pasajera en transito despedidas

IR PARA VOLVER (7): TRÁNSITO

“Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos.”
Ítalo Calvino
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pasajera en transito despedidas

Para llegar a Colombia, y específicamente a Pasto  (donde comencé el viaje en bici) hice un periplo de ciudades y países durante un mes. Cuatro semanas moviéndome de Córdoba a Mendoza a Santiago de Chile a Cali a Palmira a Pasto. Entregando libros, encontrando amigos, conociendo gente, caminando por lugares ya conocidos, llegando a ciudades nuevas. Moviéndome si permanecer mucho. Siendo una pasajera en tránsito.

CÓRDOBA
cordoba carteles murales ciudad

(Perdón por la calidad de las fotos, mi celular no es el mejor y anduve sin cámara)

Salí para Córdoba un lunes, en el cole de las 9 de la mañana. Me encontré con una compañera de la escuela que estudia en Córdoba, y hablando con ella y la chica que se sentó al lado mío, me separé un poco de todos esos días previos. Pero apenas pisé Córdoba lo recordé todo. Nunca me había producido tanta tristeza irme.Paradójicamente no me costó y fue de las veces que más naturalmente lo tomé (¿la costumbre? ¿haberme acostumbrado -cual rutina- a viajar?), pero también es la que más pena sentí. Recibí tanto amor estos meses -y estos últimos días acentuado, con las entregas del libro y las despedidas y los reencuentros- que me voy inflada: de cariño, alegría, afecto, amor, abrazos, besos. Uno nunca sabe cuánto puede aprender, cuánto más se puede crecer. Como no sabe cuánto amor puede sentir. Por ponerles ejemplos: Emi, un chico de Paraná, viajó hasta Rafaela para buscar el libro y conocernos. Tuve que despedir a mi abuelo en el hospital (nada grave, pero verlo ahí tan vulnerable me hizo lagrimear y pedir con todas mis fuerzas que por favor siga acá para cuando yo vuelva -tiene 84 años y una vitalidad de fierro así que sé que así va a ser) y su mirada de tevoyaextrañartanto,volvéprontoqueacáteesperamos me partió el alma. Me llegan mensajes diciendo “hace mucho sigo tu blog, me encanta lo que hacés, me gustaría conocerte” o “estoy súper ansiosa para leer tu libro, me inspirás un montón”. Mi abuela que me dice “no me voy a poner triste porque sé que esto es lo que te hace feliz”. Que mi profe del gimnasio y natación (sí, es el mismo) venga a darme el abrazo de despedida y poder agradecerle por tanta motivación y risas. Que Flo venga el domingo a la tarde (aunque la despedida fue el viernes y nos hayamos visto el sábado también) y no podamos soltar el abrazo porque estos siete meses de mates y cenas fueron hermosos. Que F. me tenga abrazada fuerte y me diga que a pesar del momento en que esté cada uno siempre voy a seguir siendo Nati, y que hayamos podido hablar un montón de cosas y que nos despidamos sin saber dónde nos volveremos a cruzar (porque él también viajó en bici y sabe lo que es esto) (y siempre me pasa esto: conozco chicos que me dejan ir, que me alientan a seguir mis viajes sin peros). Que me deseen un buen viaje tan pero tan sentido. Que me abracen fuerte. Que me miren con felicidad y nostalgia.

Con el tiempo aprendí a tener despedidas felices, a estar feliz por tener a esas personas en mi vida sin importar cuan mucho o poco nos veamos. Chile me enseñó eso: que somos lo que somos en parte por quienes nos cruzamos, y que en vez de ponerme mal por lo que no compartiremos más (por un tiempo o para siempre), opté por guardar el recuerdo de todo lo que esa persona significó y significa, de por qué el o ella fue parte de mi vida.

Pero ver a otros llorar es más fuerte: las lágrimas se contagian, más cuando sé que yo soy la causante. Y la tristeza de irme tiene que ver con eso: dejar -de nuevo- todas las personas que quiero y me quieren. Mi papá rompió a llorar como nunca lo había visto cuando me despedía en el terminal.

MENDOZA

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En Córdoba estuve tres días, y me fui a Mendoza, a esa ciudad de árboles altos, acequias, acento cantada, calles altas y tortitas. En Mendoza me esperaba Paz, una chica que conocí por el grupo de Los Escribidores y que, cuando supo que iba para allá, me dijo enseguida que podía quedarme con ella. Fue como encontrarme con una vieja amiga: no paramos de hablar y reírnos en todo el día.

No sé si a otros les pasa -supongo que sí, ¿a ustedes les pasa?-, pero hablando me doy cuenta de muchas cosas. Y esos días en Córdoba vi tanta tanta gente -porque viví cuatro años allá y me quedaron muchos amigos, porque me encontré con lectores (qué loco me resulta eso), porque algunos de mis primos ahora viven allá- que por ende hablé tanto tanto, que fue como una especie de terapia. Y eso que nunca fui al psicólogo. Pero hablar me ayuda mucho: a exteriorizar, a liberar, a sentirme más liviana, a compartir, a recordar, a dejar ir. Y a entender.

Los siete meses en casa me hicieron ver (o me recordaron) UNO, cuán impulsiva soy, DOS, la autoexigencia de que “tengo que viajar” y TRES, que siempre voy a tener despedidas.

Lo de lo impulsiva que soy es fácil: no puedo evitar plantearme por qué estuve tan acelerada por irme. Le puse fecha al pasaje en julio, cuando sentía que me quería ir cuanto antes. Ahora, en septiembre, siento que me hubiese quedado más tiempo. Ser impulsiva ya me costó una relación y ahora me costó irme antes de sentirlo, irme por inercia.

Lo de la (auto) presión por seguir viajando surgió cuando recordé algo que me dijeron hace varios meses (aunque no sé quién ni cuándo):  “Permitite darte tiempo”, me habían dicho, y ahora volví a recordarlo. Es como si la libertad de los viajes por momentos se hubiera vuelto mi cárcel: quedé atada a la idea de viajar, como si eso no me permitiera volver o quedarme en casa si así lo siento. Me di tiempo para quedarme tres meses en Quito, para volver allí una y otra vez, pero me costó darme tiempo para quedarme en casa.

Porque es como si la libertad de viajar por momentos me hubiera sacado la libertad para estar, como si permanecer no fuera una opción, como si decido después -unos meses o unos años después- volver a viajar, el mundo fuera a estar todavía ahí, a la espera. Tuve que volver a sentarme a pensar y entender que nadie ni nada nos ata a nada, ni a viajar ni a dejar de hacerlo. Que sólo nos ata nuestra cabeza.

Y lo de las despedidas… ya lo dije. Viajar o estar conlleva despedirse. Hay que aceptar que las despedidas forman parte de los encuentros. Que conocer gente conlleve despedirse. Que ser un ser social (no por ser amigable, sino por ser seres gregarios) significa encontrarse y por ende despedirse. Que despedirse significa rencontrarse. Que despedirse es aprender a no apegarse. Acostumbrar a moverse.

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En mi cuaderno escribí, la mañana que dejaba Mendoza, mientras veía las montañas nevadas por la ventanilla:
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Me siento atravesada por tantas historias y personas que estos días conocí, encontré, reencontré.
Paz me contó que los scouts dicen de que todas las personas
encienden un fuego interno en cada uno de nosotros.
Es decir: cada persona que conocemos enciende un fuego
más o menos luminoso
más o menos intenso
y duradero
que se apaga rápido
o que sigue iluminando
y tiene la capacidad de encender otros fuegos.
Yo estoy con esa sensación: de tener muchos fuegos adentro
algunos nuevos
y otros son leñas que ya estaban y volvieron a prenderse.
*
SANTIAGO

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Me encanta volver a Santiago porque es un lugar que no me canso de admirar. Parafraseando a Mari (últimamente estoy enamorada de sus textos), porque cada vez que vuelvo a Santiago siento eso que ella por Quito. Porque en Santiago me enamoré: del amor, de sus paredes, de su arte, de sus parques, de la vida, de los árboles, de las bicis, de la Cordillera, de las risas y las lágrimas, de la cabaña en madera, de los atardeceres allá arriba, del San Cristóbal, de las noches. Me encanta volver porque me recuerda que amé cada minuto de mis días allí (incluso cuando lloré, fue por amor: a la vida o a alguien). La amé incluso en la ausencia.

Estar en tránsito me hizo preguntar varias veces que hubiese sido si: si con J. hubiera funcionado y me hubiese mudado a su ciudad, si me hubiese quedado en Chile por más tiempo, si hubiese estudiado otra cosa, si no me hubiese ido de intercambio a Kenia. Me lo pregunto no desde el arrepentimiento sino desde la curiosidad: me intriga saber si me vida hubiese sido diferente o si esta es la única vida que era posible para mí, si de cualquier forma todas esas decisiones hubieran llevado al mismo camino: este.

Y lo más importante: estar en tránsito puso en perspectiva mi vuelta a casa. Siete meses ya no es tránsito. Me costó aceptarlo mientras estaba allá, me costó no creerme de visita, sentir que podía estar allí simplemente para eso: estar. Me costó -por una lucha interna, de ego supongo, de esas “yo soy la que viaja” versus “che, ¿y si quiero quedarme cuál es el problema?”- pero lo entendí: en Rafaela puedo quedarme, y ya no es ese lugar donde, como decía antes, nunca viviría. Allá también puedo ser feliz. Y lo soy.

CALI

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Llegué a Cali con una sensación: la de haberme ido simplemente porque tenía el pasaje de vuelta. Cuando llegué le hablé a mis amigas de la Universidad y fue de lo primero que les dije. “Es hasta que te acostumbres”, me respondieron. Yo sentía que me habían quedado cuadernos por encuadernar con mi abuelo (no lo sentía, era verdad: dejé un par a medio hacer), más mates dulces por tomar con mi abuela, más galletitas por hacerle a mi hermano antes de que se vaya a una carrera, más almuerzos por compartir en familia, más mediodías de natación, más tardes con amigos, más noches de primos. Pero también sé que todo eso va a estar ahí cuando vuelva.

Dos días después, aunque mi reloj seguía con la hora de Argentina. yo no: yo ya estaba en Colombia. Esta vez, a diferencia de cuando llegué a Bolivia, la adaptación fue más breve: llegué llorando -por amor (parece que cada vez que me voy de viaje me pasa lo mismo. algún día les voy a contar, aunque no sé si les interese), por rebeldía, por nostalgia, por culpa, por tranquilidad, por impulsiva-, y dos días de reclusión después (porque cuando no quiero hablar con nadie significa eso: con nadie) amanecí bien. Como si dormir e irme para dentro me sanara más rápido.

Cali fue calor. Y debe ser eso que todos buscan cuando viajan: experiencias. Porque de Cali podría decir que hay cosas para hacer, pero no sólo mentiría si doy recomendaciones -porque no recorrí nada de todo eso-, sino que no me estaría enfocando en lo más importante: la mujer de la limpieza que me llamaba para almorzar y me guardaba para la cena; David que cuando le dije que no quería hablar porque me iba a largar a llorar me tranquilizó y me escuchó; fue dudar un segundo dónde estaba y que alguien se de vuelta y me pregunte si necesito algo; fue preguntar cómo llegar al terminal y que me regalen una tarjeta con carga para el MIO. Porque Cali es salsa, pero también es gente. Y eso es más o menos la misma cosa.

PASTO

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Colombia: tres semanas, tres ciudades, cinco casas. Estar a la deriva también es estar en tránsito. Boyar de ciudad en ciudad a la espera de que todo pase y se acomode, también es estar en tránsito. Estar tanto tiempo en un país, postergando el viaje y todo lo que conlleva, también es estar en tránsito. Que sean las 9 de la noche y no saber dónde vas a dormir esa noche y dónde vas a ir a parar al día siguiente y cuándo vas a poder irte, también es estar en tránsito.O así me siento yo. Porque desde que llegué no siento que viví ninguna ciudad con el alma de estar de viaje: simplemente estaba y hacía lo que tenía que hacer, mientras las ciudades eran un telón de fondo con montañas, edificios, cielo celeste, salsa, calor, tardes de lluvia, bocinas y poco más.

Me cuesta escribir acerca de lugares que no me dejan huella, que no me provocan, a los que no les puedo sentir la personalidad. Me cuesta difinir un lugar (o cómo me siento allí) cuando mi relación es distante. Es como cuando uno está en un aeropuerto: al ser un lugar de tránsito (el sitio en sí, las personas, las conversaciones…), uno no se apropia del espacio. Y estas primeras ciudades (Cali, Palmira, Pasto) fueron así: las ciudades fueron meros escenarios. Hice lo que podría haber hecho en cualquier lugar. Hasta que empezó mi última semana en Pasto y conocí gente, me moví en bici, organicé planes. Y eso le da otro sentido al tiempo, otra consistencia: las horas pasan a tener significado, y los lugares también. Esa esquina -la de las chapas- es donde tengo que doblar para ir a la veterinaria de Fabio y Eli; por esta calle llegamos al restaurante vegano (ese con mesitas bajo un techo de luz) donde me invitaron a almorzar. La avenida destapada, esa que están arreglando, es la que agarro para ir al CESMA, la Universidad donde fui con Danny a una de sus charlas. Y subiendo la Av. Mijiyayo está su casa, allá arriba donde hace más frío y se ve toda la ciudad. Una cuadra debajo del Unicentro trabaja Alex, y tengo que ir a devolverle su MP3. Para ir a mi casa tengo que subir una loma tan empinada que me tengo que bajar de la bici, pero llego y enseguida me preguntan si voy a tomar sopa.

Lo lindo que la última semana Pasto dejó de ser un lugar de tránsito: se transformó en una ciudad de viaje, la primera de esta vuelta Colombia. Y yo misma dejé de sentirme en tránsito.

Este post forma parte de la serie “Ir para volver”:

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.