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IR PARA VOLVER (4): SEMILLAS

Una noche, sola en una casita en las afueras de Alta Gracia, me acordé que me habían mandado una entrevista hacía unos días, y que tenía que responderla. Una de las preguntas decía así: “Hace unas semanas volviste a Argentina después de cerca dos años en la ruta, aunque los viajes empezaron mucho antes. Mirando hacia atrás, ahora que tenés tiempo para digerir todo lo ocurrido en estos meses, ¿qué es lo que más cambió en vos desde que empezaste a viajar?”

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Trato de hacer memoria y recordar el viaje, todo lo que pasó y pasé en este tiempo. Ni yo puedo creer que pasaron un año y ocho meses. Veinte meses afuera, viajando. Aunque desde que empecé a viajar soñé con irme así, sin límite de tiempo, ahora que lo hice me parece mentira.

¿Qué recuerdo del viaje, qué recuerdos tengo del viaje? ¿Lo primero que pienso es cómo me sentí el primer día en Tarija? ¿Qué pensé cuando probé la primera comida local (¿cuál fue, además?)? ¿Recuerdo los mejores paisajes, los días de más sol, las playas más azules, aquellas cosas que deben ser vistas? No. Ni siquiera tengo un recuerdo en concreto. Respiro profundo y vuelvo a intentarlo. Por alguna razón, cuando pienso en qué recuerdo del viaje, muchas imágenes pasan rápido por mi mente, no como en una película en cámara rápida, sino como en un torbellino de rutas, personas y sensaciones, que se funde tanto que sólo es eso: un torbellino. Es que en realidad me cuesta ver el viaje como un solo, me cuesta unir Bolivia con Ecuador, como si la primera parte del viaje fuese otro viaje muy, muy lejano. Recuerdo lo que no sale en las fotos, lo que nunca conté, no porque no quise sino porque formaban parte de mi día a día o no encontré dónde ponerlas en el blog o no sentí cómo transmitirlas. Me cuesta traer recuerdos del viaje si no me pongo a pensar detenidamente en algún lugar, en alguien que me acompañó, en un día en que (viajé a dedo, comí algo rico, hice CouchSurfing, sonreí, hice voluntariado…). 

Pero trato de recordar todo: el sabor del cevichocho que compraba en la calle, las personas que estaban cerca mío cuando almorzaba sola en algún mercado, algunos atardeceres, la mamita que se rió de mi pelo corto que no da ni para media trenza, irme a dormir con una botella de agua caliente recién preparada por la mamá que me alojaba, cada palabra de despedida,  el miedo cuando me asaltaron, las esperas -mínimas- al costado de la ruta con Flor y Joa (y nuestros bailes cuando habían pasado diez minutos y nada), los dos-viajes-en-uno que sentí fueron estos veinte meses, preguntar -tantas veces- en una casa si ahí podía acampar, los abrazos de reencuentros (tantos, por suerte), el auto-payaso en el que íbamos con mi mamá, nueve personas y dos bolsas de cebollas, los alfajores que vendíamos en Huaraz con Flor, esas noches frente al mar y bajo las estrellas, la señora que nos trajo pan y bananas y empanadas y aloja de maní cuando vio que lo único que teníamos para comer con C. eran fideos, el sonido de las oropéndolas mientras pedaleaba…

Me gustaría acordarme de todo, pero es imposible: necesitaría otros veinte meses. Por eso el viaje viene como en un torbellino, donde pareciera que no recuerdo nada y en realidad lo recuerdo todo: es esa sensación de liviandad, de libertad, de frescura y de aire en la cara.

*

Pero también quiero saber qué aprendí después de todos estos meses.

Hará un año, mi hermano me dijo te amo, a lo que yo le respondí que yo también te quiero mucho. ¿Su respuesta? “No, no es lo mismo. Yo te amo”.

Y encuentro esto (ya ni siquiera pongo la palabra casualidad, que la quiero borrar de mi vocabulario) escrito en mi cuaderno: Estos últimos meses creí que había aprendido: a no tener expectativas, a aceptar el desapegoa vivir el aquí y ahora, a ser feliz con la incertidumbre, a dejar fluira confiar en el caminoY de repente esos ítems que creía tildados volvieron a destildarse. Como cuando marcás con un no leído un mensaje del face. Alguien me los desmoronó. Hizo un bollito con todo eso, cual machetes en una prueba de secundaria, y me dijo ¿vos creías que habías aprendido? entonces ponete a prueba, y me hizo ver -de nuevo, porque esto nunca acaba- que siempre se puede aprender un poquito más, incluso de aquello que creíamos que ya sabíamos, que pensábamos que teníamos dominado. Que se puede encontrar otro nivel, como en los video juegos.

*

Cuando respondí esa pregunta, di una explicación larga: algo así como que con cada viaje aprendí algo diferente. Que cada uno me dejó sus propias enseñanzas, acordes con su momento, ya que irme a los 19 años a hacer un voluntariado a Kenia no fue lo mismo que irme con 21 a mochilear cinco meses del otro lado del charco. Que primero me di cuenta que viajar me gustaba más de lo que creía, que después me di cuenta que quería que mi trabajo aporte algo, más tarde aprendí a viajar y a verme como viajera. Siempre sostuve que Kenia fue un antes y un después, pero creo que sin el resto de los viajes el mayor aprendizaje no lo habría visto.

Porque la respuesta es mucho más corta. Y me di cuenta cuando me la preguntaron en una charla que di en Rafaela, en esos momentos en los que apenas tenés tiempo para pensar porque tenés muchos ojos mirándote. Respondí sin repasar una lista mental: el mayor aprendizaje a través de todos los años y los viajes fue entender que la felicidad está en las pequeñas cosas, que lo más importante es lo más sencillo. Por eso hoy dedico tanto tiempo a tomar mates con mis amigas, a almorzar con mi familia, a dejar que la Luna me despierte lamiéndome, a ir a de mi abuelo a encuadernar mientras mi abuela me ceba mates, a mirar el cielo cuando me levanto, a tomarme mi tiempo para desayunar, a darle un beso a mi abuela, a juntarme con mis primos, a pedalear con mi papá o acostarme un rato con mi mamá en el sillón a la hora de la siesta, a no enojarme tanto y en cambio tratar de encontrar por qué sonreír, a valorar las palabras y los silencios, a dar por las simples ganas de dar, porque como dice un señor en un video “La mejor moneda, que puedes gastar libremente y con la que obtienes mucho más que lo que gastaste, es el amor.”

Y por más cliché que suene, es real (muy probablemente las frases sean muy clichés cuanto más real sean): la felicidad está en la pequeñas cosas. Que, justamente, no son cosas.

Este post forma parte de la serie “Ir para volver”:

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.