretado en alguna cama para dejarme una a mí, que me han compartido la cena y no me dejaron ir sin desayunar, que no me quisieron cobrar el plato de arroz que paré a pedirles, que me regalaron una pulserita cuando me fui “para que los recuerde”, que me han tenido dos, cuatro, quince, treinta días en su casa, que me han dado frutas para el camino, que me han dejado una cena o el camping pago, que me han dejado quedar en su casa un día más para que descanse, que me piden que vuelva, es natural que surja esa pregunta. Si recibo tanto, ¿qué dejo yo a cambio?

foto nene ecuador

La primera vez que me lo preguntaron me quedé callada: me acordaba que a algunos les había dejado alguna foto, que en otras casas había cocinado algo, que a varios no les había dejado nada. ¿Nada? ¿Y entonces por qué los nenes me piden que me quede una noche más, o los abuelos me preguntan por qué me voy tan rápido? ¿Por qué me despiden con lágrimas en los ojos y me preguntan cuándo voy a volver? ¿Por qué me siguen llamando por teléfono para ver cómo estoy? ¿Por qué -y esto no deja de sorprenderme- me agradecen?

No sé si es mucho o poco lo que dejo, pero creo que hay cuestiones que no se miden por cantidades. Es como las amistades: uno no evalúa si alguien es mejor o peor amigo por cuánto le da, por el regalo de cumpleaños o por cualquier otra cuestión material. Uno valora las amistades -y cualquier tipo de relación- por otras cosas: por la empatía, por la confianza, por lo que se comparte, por el cariño, por la sincronía, por la comprensión, por el apoyo. Y con la gente que uno conoce viajando pasa lo mismo. Así sea por algunas horas.

Una de las cosas que más me gusta de moverme en bicicleta es el contacto que tengo con la gente. Hace bastante tiempo me di cuenta que no viajo tanto para conocer sitios turísticos como para ver -y compartir- cómo vive la gente. Ahora sé que viajo para descubrir lo cotidiano de cada lugar, lo excepcional del día a día. Para aprender a adaptarme. Para obligarme a cambiar incluso lo que ya he cambiado. Para chocarme con algunas paredes -porque a veces parece que es la única forma en la que puedo aprender. Para saber que puedo sentirme cuidada en cualquier lado. Para ver cuál es el límite de lo que depende de mí y lo que no. Para aprender a aceptarlo. Para luchar con el ego y enfrentarme a que todo pasa -o no- por algo. Para reconocerme en la soledad y la compañía. Para seguir definiendo qué es fluir, qué es adaptarse, qué es aceptar. Para encontrar todos mis yo. Para luchar con las expectativas. Para aprender a escuchar a los otros. Para darle la mano a mi intuición. Para practicar el aquí y ahora. Para valorar lo importante. Para reconocer qué es lo importante. 

señora ecuador vendedor callejero

regalar fotos viajando

Y eso es lo que me lleva a dormir en casas de familia, a preferir quedarme toda una tarde tomando un café y hablando con alguien en vez de salir a ver lo que se supone que debo-ver-y-hacer en ese lugar, a quedarme quince días en sitios donde dicen que no hay nada simplemente porque me siento a gusto e hice amigos, a viajar en bici, a no planificar mucho mis días, a pasar por situaciones que creo necesarias pasar.

Entonces, cuando me preguntan qué dejo yo a cambio, me cuesta poner en palabras lo que siento. La respuesta fácil y sencilla es esta: lo que dejo es la novedad, la vida diferente. Pero en realidad me cuesta definirlo porque creo que no siempre es igual: no hace falta aclarar que no es lo mismo lo que comparto en las casas de la ruta que la dinámica en las ciudades. Me cuesta porque en realidad hay cosas que creo son solo energía. Me cuesta porque creo que no hay una sola respuesta: uno no le deja lo mismo a todos, por el simple hecho de que no todos necesitamos recibir lo mismo ni sentimos lo mismo.

En la ruta pasan cosas así: me preguntan de dónde vengo, a dónde voy, qué hago, por qué hago lo que hago, por qué estoy donde estoy. Los nenes son mi sombra. Los abuelos me dicen que me quede descansando. Muchas veces no saben dónde queda Argentina. Soy la primera a la que le dan de comer. Yo les cuento sobre el otoño y los árboles amarillos y rojos (algo que no existe en países donde las estaciones se diferencian solo por la lluvia o la sequía), sobre los asados de los domingos en mi casa y el mate y las pastas; les cuento que viajo porque es como me gusta vivir pero no sé si lo voy a hacer toda mi vida; que viajar en bici sí cansa pero lo sigo eligiendo día a día; que no, no tengo esposo (porque acá te preguntan por esposo, no por novio) ni hijos; les cuento que fui a la Universidad pero que mi trabajo no es lo que estudié porque elegí un camino diferente; que tengo mamá, papá, un hermano, una perra, abuelos, primos, tíos y muchos amigos, y que los extraño pero estoy acostumbrada; que estaba en esa ruta en Ecuador porque no es la típica o que estoy en Colombia porque la magia acá es real; que me encanta aprender a preparar pan de yuca con ellos o dibujar con los nenes de la casa o ayudarlos a vender mangos al lado de la ruta porque no es algo que hago todos los días.

nena sierra ecuador

En las ciudades, en cambio, salimos a caminar o me llevan a probar esa comida que me dijeron o vamos a escuchar música en vivo a ese bar que les gusta o cocinamos juntos o salimos a pedalear o conversamos horas de la vida los viajes los proyectos las anécdotas los trabajos los cambios los deseos el día a día. Me presentan amigos. Miramos una película. Nos reímos de pavadas. Nos pasamos buena música. Nos sentamos a tomar una cerveza.

¿Entonces? Entonces eso. Lo que uno deja o recibe no se mide en cosas. Me explico: no es tangible. Eso va y viene, hoy está y mañana no. Lo lindo de recibir un plato de comida y una cama no es el plato de comida o la cama en sí: es el gesto de preocuparse y ocuparse del otro. Es el saber que alguien más -alguien que me acaba de conocer y no tendría por qué hacerlo- me está cuidando. Capaz lo que uno deja -o lo que yo dejo- viajando es eso: el animarme a confiar, el pedirles que sean mi familia temporal, el querer estar con ellos, el demostrar que necesito a otro, el animarme a recibir, el querer compartir

Me lo sigo preguntando todos los días. A lo mejor algún día encuentro la respuesta.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.