IR PARA VOLVER (1): LIMBOS

IR PARA VOLVER (1): LIMBOS

Las emociones cambian, crecen, oscilan, viajan y se relacionan entre ellas. En ocasiones son casi invisibles, pero están ahí en un estado latente, y otras veces explotan”
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Volver es tan complejo que cuesta digerirlo. Lleva tiempo: lleva tiempo asimilarlo, reconocerse de vuelta, saberse en el entorno de siempre, poner la cabeza (y el corazón, sobre todo el corazón) en el mismo lugar donde están los pies. Aunque parezca raro, cuesta adaptarse.

Volver no siempre me pegó igual. No siempre me hace sentir igual y supongo que nunca lo hará. La primera vez: viajar me gustó más de lo que creía. La segunda vez: crisis existencial, caos total en mi interior (y exterior). La tercera vez: podría haberme quedado mucho, mucho más. Ahora: no sé qué pasará.

Sea la primera, la quinta o la vez cien, la vuelta no se le hace fácil a nadie. Y esta vez no sé cómo me tratará porque es diferente a todas las anteriores: más que una vuelta es un gran paréntesis en medio del viaje. Porque siento que todavía estoy dentro de ese largo viaje en bici por Sudamérica.

I: IBARRA. PATEAR LO INEVITABLE

avion vuelo sobre cordillera de los andes

Y en un par de horas… puf! Me aparecí del otro lado.

Domingo 8 de febrero 

Me desperté más tarde de lo planeado y me quiero ir al mediodía. Vino la mamá de Jazz a saludarme, porque tenía que salir a hacer unas cosas y capaz no me ve antes de que me vaya. No, se va mañana, le dice Jazz, y me mira con esa sonrisa de nena buena que tiene y esos ojos verdes enormes de gatito de Shrek. La mamá me pregunta cómo estoy. Con un nudo en el estómago, le digo. ¿Cómo manejo tantos sentimientos -tristeza, emoción, nostalgia, alegría- juntos? Me voy de Ecuador después de un año. Vuelvo a Chile después de dos (el avión llega ahí y me quedo unos días). Vuelvo a casa. Y estoy en Ecuador pero no estoy en ningún lado: físicamente sí, pero mi cabeza está un poco en Chile y otro poco en Argentina. No siento que esté viajando (en parte porque los últimos quince días estuve en Ibarra) pero todavía no estoy de vuelta. Estoy en un limbo donde nada está definido, donde -además-, ni siquiera la vuelta es definitiva: me voy de visita. No es un final, sino un continuará, un párrafo con puntos suspensivos.

Llegó el mediodía y yo seguía acomodando cosas, dando vueltas. Cada vez que no quiero irme, extiendo el tiempo buscando excusas. Es duro despedirse de un lugar que significó tanto. 

(Al final, me fui el lunes a las 6 de la mañana)

II: SANTIAGO. NI ACÁ NI ALLÁ

balcones santiago chile

El verano la pone linda a Santiago.

Viernes 13 de febrero
En Santiago el limbo no desapareció: estar acá es como estar en un limbo dentro del limbo mismo. Porque ya me fui, pero todavía no volví. Estoy más cerca de Argentina, pero todavía no llegué. Moverme tan fácilmente me hace olvidar que hace dos años que no estoy acá, conversar con mis amigos como si nos hubiésemos visto la semana pasada me hace creer que los kilómetros de distancia no existieron, volver a una casa y moverme en bici hace que más que una burbuja me sienta en una máquina del tiempo. Volver dos años después al mismo lugar donde viví, donde tejí historias, donde guardé recuerdos, donde sentí y amé y lloré y reí (todo en grandes cantidades…) no es algo que pasa todos los días. Puedo volver a muchas ciudades, pero con Santiago es especial.
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Jueves 19 de febrero
Hubo una etapa del limbo que duró poco pero fue intensa: de Santiago fui a Mendoza para encontrarme con mi viejo y cruzar, caminando durante cinco días, los Andes. Estaba en Argentina pero no me sentía de vuelta: no estaba en lo que yo siento como “volver a Argentina”: mi casa.
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Esos días de trekking fueron el limbo de los limbos: estaba en Argentina pero podría haber sido cualquier lado. Eso escribí: “Aunque era martes, daba lo mismo: hacía rato había perdido la noción de los días y las horas. De repente eran las tres de la tarde y yo pensaba que recién eran las once de la mañana. Incluso me costaba acordarme que estaba en Argentina: nada alrededor me lo indicaba, y me sentía en el medio del medio de la nada, que podría haber sido cualquier otro lugar del mundo si me lo hubieran hecho creer.”
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Lunes 23 de febrero
Cuando terminamos el trekking nos quedamos unos días descansando, recorriendo Valparaíso y Santiago. Chile es un país que dejó de ser un lugar que sólo me gusta: ahí me siento parte, me siento proyectada y puedo encontrarme en diversos puntos de vista.
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Mientras estaba en el aeropuerto esperando por la hora de embarque, anoté en mi cuaderno: “Tengo la ansiedad al palo, una mezcla de nervios, vacío en el estómago y ganas de comer que no logro diferenciar. Sí, porque a mí la ansiedad me da hambre ganas de comer. Y mi viejo me pregunta, ¿Ansiedad por qué? ¿Volver a casa no es razón suficiente?, le respondo. Y se ríe.”
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III: RAFAELA. HOGAR DULCE HOGAR

volver a casa después de mucho tiempo

Incluso con calor… pastas.

Martes 24 de febrero
Después de veinte meses viajando volví a casa. Aunque es la primera vez que paso tanto tiempo sin volver (lo máximo habían sido seis meses), no lo siento. No siento el tiempo, pero eso no quiere decir que no me influye: lo ya conocido no deja de pedir que me adapte, que por más sabido y habitual que alguna vez fue, en algún punto cuesta. Si los últimos días en Ecuador ya no me sentía de viaje, es normal que los primeros días en Argentina no me sienta en casa.
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Esto es como un limbo a la inversa: si para muchos irse de vacaciones es estar en una burbuja, para mí lo es estar en mi casa. Mi realidad -por lo menos la de los últimos años- es la otra, la del movimiento, la del viaje. Estar en casa son mis vacaciones del viaje, del movimiento constante, del cambio permanente. Si viajar es mi normalidad, mi casa es mi burbuja; mi limbo no es el viaje sino la vuelta a casa. Porque volver no es estar en Argentina: es estar en Rafaela, mi ciudad, mi casa. Mi ciudad-casa.
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PLUS: CÓRDOBA. VOLVER EL TIEMPO ATRÁS
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magia arte callejero

Volver el tiempo atrás… eso es magia.

Lunes 16 de marzo
Incluso desde antes de llegar a Argentina, cuando ya estaba en el limbo-Ecuador, pensé que iban a ser sólo tres Pero tuve uno más. Ojalá el último.Viví cuatro años en Córdoba, mientras estaba en la Universidad. Y volver fue más fuerte que volver a casa. En el momento que pisé Nueva Córdoba, la cabeza se me llenó de decenas de recuerdos, que iban cambiando a medida que caminaba y cruzaba la calle de todas las mañanas, veía la esquina de aquella noche, pasaba el parque donde iba a caminar, miraba aquel edificio de las juntadas. Juro que cuando llegué a la cuadra del edificio donde vivía, casi suelto las lágrimas. Y los encuentros me revolvieron los sentimientos. Sobre todo volver a verlo a F., varios años después, me recordó cómo cambié. Me vi a mí misma cuatro años antes y me vi ahora, con menos miedos y más certezas. Los viajes, algunas decisiones y ciertas personas me hicieron crecer en muchos aspectos. Subida a un colectivo entendí que el reloj sólo funciona hacia adelante, que a veces el desinterés es la fachada del miedo, que al vacío hay que llenarlo de significado  y que los limbos son el paso necesario antes de caer.
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Este post forma parte de la serie “Ir para volver”:

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.