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REDESCUBRIR

3 de febrero de 2015
“Los seres humanos tienen una necesidad profunda de apego y de crear vínculos. Es así como obtenemos satisfacción.”

Johan Han – “Chasing the scream: the first and last days of the war on drugs”

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La cita es sobre las adicciones, sobre la necesidad de apego que tienen (tenemos) las personas y como, a falta de esta, la buscamos donde sea: en un juego, en la comida, en las drogas, en el alcohol. Yo no sé dónde la busco, pero sí que la necesito necesito. Más que apego, yo lo que necesito son vínculos. De hecho, creo que el desapego es uno de los mejores logros que puede alcanzar una persona, porque no imaginamos cuán difícil es y cuán necesario a la vez: el desapego (a las personas, a las cosas, a las emociones, a los recuerdos…) permite moverse, avanzar, cambiar, no estancarse, mutar.

Siempre creí que podía sola. Que esa era mi fortaleza. Que ser tan desapegada era genial. Pero uno nunca sabe quién va a ser o qué va a querer en un tiempo. Y con veinte meses de viaje arriba, menos todavía.

El último mes y medio de viaje fue intenso. Intenso en aprendizaje, en esfuerzo físico, en clima, en cantidad de días arriba de la bici. A pesar de lo mucho que me gusta viajar, a veces me canso. Física y emocionalmente. Supongo que es algo que le pasa a todos los que viajan. O capaz no, pero yo me sentí agotada emocionalmente: me cansé de un poco de escuchar siempre las mismas preguntas. Y a veces me salen las respuestas en modo automático y a veces finjo (a mí misma) que es la primera vez que me lo preguntan, para tratar responder algo diferente. En realidad, creo que no es que me cansé de las preguntas: me cansé de cambiar tanto de personas. Y no en un sentido de hartazgo, sino de agotamiento. No estoy cansada de conocer gente sino todo lo contrario: siento que necesito compartir más tiempo con las mismas personas.

Aunque siempre me sentí muy cómoda viajando sola y realmente me gusta, de a poco una sensación me invade: la de tener ganas de estar acompañada. Ojo, no digo que quiero ponerme de novia. Digo que me gustaría viajar con alguien. Tanto cambio constante, tanta rotación de personas lugares situaciones sentimientos realidad me está llevando a sentir la necesidad de compartir el día a día con alguien. Tener, entre tanta novedad y cambio, algo que se mantenga. Por ahí leí “Yo no sé si la verdadera felicidad es la que se comparte, tiendo a pensar que hay muchos tipos de felicidades; pero creo que es la más potente y la que más te puede llegar a dejar pleno”. Totalmente de acuerdo.

No sé si me explico: necesito hablar todos los días con ese mismo alguien, preguntarle cómo durmió anoche, reírnos del susto (y la caída) que me pegué por el perro que se me acercó corriendo, putear juntos a ese camión que me hizo un filo sin necesidad, llenarnos de orgullo por todas esas personas que en la ruta nos hacen gestos de alientos y nos gritan seguí seguí seguí, comentar la buena onda de esa familia que me sigue llamando por teléfono para ver cómo estoy, decir qué lindo está el día y mirá qué hermosa esa mariposa y qué duro era el colchón de ese hotel de 5 USD, acordarnos de los curas que nos regalaron un montón de comida, debatir si comemos unas bananas o preparamos una avena con pasas y escuchar vos podés de alguien más que de mi propia cabeza cuando la pendiente parece eterna. Empecé a sentir que necesito tener alguien con quien compartir el día a día, lo más mundano y simple de la vida.

Por eso llegar a Ibarra, después de días y días y días de pedaleo, con calor lluvia pendientes frío, fue mi oasis: porque había alguien. Porque a Jazz pude contarle el sueño bizarro de anoche y preguntarle qué quiere que desayunemos, porque la conversación era evolutiva en vez de repetitiva, porque nos amanecimos trabajando (y luego intentando trabajar, pasadas de vuelta, al ritmo de alguna bachata o alguna cumbia santafesina o cualquier otro ritmo bailable) y nos reírnos al mediodía porque nuestros cuerpos en realidad no lo toleran y nos temblaban las manos, nos dolía la panza y la cabeza se sentía rara. Porque tenía todos los días el Imbabura como fondo de pantalla ventana y encendía un palo santo cada mañana y prendía las lucecitas del living al atardecer. Porque le contaba en persona y no por skype que ayer estaba esperanzada o tranquila o contenta pero hoy ya no sé, que las personas a veces me confunden o mi miedo a sentir mucho -demasiado tal vez- me hace poner una coraza entre yo y el mundo que todavía me cuesta ablandar.

Apenas uno sale de viaje, lo que más quiere es el cambio, la novedad, lo diferente, el no saber, la sorpresa, lo impredescible. El tema es que, más de un año y medio después, las cosas cambian. Y lo lindo de viajar lento es, para mí, todo eso que suele ser lo opuesto a viajar: saber el nombre de algunas calles, orientarse en una ciudad, arreglar una cena con un amigo, saber el nombre de la seño del mercado, juntarse algunas veces con las mismas personas, anotar “Lunes 7pm: cine” en algún papelito, dormir varias noches seguidas en la misma cama, saber qué bus tomar para ir de un punto de la ciudad a otro, saludar como si conocieras de siempre a la dueña del restaurante donde te gusta tanto como cocinan, saber cuál es tu bar preferido.

Y yo descubrí que necesito ese balance, ese un poco y un poco. Y redescubrí que necesito la compañía, los vínculos: lo re-des-cubrí, así: porque siempre estuvo ahí, pero tuve que viajar, sentirme sola, cansada y agotada, para volver a entenderlo.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.