ciclos hojas naturaleza

IR PARA VOLVER (3): CICLOS

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Una noche en Saraguro, viendo la peli peruana “Qué tan lejos”, me quedó muy grabada una frase. Estaban dos de los protagonistas ¿sentados mirando el mar? y dicen algo así:

– A mí nunca me tocan finales felices.
– Un final feliz depende.
– ¿Depende de qué?
– Depende de donde pongas el punto final.

Cuando me robaron hace casi dos años, podría haber tirado la toalla, ponerle punto final al viaje y tener un final triste, pero elegí seguir, que todavía quedaban varios capítulos por escribir. El final depende de nosotros, y eso podemos elegirlo.

*

Más de una noche me acosté y me largué a llorar.

Volví, y sé que no es definitivo, sé que es solo una visita, un intermedio en mi viaje en bici. Pero es como cuando ponés un dominó en fila, y la caída de una ficha implica la caída de las otras: el efecto arrastra. Se me pasan los días y el bloqueo al sentarme a escribir deriva en: desmotivación, preguntarme si esto que creí que me gustaba es mi camino, si realmente quiero escribir, si no debería buscar por otro lado. Lo mismo que me pasó cuando terminé de escribir el libro.

Me contradigo sola: me gusta escribir, pero la computadora por momentos me asfixia. Y siento necesidad de usar las manos, de explorar otras cosas: tengo ganas de aprender a dibujar, de tejer con mi mamá, de volver a pintar (y darle uso a mi caja llena de acrílicos y óleos que tengo hace años guardada que dejé a medio usar), de encuadernar. Necesito usar más mi cuerpo: volver a las telas, hacer yoga. Moverme.

Estar quieta -y en una ciudad- me hace dar cuenta de algo: necesito naturaleza. Y eso que no vivo en un edificio y la luz y el verde y los pajaritos entran por las ventanas. Cuando en el último de la secundaria fui a hacerme un test vocacional, en uno de los ejercicios la psicopedagoga me pidió que me dibujara en diez años. ¿Resultado? Algo así (sí, nenes con palitos):

A modo ilustrativo... hecho 9 años después (y dibujo igual)

A modo ilustrativo… hecho 9 años después (y dibujo igual)

Viajando en bici tenía tanto aire tanto sol tanta lluvia tantos sonidos tanta naturaleza tanto movimiento, que cuando me quedaba unos días en una ciudad, corría a la compu. Necesitaba sentarme a escribir. Ahora tengo tanta compu tanta silla tanta pantalla tanta estaticidad que me desespera.

*

Necesito que mi trabajo me aporte a mí -como desafío- y a los otros -como un granito de arena. Y encontrar el camino no es fácil. ¿Es que acaso hay uno solo? ¿Una única ruta sin desvíos ni otros carriles? Siento que me faltan explorar cosas, que tengo otros intereses, y no entiendo dónde están. Y me pregunto por qué los hecho en falta si no sé ni cuáles son

Ver hacia atrás ayuda a entender todo un poco: mis últimos años han sido ciclos. Kenia, mi primer viaje sola, Chile, Sudamérica. Cada uno fue un ciclo, cada uno me costó al empezar, me arrancó lágrimas, me hizo pensar si quería estar ahí (sí, a veces dudo incluso de lo que creo estoy tan segura), me hizo sentir sola. Hasta que mi mente y mi cuerpo se alinearon y ocurrió la magia: empecé a disfrutar.

Todo en la vida son ciclos...

Todo en la vida son ciclos…

Me cuesta arrancar, sentirme de nuevo en la dinámica (del viaje o de estar quieta) hasta que yo y mi alrededor y el todo se alinean. El ¿problema? es la transición entre ciclo y ciclo, esa parte baja de la montaña rusa donde se toma envión, la vuelta del bucle en la que me cuesta hallarme, saber cuánto falta para el próximo envión y saber que, de nuevo, va a costar.

Lo bueno ahora es que ya lo sé: después de tantos ciclos, de tantas montañas rusas, ahora entiendo que es así, que a veces  es estar feliz y a veces llorar, que estás abajo porque sabés lo que es estar arriba. Ciclos que se repiten una y otra vez prque la vida es así: etapas, procesos, cambios, vaivenes.

Me voy a dormir escuchando Norah Jones, la misma canción que sonaba cada noche cuando vivía en Córdoba. Pensar que en ese momento creía que vivir allá sería una etapa que nunca acabaría. Que siempre estaría en Córdoba, con mis amigas y mi vida multi tasking. Y se terminó sin que lo notara: simplemente un día me fui y tiempo después entendí que ya no volvería nunca a la Córdoba de esos años.

Los bajones emocionales me saben iguales: creo que nunca se van a terminar, que esa angustia no tiene fin. Hasta que vuelvo a tomar el envión para subir.

Este post forma parte de la serie “Ir para volver”:

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.