hojas rojas ecuador

CARTA A PAPA (III): MI LUGAR

2 de febrero de 2015, Ibarra

Papi:

Volví a la sierra. Y te lo digo desde ya, antes de contarte más nada: es mi lugar. Muy linda será la playa, estar bronceado, el mar, las olas y el viento (sucundun sucundun); muy diferente y con mucha biodiversidad será la selva, pero yo me quedo con las montañas. Ya estoy en Ibarra hace una semana, pero apenas dejé Baeza me di cuenta: sentí que estaba pasando por los paisajes más lindos que creo haber visto en Ecuador. Era sierra pero todavía había mucho de esa frondosidad de la selva, de esos árboles que lo ocupan todo. Nunca había escuchado nombrar ese pueblo, nunca nadie me había comentado sobre ese camino, no es ninguna zona protegida (y eso que cerca hay tres: la del Antisana, el P.N. Sumaco y la de Cayambe-Coca) y ahí estaba: de los que más me gustaron. Además, paré en la casa de una familia tan grande y linda (la familia, no la casa) que… ahhh. Abuelos, hijos, nietos, primos. Dionenia, la abuela, tenía 80 años largos y más vitalidad que varias personas jóvenes que conozco. No paraba un segundo, se preocupaba por todos, estaba en todo. Valeska y Tania, las dos nenas, querían usar mi bici, me seguían por la casa, me traían dulces. Lionel, uno de los hijos, me llamó días después que me fui para saber dónde y cómo estaba. Aunque siempre dije que ser madre no me interesa mucho, llegar a un lugar así me dan ganas de tener no un nene sino varios… ¿te imaginás con cinco nietos míos? No te entusiasmes, eh.

collage fotos sierra ecuador

caminos zig zag

transamazónica ecuador

hojas rojas ecuador

nena sierra ecuador

casa de campo sierra ecuador

caminos sierra ecuador

Al final, tantas ganas que tenía del oriente, y lo pasé sin más. Moría por conocer gente nativa de esta parte, dormir en sus casas, aprender a cocinar con maito, ver a las mujeres masticando yuca para preparar chicha, escuchar palabras en otra lengua (¿shuar, cofán?), usar otras plantas medicinales. Estuve tanto tiempo en la sierra, que moría de ganas de cambiar, de mudarme de lado, de ver la otra parte indígena de Ecuador. Pero no pasó: no dormí con ninguna familia nativa, no aprendí a cocinar nada típico, no aprendí palabras nuevas. Por lo menos conversé bastante rato con una familia quiju una tarde que paré a comprarles fruta, aprendí que el quichua del oriente es diferente al de la selva (se nota que tengo el oído tan acostumbrado, que me di cuenta cuando los escuché hablar); en otro lado me llenaron algunas botellitas con guayusa (y acá puedo decir que maté dos pájaros de un tiro, porque aprendí que la guayusa vendría a ser la coca del oriente, el mate de la selva), vi maitos cocinándose en las brasas (y habíamos visto las hojas en el Cuyabeno, ¿te acordás, esas grandes que estaban cerca de la cabaña?).

Esos días me han preguntado cómo es Bolivia, y me puse a pensar en mis viajes anteriores: me di cuenta que muchos países los conozco fragmentados, sesgados: como siempre viajé en bus de noche o de día y me dormía (salvo, por ejemplo, aquel viaje a Rurrenabaque en el que era imposible pegar un ojo), son pocos los recuerdos que tengo de las rutas, de los intermedios y los cambios entre un lugar y otro. Mi apreciación de varios países pasa por puntos específicos: ciudades, pueblos, un lugar de trekking, alguna parte de la ruta que pude ver antes de que oscurezca, algún pequeño tramo que hice a dedo. Por eso me gustó tanto viajar a dedo y por eso ahora me enamoré tanto TANTO de viajar en bici: el viaje deja de ser puntos estáticos en el mapa para transformarse en todo el recorrido. Ya no importa cuál es el siguiente destino porque cada día es un nuevo destino.

caminos ecuador

cascada en la ruta ecuador

Vascas y cascadas.

cuyuja ecuador

Cuyuja, donde pensé que me iba a tomar todo un día llegar.

subida en bici ecuador

Además, viajar en bici me hace perderle un poco de sentido a los lugares turísticos: en Baños no fui a la casita del árbol (¿para qué? ¿para tener la misma foto que todos?), pasé por Tena y no fui a ninguna cueva de Jumandí, estuve cerquita de la cascada San Rafael y ni me acordé (es que veo tantas cascadas pedaleando…). Podrá ser “el sitio más visitado”, pero a veces esos lugares ni siquiera tienen espíritu, magia, belleza, sorpresa. Como quieras llamarlo. Llega un punto en que te empezás a preguntar qué es viajar: ¿las personas, los paisajes, conocerse, cambiar? ¿El modo de vida así sin más? Lo de ahí no hay nada o tenés que ir allá es tan tan TAN relativo que asusta. Particularmente, no quiero cansarme: ni de los paisajes, ni de las personas. Menos que menos de las personas. Por eso no quiero ver todo, por eso creo que ahora necesito estar un poco sola.

Me fui de Baeza e hice en un día lo que pensé que me iba a llevar dos: o tantos días de corrido sobre la bici ya me están mejorando el estado físico, o era más fácil de lo que pensé. Al día siguiente casi dejo un pulmón y mi ánimo tirados en la montaña. La subida hasta la virgen estuvo tan fuerte que no sabía si reírme o llorar: seguí pedaleando; creo que era la mejor alternativa. Fue uno de los días más agotadores, dieciséis kilómetros (que ahora me estoy fijando y fueron veinte; qué mal que funciona mi memoria y mi odómetro), con llovizna llovizna llovizna, frío (mucho frío, me dolían los pies y no sentía las manos), dolor de panza, de 3.000 a 4.000 msnm. Y sin ánimo, que es lo peor. Y cuando la cabeza te dice basta, ¿cómo hacés para que tu cuerpo siga? Nunca había sentido antes eso de “no puedo más” y no tener otra opción; cada vuelta que hacía y no aparecía la virgen me desanimaba más, y subirme a un auto o camión no entraba ni remotamente en las posibilidad. Había llegado hasta ahí y no iba a rendirme un par de kilómetros antes, no iba a boicotearme a mí misma. Menos mal que cada tanto algún auto que pasaba me hacía gestos de aliento (¡mi imaginé a un autito de Cars guiñándome un ojo!) y me sacaba de ese esto-no-puede-ser y me recargaba las pilas. Creo que no se dan una idea lo que un simple aplauso, un revoleo de puños, un pulgar arriba o un pipipiiiii puede significar.

papallacta ecuador

neblina ruta

¡Pero QUÉ lindo paisaje! Se, no se veía nada.

ruta lluvia

Lluvia, paisaje gris, frío.

Cuando a las 17:20 llegué, apoyé la bici contra un poste y me largué a llorar. Me quería contener, quería llorar, no sé qué quería. Últimamente me emociono fácil, y haber llegado (por segunda vez en menos de un mes) a los 4000 msnm pedaleando desde el nivel del mar no me es cosa menor. Desde que salí de Guayaquil la bici me está enseñando; dejó de ser todo fácil y me empezó a poner a prueba. Tuve dos días seguidos en los que no conseguía parar a dormir en los primeros lugares que preguntaba, y los sentía casi como un “vos podés, estás cansada pero podés pedalear un poquito más”.  Después de la virgen fueron muchos kilómetros en bajada (que el odómetro, cuando paso los 34km/h, no me los cuenta, como si no fueran dignos de ser tenidos en cuenta), llegué a Pifo y dormí de lo bomberos, en un salón donde tiré mi aislante y mi bolsa de dormir. Y me sentí vacía. Estar sola no me hace sentir tanto la soledad como cosas así: comer rodeada de gente que se ríe y conversa entre ellos, una habitación gigante y mi bolsa de dormir en un rinconcito, (intentar) conversar con gente con quien la conversación no fluye ni de la pregunta a la respuesta. Y todo eso me daba ganas de llorar, de acostarme y llorar en silencio. Creo que sin darme cuenta ni saber bien qué, estoy extrañando. Es de las pocas cosas que me hacen llorar.

papallacta pifo

Comenzó la bajada =)

ruta pifo papallacta

Sabés que no me gusta planear, pero si hay algo que mi cabeza no puede dejar de hacer es imaginar: la semana que viene, nuestro encuentro (¡no falta nada!), los días en la montaña, volver a ver a los abuelos, almorzar los cuatro en casa, el mural en Buenos Aires, algún reencuentro, los viajes que tenemos ganas, acariciar a Luna, las noches de peli con Pablito, las tardes de sol, escribir en mi escritorio, despertarme en mi cama viendo el patio, ir juntos a natación, aprender a tejer con mamá, mi libro en mi biblioteca (y que ustedes por fin lo lean). Tantos días por delante. No me gusta planear pero creo que es lo que más hago (nada más que yo digo que son sólo ideas). Que después muchos no se cumplan (o se cumplan en forma diferente) capaz es lo que más me hace sentir que vivo el día a día, que las decisiones dependen de mí y que todo es tan maleable como la plastilina.

A todo esto, mamá se va a poner celosa: ya va la tercera carta para vos, te veo primerísimo de todos a vos, planeo viajes con vos, hablo más por skype con vos. Igual, no te acostumbres mucho, que esta es la última carta. La trilogía a papá, digamos.

De nuevo, tu hija preferida.

PD/ Después de tanto palabrerío, me olvidé de decirte: si alguna vez tengo mi propia casa, no va a ser en Rafaela. No tiene montañas.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.