andes

A TRAVÉS DE LOS ANDES

PACIENCIA: El post viene con muchas fotos así que repiren hondo y hagan ommmm si les demora mucho.

cruce de los andes

Hace unos meses atrás, mi papá me había dicho que, si me daba lo mismo, vuelva en abril o mayo en vez de marzo, fecha en la que ellos y mi hermano podían tomarse vacaciones para que hagamos un viaje los cuatro juntos. Pero otro día me llamó y me dijo que quería hacer algo en la montaña entre los dos, y para eso tenía que volverme antes. Ese “algo” eran varias opciones en realidad, y entre mail y mail terminamos deciéndonos: del 15 al 19 de febrero nos íbamos a cruzar los Andes caminando.

A todo esto, cada vez que contaba que ya tenía fecha de vuelta -de visita, aclaro- a Argentina por el viaje, no había una persona que no se sorprendiera cuando les decía que la idea había sido de mi viejo. No es que sea un abuelo, pero tiene 55, y convengamos que a esa edad no cualquier lo hace (incluso, no cualquier se propone hacerlo). Cuando hace dos años nos fuimos juntos a Carretera Austral, el día que estábamos en el Parque Nacional Queulat yendo al Ventisquero Colgando, luego de caminar una hora tuve que seguir sola: a pesar de que era apenas en subida, mi papá no daba más. Siempre digo que mi viejo es un genio, y de hecho en la entrevista que me hicieron para la revista Cosmopolitan me preguntaron si admiraba a alguien y yo respondí que sí, que a mi papá: la generosidad y el empuje para siempre salir adelante y siempre ser un poquito mejor me han marcado desde muy chiquita sin haberme dado cuenta. Y entre muchas otras cosas, este es un ejemplo: aunque hace años que hace natación, el año pasado empezó a participar en algunas competencias en aguas abiertas, fue a subir el Champaquí, empezó a hacer kayak y bicicleta. Aunque hace dos años caminaba con la lengua afuera si el camino era apenas en subida, ahora nada más rápido que muchos, tiene más resistencia para caminar que muchos pibes y más ganas de probar cosas distintas que muchos que conozco. Algunos ponen excusas para no hacer cosas y otros buscan razones para hacerlas.

uvas vino mendoza

El día antes del trekking nos encontramos en Mendoza y fuimos a Tunuyán

mate con tostadas

La merienda: mate con tostadas

cordillera de los andes atardecer

Allá lejos íbamos

Día I

Salimos en vehículo, pasamos por El Manzano, marcamos la salida del país y fuimos al refugio Scaravelli, donde pasaríamos el día para aclimatarnos y dormiríamos. En el grupo éramos siete a pie (de los cuales una chica iba a hacer algunas partes a caballo) más los dos guías, tres chicos -y no tan chicos- en bicicleta (que se la pasaron más con la bici sobre ellos, que ellos sobre las bicis) y tres chicas a caballo, más los dos arrieros.

perro debajo del auto

gauchos arrieros

flores de montaña

Cuando llegamos, un grupo de gauchos estaba con la parrilla prendida y el tablón de madera con una ensalada gigante de tomate, un frasco con escabeche de berenjena, vino, fernet, coca y pan casero por doquier. Y al rato agarraron la guitarra. me hizo acordar a toda esa gente que me crucé en Ecuador, en Bolivia y en Perú con su vestimenta típica, y por un momento sentí que estaban disfrazados. Para mí en Argentina el gaucho es un personaje prácticamente perdido, que solo existía en los actos escolares cuando los nenes se disfrazaban para bailar una chacarera o algo así. En otros países de Latinoamérica te cruzás a la chicas con sus anacos y sus blusas bordadas y sus fajas de colores vendiendo en el mercado o labrando la tierra (sí, y con sandalias aunque esté helando) o cocinando, y acá encontrar gente nativa es una búsqueda del tesoro. Cada vez que tengo que decir que en Argentina no tenemos tanta diversidad étnica por diferentes circunstancias históricas, me da vergüenza.

gauchos argentinos

grupo de gauchos

gaucho guitarra

zapallo comida vegana de montaña

Día II

Esa mañana el amanecer me despertó, cuando una luz rosa entró por la puerta del refugio y por mi bolsa de dormir. Me puse las zapatillas y salí a verlo: el cielo estaba rosado y amarillo, y el sol recién estaba asomando entre las montañas. Después de desayunar y acomodar todo, ascendimos en auto una parte para luego comenzar el trekking, que atraviesa a lo largo de más de 50 km. la Cordillera de los Andes Centrales. A pesar del día previo de aclimatación a más de 3.000 msnm (que me había pegado con dolor de estómago, como siempre me pasa cuando subo rápido), la altura se sentía: llegar a las 4.300 msnm hacen más pesada la respiración y el paso más lento.

amanecer en los andes

Este amanecer me despertó =)

caballos

Después de una hora de subida intensa llegamos al Portillo argentino, uno de los puntos más altos del sendero, desde donde se pueden ver las montañas en 360° y el sendero que baja en zig zag. Yo como siempre iba última, en principio porque camino lento (en esto siempre tuve más resistencia que velocidad) y porque soy de las que paro a sacar fotos, a hacer pichi (y no puedo entender que a nadie más le de ganas de hacer pis en tantas horas), además de que paro a mirar las montañas rojas y amarillas y el cielo turquesa, la pareja de perdices que cruzan el sendero y después uno de los guías me dice que nunca ha visto en todas las veces que fue, los guanacos pastando allá arriba en la montaña.

Aunque no parezca, la subida era fuerte.

Aunque no parezca, la subida era fuerte.

portillo argentino

Desde el Portillo Argentino

vista desde el portillo argentino

cruce de los andes en bici

Los cleteros

descenso portillo argentino

El descenso desde el Portillo Argentino

guanacos en la montaña andes

¿Ven los guanacos?

flores andinas

trekking andes

Ese de amarillo es mi papá =)

foto-22

andes

A media tarde cruzamos el arroyo de la Olla y tiramos la toalla: ahí acampábamos. Esa noche, a diferencia de la primera, el cielo estuvo completamente estrellado. Tener la posibilidad de estar allí, en medio de la montaña, volviendo sobre los pasos de huarpes, de San Martín y parte de su Ejercito Libertador en su retorno a Argentina en 1823, y de Charles Darwin como parte de su vuelta al mundo, me hizo pensar algo tan sencillo como cierto: si una imagen vale más que mil palabras, la experiencia vale más que mil imágenes. Ni el álbum más completo ni las mejores fotos se comparan con la experiencia de vivir ese momento.

camping río la olla

Acampando

fogata montaña

Día III

Aunque era martes, daba lo mismo: hacía rato había perdido la noción de los días y las horas. De repente eran las tres de la tarde y yo pensaba que recién eran las once de la mañana. Incluso me costaba acordarme que estaba en Argentina: nada alrededor me lo indicaba, y me sentía en el medio del medio de la nada, que podría haber sido cualquier otro lugar del mundo si me lo hubieran hecho creer.

nubes al amanecer

Amaneciendo desde la carpa

mañana en los andes

bici en los andes

La caminata ese día fue corta: menos de dos horas de donde habíamos acampado se encontraba el Refugio Real de la Cruz, construido en la década del 40 por Perón (para los que no son de Argentina, Juan Domingol Perón fue militar y presidente del país en tres oportunidades) para controlar la frontera ante posibles avances chilenos, en aquella época en que todavía no estaba resuelto el conflicto de Beagle.

caminata en los andes

parada a descansar

trekking

contemplando

Tener la posibilidad de bañarse luego de dos días era algo que todos queríamos disfrutar. No era mi primera vez en la montaña, ni tampoco la primera vez que pasaba algunos días sin bañarme (hasta ahora mi récord es el viaje en bici para Navidad que, no se espanten che, es de una semana) pero creo que nunca había estado en un lugar así de seco: el sol quemaba, el viento azotaba (ni les cuento el enredo que era mi pelo; tengo poco pero es tan tan fino que se me hacen nudos de la nada) y la tierra se impregnaba en la ropa y en la piel. El baño era el mismo para todos, con un cartelito que decía ocupado: mujeres de un lado y ocupado: hombres del otro segpun quién esté adentro. El cartel frente al inodoro pedía porfi que tiren los papeles en el basurín (no puedo creer que eso lo hayan hecho militares) y aunque había como cinco duchas, funciona una a la vez. Pusimos leña en la estufa y ahí salió calentita de verdad el agua; había que buscar el chorro haciendo hula-hula pero qué lindo sacarse la tierra y estar limpio de nuevo.

rio tunuyan

El río Tunuyán

refugio real de la cruz

El Refugio Real de la Cruz

Después del almuerzo cada uno aprovechó la tarde a su manera: así como yo me senté a escribir, las parejas se pusieron románticas, a algunos les dio ganas de compartir unos mates y una charla, y para otros fue su momento de introspección. Sea lo que sea, todo es efecto de la misma causa: la montaña no deja indiferente a nadie; su magnitud e imponencia inspira respeto y reflexión. Más tarde hubo torta fritas y mate, más tarde más tarde hubo pizzas y cerveza, y más tarde más tarde más tarde hubo estrellas y silencio.

torta fritas

Tortas fritas calentitas.

caballo gracioso

Día IV

Si los días previos podían clasificarse como de aclimatación-de comiezo-de descanso, este podría titularlo como imponente. Caminamos con los cerros Mesón San Juan y Marmolejo de fondo, la primera con un sombrero de hielo (su glaciar) y la segunda veteada por la nieve. Cruzamos ríos caudalosos como el Tunuyán (encargado de regar viñedos y chacras de gran parte del Valle de Uco y del este mendocino), donde me mojé por completo las zapatillas cuando puse un pie sobre una piedra que se hundió y después ya no me importó más nada. Ascendimos por el Valle de Palomares y caminamos al lado de su cerro (que me hizo acordar a Talampaya), filmé algunas partes y cruzamos más y más flores amarillas.

amanecer en el refugio real de la cruz

cruce del río a caballo

Como el río era profundo y la corriente muy fuerte, cruzamos a caballo.

caminando

en bici por la montaña

trekking en los andes

descanso en el rio

valle cerro palomares

Cuando las patitas ya empezaron a temblar, Eduardo nos dijo que a la vuelta ya estábamos: capaz dormíamos en la misma cueva donde hace casi tres siglos durmió Darwin, pero al final acampamos en Vallecito, al lado de un río que se congela por las noches y con un viento helado que me daba ganas de enrollarme en mi bolsa de dormir. Igual, al atardecer salí de la carpa a ver cómo estaba el cielo: el tiempo, a veces, es como un tren que no pasa dos veces. ¿Cuándo iba a volver a ver un atardecer así? Vi muchos atardeceres, pero los más lindos, los mejores, suelen ser irrepetibles.

trekking

foto-48

Él es mi papá =)

Él es mi papá =)

al portillo piuquenes

Ahí, donde señala el dedo, era donde llegaríamos al día siguiente.

foto-50

parada a recargar agua

atardecer en vallecito

foto-54

Día V

El día más -e irónicamente- menos esperado había llegado: caminar hasta ese punto en la montaña que días antes se veía tan lejano y tan alto significaba cruzar la línea imaginaria que separa Argentina de Chile, pero también significaba que unas horas después terminaba todo. Volvíamos a la realidad, como (erróneamente para mí; todo forma parte de la realidad, en mayor o menor medida para algunos) dicen muchos. Después de desarmar el campamento, ascendimos por el valle de la Oveja hasta el Portillo de Piuquenes, donde un cartel marca el hito fronterizo a los 4.040 msnm. Desde allí, todas las mochilas que esos días habían estado llevando las mulas, las teníamos que llevar nosotros: por un acuerdo entre los países, los animales no pueden seguir a Chile.

 

 

amanecer en vallecito

Amaneciendo

preparando

a portillo piuquenes

Llegando a Portillo Piuquenes

flores lilas

Más flores de la montaña

Comenzamos a descender durante tres horas entre montañas color montaña (¿me explico?), picos nevados, cerros redonditos marmolados en verde y montañas picudas rayadas en rojo y amarillo. Fue el día con el paisaje más hermoso e impactante y adivinen qué. Me quedé sin batería en la cámara. El frío las mata, no las hace durar nada, y yo me olvidé de cargarlas en el refugio o ponerlas conmigo en la bolsa de dormir por las noches. Así que cada tanto paraba (creo que ya lo he dicho: soy más torpe que la persona más torpe, así que si caminaba sin mirar, me iba montaña abajo seguro), miraba con detalle para guardarlo en mi cabeza, y después hice un cuaderno en el dibujo un dibujo en el cuaderno. Ni me pidan que lo muestre, dibujo como un nena de 10 años y hasta tuve que ponerle flechas con indicaciones para saber qué era cada cosa. En cualquier momento me anoto en un taller de ilustración, es un hobby frustrado ese.

hito frontera argentina chile

El cartelito que se ve allá arriba marca el hito fronterizo [Foto: Horacio Osorio]

descendiendo hacia termas del plomo

Descenciendo por la parte chilena. [Foto: Horacio Osorio]

Cruzamos el río del Yeso (y juro que fue la peor parte del trekking: estaba tan congelada el agua que no podía caminar del dolor que sentía en los pies) y corrimos (en sentido figurativo, ¿no?) a las Termas del Plomo, con las montañas de fondo. Cuando esa noche, tan tarde que pensaron que ya no íbamos, llegamos al hostel en Valparaíso con mi papá y el dueño nos preguntó de dónde veníamos, responderle de cruzar los Andes a pie nos sorprendía incluso a nosotros.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.