siempre muro mural buenos aires

IR PARA VOLVER (5): VACIARME

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Hoy miré el calendario: miedo. En dos meses es el vuelo. Desear tener días libres por delante para llenarlos de nada y todo, gente. Además de la lista de cosas por hacer -renovar el pasaporte, ir a la dentista a la gineco a la oculista, sacar el carnet de conducir, organizar el mural en Buenos Aires, ir a Córdoba, organizar charlas, imprimir el libro-, volvía con otra lista con ítems que, en realidad, nunca se tachan del todo: mirar pelis con Pablito, aprender a encuadernar con el abuelo y que la Vilma nos cebe mate, charlar horas con las chicas, ir a darle un beso a la abue Imelde para charlar un rato, tirarme en el pasto con la Luna (porque ella siempre siempre tiene que estar pegada a vos), ir a natación con papá, los asados de los domingos, salir a caminar con mamá, pedalear con Mati porque ayer me escribió “amiga salimos mañana?”, escribirle al Chino y a Sofi y a Bere y al Manu para juntarnos a cenar o algo así, ir a la Villa a ver a mis primitos.

Pero siento que en algún momento cree una (falsa) disociación viaje/casa. ¿En qué momento estar de vuelta se convirtió en una carrera de pendientes? Como si juntarme, compartir, tomar mates fuese algo más que tengo que hacer y no parte del mismo estar de vuelta.

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Hace un año estaba empezando el viaje en bici. ¿Ya un año? Ayer me lo recordaron varias cosas: M volvió a Quito, y me escribió G. Siento que mientras estoy en Rafaela el tiempo se detiene. Que el paréntesis en el viaje es un paréntesis en el tiempo.

La vuelta me sorprendió. En muchos sentidos: en aprendizajes, en procesos internos, en descubrimientos. Pensar que antes -antes cuando estudiaba en Córdoba, antes cuando me fui de viaje mochileando sola por primera vez, antes cuando vivía en Chile, antes cuando pisé Bolivia hace dos años- creía que nunca viviría en Argentina, o peor: que Rafaela nunca sería un lugar para mí. Pero estos meses me hicieron ver -de nuevo, porque mi mamá siempre me dice “nunca digas nunca” con ese tono que todas las madres tienen que sólo lo da la experiencia- que el nunca es una palabra muy peligrosa: abarca la nada y el todo, implica un período de tiempo más largo del que somos conscientes -y del que, justamente, no somos conscientes cómo seremos-, y no nos deja lugar al cambio, cuando el cambio es lo que nos hace, no sé si en esencia o en forma o en mi opinión, humanos. La adaptación, además de la obvia capacidad de razonamiento, es creo la característica y la ventaja que más nos diferencia de otros animales. Pónganse a pensar nomás en cuántos otros animales han llegado a asentarse en tantos suelos tan diferentes. Cuando perdemos -o no desarrollamos- la adaptación, la flexibilidad, estamos perdiendo un poco de humanidad. Nos convertimos un poco en estatuas.

Creía que Rafaela nunca se podría convertir en mi casa. Lo que no me había dado cuenta es que Rafaela ya es mi casa. Creía que estaba exenta de eso de “las raíces te tiran”, que yo iba a poder irme cinco años sin siquiera volver de visita. Pero volver (y sobre todo estar: estar) me hizo dar cuenta que todo cambia. Ahora me gusta el mate. Tuve que conocer, allá en Ecuador, a otro argentino en bici y sentir tanto esa nostalgia y esa felicidad juntas para probarlos por no sé qué número de vez y por fin sí: le encontré el punto. Tuve que querer hacerme vegana para darme cuenta que, a veces, lo que uno quiere (y necesita) no se encuentra en una definición existente o en una etiqueta (que es más para la sociedad que para uno mismo, en realidad). Que el lugar propio en el mundo, lo que uno quiere ser, es un lugar que se encuentra, un camino que se recorre de manera individual y personal. Porque las etiquetas (así como las verdades) muchas veces son versiones. Cada vez dudo más de las verdades absolutas, justamente, por lo mismo: somos seres cambiantes, y más que verdades, existen versiones. Hoy puedo tener una verdad-versión, y mañana otra. A veces, por la prisa para definirnos de tal o cual forma, caemos en palabras y convicciones ajenas. Por la prisa para explicar, no nos detenemos a pensar. Tuve que querer ser vegana, sentirme bien, sentirme mal, sufrirlo, renegar de la etiqueta y sentirme oprimida para darme cuenta qué quería, dentro qué márgenes me sentía cómoda, qué opinaba y actuar en consecuencia.

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Pienso que sólo me queda un mes para irme y tiemblo. Miro el calendario y se me hace un nudo en el estómago al pensar en los últimos almuerzos familiares, en las llamadas no hechas, en las personas no vistas, en los planes no cumplidos, en las ganas acumuladas. Pienso en que sólo me queda un mes y la respuesta (a si me da pena irme, esa que mi abuela me hace cada vez que puede) es… diría obvia, pero, ¿obvia para quién? Para mí nomás. Sí, me da pena. Tengo ganas de irme, obvio. Pero no puedo evitar sentir pena.

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En junio me encontré en Córdoba con un amigo y hablando de la vida y los proyectos -porque con él ninguna charla deja de contener palabras como proyectos, sueños, viajes, vida-, le dije que quiero empezar a dar más charlas, hacerlo un continuo, porque dar charlas para mí es una necesidad: necesito vaciarme de todo lo que vivo para poder después volver a llenarme. Vaciarme de palabras -escritas o habladas- para luego llenarme de sentido nuevamente. Y volver fue un poco eso: vaciarme de muchas creencias y conceptos para volver a llenar -ya de otra forma- esos espacios. Re-significarme.

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Creo que en los últimos post uso demasiado las palabras y conjugaciones derivadas de “ver”, “darme cuenta”, “entender”. Supongo que eso explica muchas cosas.

Este post forma parte de la serie “Ir para volver”:
(5): Vaciarme

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.