volver a casa argentina

IR PARA VOLVER (6): DESPEDIRSE

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“A veces hay que desarraigarse para agarrarse a lo que de verdad importa”

A veces actúo como si me olvidara de las cosas, como si mañana, cuando no esté más en Rafaela, no fuera a recordar todo lo vivido acá estos meses: repito todo una y otra vez. Necesito asegurarme de que no voy a olvidar nada: los abrazos de mi hermano, el beso de buenos días de mi mamá, los mates con las chicas, la Luna cuando logra entrar a mi pieza simplemente para darme un par de lamidas de buenos días e irse feliz -y su desesperación por saludarme cuando llego, así me haya ido una hora atrás-, las tardes encuadernando con mi abuelo -y mi abuela que nos ceba mate y la radio siempre de fondo-, el asado de los domingos -y las verduras asadas y las ensaladas y el alboroto y las risas-, los abrazos de Mati aunque no nos hayamos podido despedir, pasar por la farmacia de mi abuela a saludar, descubrir con C que pensamos tan igual aunque tengamos vidas tan distintas, que mi abuela (la misma de los mates) me compre peras y frutillas para que meriende, ir al gimnasio con mi hermano y reírnos tanto tanto con Joaquín, las cenas de primos, los jueves a la noche con la Mari, que mi papá me pregunte cuánto nadé hoy si no pudimos ir a la pile juntos, que mi hermano me llame a los gritos desde su pieza solo para que me acueste un ratito con él.

Repito todo para asegurarme que las sensaciones y las emociones y las miradas y las sonrisas y las palabras se hagan elásticas durante ¿un año? Hasta que vuelva. Porque aunque tenga ganas de irme, también me da pena. Y un día la leí a Mari y no pude evitar preguntarme lo mismo: ¿por qué me voy de los lugares que amo? ¿Por qué siempre estoy en tránsito, yéndome de todos lados?

Estos meses cambiaron mi mirada: cambió mi forma de ver ese mismo hecho (es decir, el de estar de vuelta): disfruté como nunca estar en casa. No es que otras veces no lo haya pasado bien, sino que siempre volvía sin llegar a sentirme parte, con los días contados, sólo con ganas de ver a mis amigos y literalmente de visita: desde que me fui hace ocho años, siempre volvía un mes, quince días, diez días, veinte. Lo máximo habían sido tres meses, entre que me fui de Chile y empecé este largo viaje por Sudamérica. Pero esa vuelta había sido diferente: tenía la cabeza y el corazón todavía en Chile (aii, el corazón el corazón…), me pasé los tres meses yendo y viniendo (que Buenos Aires, que Mendoza, que Córdoba, que Rosario) y me sentía apurada por empezar. Tenía mitad cabeza en Chile y mitad en el viaje. Nada de mí -salvo mi cuerpo- estaba en Rafaela en ese momento.

Un día a principios de septiembre, en medio de todos esos sentimientos encontrados por estar a punto de irme de nuevo, me puse a hablar con Ceci por chat. Ceci llegó a mi blog, creo, buscando info para su viaje en bici; cuando me escribió yo justo estaba en Buenos Aires así que nos encontramos. Desde ese momento, cada tanto hablamos por face o por celular, y en un de esas veces me preguntó cómo estaba con los preparativos pre viaje. Y el chat fue algo así:

Nati: igual la emocion me tiene dividida entre la pena por irme y las ganas de irme
Ceci: pero siempre podés volver
Nati: (acá me ponía a escuchar la música que Ceci me había pasado antes, para pedalear fue su recomendación) sii, eso seguro
es la mejor parte de irse creo
Ceci: le da una cierta seguridad al viaje
Nati: yo me di cuenta que me gusta volver, que lo necesito
Ceci: si, entiendo. A mí también me pasa y leí que a Laura Lazzarino y a Aniko también
(Los viajes largos nos ponen a todos iguales parece, y de hecho al día siguiente de esta conversación, Aniko publicó un post sobre su vuelta)
sentir la quietud de lo conocido el tiempo suficiente hasta que se vuelve monótono y volver a partir
Nati: volver a uno, a donde están los afectos irremplazables
Ceci: sip
Nati: y… no me sale la palabra
a esos que te dan todo sin esperar nada a cambio

A veces hablando le pongo palabras a lo que me pasa.

Unas noches después me acosté un rato con Pablito -mi hermano- y pensaba: cómo voy a extrañar esto. ¿Y si es la última vez que vuelvo y somos los cuatro en casa? ¿Y si vuelvo y ya no quiere más pasar tiempo conmigo? ¿Y si no es más cariñoso así? Por primera vez siento que no tengo ganas de irme. Que me pregunto por qué, por qué me voy de un lugar donde estoy bien. Y supongo que una pregunta así lleva inmediatamente a preguntarme por qué viajo. Porque conocer nuevas culturas y lugares ya no es el mayor aliciente. Lo fue cuando estaba en Kenia o en Turquía, podrá serlo cuando vaya -como me gustaría ir- a Medio Oriente. Pero en este momento eso no me cierra. ¿Por qué viajo, entonces? Hoy incluso me pregunto si no es por costumbre, porque viajar también puede convertirse en una rutina.

Creo que las respuestas las encontré respondiendo un mail a un lector (me es tan raro usar esta palabra…) unos días después:

“Tu mail me hace pensar mucho en por qué me voy, en una etapa en que volví a casa de visita por 2 meses y ya van a ser 7… Creo que la respuesta, a cómo hacer para alejarse de su montaña, no es buscar otras, sino juntar ganas para volver a ella. Estos meses creo que entendí eso: que volver es tan necesario como irse. Por lo menos yo, encontré en mi casa ese lugar al que siempre volveré, y que estar lejos fue lo que más me hizo valorar el estar cerca. ¿Qué se te torna imposible? Hay cosas en la vida que implica, no sé si renunciar, pero elegir, por lo menos momentáneamente. No se puede viajar y no-viajar. Pero sí se puede un tiempo viajar y otro tiempo no viajar. Entender que hay ciclos, que somos ciclos.

Yo viajo en bici porque amo la naturaleza, la lentitud, estar conmigo, tener tiempo y que no haya tiempo, la incertidumbre, el cambio, la inspiración, los encuentros. Y vuelvo porque amo almorzar con mi familia, tener una heladera llena de frutas, los asados de domingos, los mates con mi amigas, que mi perra me salude feliz cada vez que me ve, ir de mis abuelos y verlos feliz, salir a caminar con mi mamá, reírme con mi hno.”

Si volvía con la idea de estar dos meses y decidí quedarme siete, es por algo. Estar en casa fue una necesidad más que un deseo. Una necesidad que recién ahora entiendo: valorar -de verdad- lo que tengo acá.

Por primera vez me empecé a plantear que Rafaela podía ser un lugar donde quedarme, que estar quieta es tan necesario como moverme y que, además de ir para volver (ir a casa de visita para después volver a viajar), puedo ir para quedarme: volver a casa porque vale la pena, porque lo necesito, porque mi familia es una parte tan importante como el movimiento. Porque puedo tener proyectos y que se generen cosas tan lindas como cuando viajo. Puedo ir a proyectarme sin tener que necesariamente ponerle un punto final ya visible. Y lo más importante: porque en mi casa puedo ser tan feliz como cuando viajo y estoy en cualquier otro lugar.

Para otras personas, hogar puede tener muchos significados: de dónde sos, dónde naciste, dónde vivís, dónde está tu familia. Alguna vez, volver a casa para mí fue volver a Chile: recuerdo la vez que, después de sólo tres meses viviendo en Santiago (y sin siquiera estar los tres meses de corrido allí), volvía habiendo pasado por Rafaela, Buenos Aires, La Pedrera, Punta del Este, Porto Alegre, Santa María y Córdoba (terrible vueltón). Y que, llegando al depto en Santiago, sentí que volvía a casa. Que por fin estaba de vuelta en casa. En ese momento, volver a casa era para mí volver a Santiago. No sé si por una cuestión de “estabilidad” (ya que allí tenía mis cosas, mi trabajo, mis nuevos amigos). Porque de dónde sos, no necesariamente es dónde sentís que está tu hogar.

Hoy en día, mi hogar son personas. Son las personas-hogar (me robo la expresión de El Universo de lo sencillo, dándole significado propio), son aquellas con quienes me siento cómoda y en paz, pero sobre todo, son mi familia. Por eso volver fue tan importante: porque me llevó de la indiferencia a la aceptación, y de la aceptación a la valoración. Creo que va más allá de valorar, aunque todavía no logro dar con la palabra. Capaz porque es más simple de lo que creo: me llevó de la valoración al amor.

Ahora mi hogar es mi casa, mi familia y, sobre todo, lo que sucede estando con ellos. Poder sentirlos cerca y saber lo importante que es para ellos que vuelva. Vuelvo a recordar (porque lo recordé varias veces) aquello que sentí apenas llegué y no lo dudo: esta vuelta se trató de las personas, los vínculos. Lo leí por ahí y es un buen resumen: no tengo que cambiar a las personas a mi alrededor, sino cambiar quienes me rodean. ¿Se entiende la diferencia?

Así que estoy en paz. A la espera de irme en unos días. Pocas veces me he sentido tan plena, agradecida y feliz como ahora. Agradecida por sentir tanto amor y tanto cariño, en tantas formas. Y creo que más que externa (de que los otros estén más cariñosos), es una cuestión mía: estoy más receptiva a todo lo que me llega.

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Este post forma parte de la serie “Ir para volver”:
(6): Despedirse

Y me doy cuenta que todos vienen con pocas fotos. Hay momentos en que sólo me dedico a mirar con mis propios ojos.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.