tomar mate vuelta a casa argentina

IR PARA VOLVER (2): VÍNCULOS

“Matemática emocional: lo que no te suma, te resta”
Rubén Turienzo
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tomar mate vuelta a casa argentina

Sí: ahora tomo mate.

Una vez, en Ecuador, después de cortar una larga llamada por skype con mi familia, el señor de la casa donde estaba parando me dijo sorprendido: “Ahh, te llevas bien con tus padres”. Yo lo miré sonriendo, y le dije que sí, que nos llevamos muy bien, de hecho.

Esa noche, cuando me fui a dormir, no pude evitar escribir acerca de eso. Me dejó pensando: parece que hay personas que creen que los que viajamos es porque no tenemos familia, o porque nos llevamos mal con ellos. En mi caso, las dos hipótesis no pueden estar más alejadas de la realidad.

Que me vaya de viaje, que esté lejos, no significa que no me guste estar en mi casa. Mi abuela Vilma cree eso, y me lo ha dicho más de una vez. Como si odiara mi lugar. Cómo explicarle que no se trata de que no quiero estar acá, sino de que quiero estar allá -donde sea-, viajando. De hecho, daría todo por poder viajar y teletransportarme de vuelta un día cada tanto para verla, o para estar en el asado de los domingos, o para almorzar en casa. Pero no puedo. Con los viajes tuve que aceptar los hechos: hay realidades que, por más que queramos, son excluyentes. 

A mí me encanta estar acá (léase: mi casa): los pajaritos a la mañana, el pasto tan verde, mi hermano gritando desde la otra punta de la casa, almorzar en la mesa redonda, el sol que entra por todas las ventanas, quedarme dormida en la hamaca de la galería, la Luna dando vueltas, el perfume de los hornitos. Y me encanta estar con mi familia: ir a la pile con mi papá, reírnos con mis primos, cenar en lo de mis abuelos, salir a caminar con mi mamá, reírnos de pavadas con mi hermano, que mis tías me pregunten cómo estoy. Y por supuesto: juntarme con mis amigos.

Cuando vivía en Córdoba por la Universidad, un año me había hecho muy amiga de una chica con la que estudiábamos francés. Pasábamos mucho tiempo juntas, y aunque ella era unos años más grande que yo, teníamos mucho en común. Al año siguiente se puso de novia y empezó a trabajar, y yo estaba más ocupada, así que las salidas y las juntadas empezaron a espaciarse. Después me fui de Córdoba y cada vez que volvía -y que vuelvo- trataba de verme con mis amigos. En alguna de todas esas vueltas, en alguna de esas juntadas, sentí que oon ella ya no era lo mismo. No podía ser: nosotras éramos tan amigas antes… Nos reíamos un montón, conversábamos de todo, hacíamos deporte, estudiábamos juntas, salíamos a bailar. ¿Cómo podía ser que ahora no había esa química?

Pero pasó. Y no fue la primera vez, y capaz no sea la última.

Cuesta aceptar que las personas cambiamos y, con ello, cambian nuestras relaciones. Cuesta entender que a veces, para avanzar, hay que soltar.

Con ella tuve que aceptar que una buena relación también puede ser temporal. Que incluso la química y los intereses con los amigos no son siempre iguales. Que una muy buena amistad (incluso un mejor amigo) puede tener fecha de vencimiento si las personas cambian. Y cambiamos.

Viajando cambiamos. Viajando somos más permeables a lo que sucede a nuestro alrededor. Viajando sentimos que conocemos la gente correcta. Yo creo que es más porque estamos libres de cualquier otro vínculo que entorpece esa llegada, que por otra razón. Entonces, si cuando uno viaja se da cuenta que el camino le pone delante a las personas correctas, ¿por qué cuándo volvemos a veces nos empeñamos en seguir viendo a quienes no nos suman? Somos energía, y sin embargo a veces no somos capaces de darnos cuenta cómo se estanca.

Para esta vuelta me propuse algo: dejar de ver gente por el compromiso de verla, porque simplemente siempre fuimos amigos. ¿Mi parámetro? Las ganas de repetir y la sonrisa con la que me vuelvo a casa.

Entonces: pasar la escoba a los que no aportan (con riesgo de que suene mal), dejar ir a las personas incorrectas para que entren las correctas. Darse cuenta que lo que nos conecta es algo más profundo: yo me di cuenta que me gustan las personas que quieren hacer, cambiar, crear. Si pienso en detalle, eso es lo que tienen en común todos mis amigos: están haciendo, están creando, están cambiando, están buscando, están probando cosas nuevas, están intentando algo distinto. Un deporte, un trabajo, una rutina, una comida, un hobby, un emprendimiento. Algo.

dejar entrar a las personas correctas significa tres cosasfortalecer, redescubrir y crear. Con quienes ya estaban, con quienes ya estaban y no lo había notado, y con quienes todavía no estaban. Porque dejar entrar no necesariamente significa que no las conocíamos.

Este post forma parte de la serie “Ir para volver”:

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.