atardecer amazonas ecuador

CARTA A PAPÁ (II): ME FUI A LA SELVA

rio blanco piedras baños ecuador

18 de enero de 2015, Baeza

Papi:

Me dieron ganas de volver a escribirte. Por más que hablemos seguido por Skype o por teléfono hay cosas que son más para escribir que para decir. O a mí me gusta más escribirlas que decirlas. Me fui de Baños hacia el oriente: hacía meses que quería pasar por acá. Creo que hasta la misma palabra “Amazonas” suena exótica. E inmensa y verde y pasional y femenina y detallada y con secretos. También creo que me maquiné mucho y mi imaginación voló demasiado. Y leer “Cumandá” en esos días creo que no me ayudaba mucho.

Estos últimos días me agarró el síndrome del año y medio de viaje, si es que eso existe: necesito estar sola. Me siento muy mala onda, pero me cuesta horrores (y me molesta un poco conmigo misma, pero no me da vergüenza admitirlo, qué querés que le haga) sentarme a conversar con la gente o no sentirme un poco invadida si los nenes de la casa me siguen hasta cuando voy al cuarto o no tener ganas de encerrarme sólo a leer. El problema no es conversar, es responder siempre a las mismas preguntas. Capaz que el viaje dejó de ser un poco la gente que me cruzo para ser un poco más mío, o capaz que estas últimas semanas pasaron tantas cosas que todavía necesito digerirlas. Pero la verdad es que responder que sí, tengo familia y me llevo muy bien con ellos, que no, no soy de Buenos Aires, que no, no tengo marido y viajo sola porque… ¿qué se responde?, que sí tengo un hermano y también un perro y que el pescado también es un animal y por eso no lo como y que sí, voy a llegar como en dos años a Argentina en bici porque no señora, no tengo motor sino piernas. Uff. Podría grabarme y darle play cada vez que conozco a alguien, para evitar tener que hacer fuerza y no poner cara de aburrida. Sí, mala onda total, parezco una vieja chota, decilo.

cascada agoyán baños ecuador

tuneles piedra baños

camino para bici baños

El agua sigue chorreando por más rato después de la lluvia.

Volviendo al oriente: se nota que cuando vinieron ustedes estábamos demasiado entretenidos hablando. No vimos nada. El día que fui hasta Puyo, crucé ya ni sé cuántas cascadas. Viejo, estaban todas al borde del camino y nosotros no vimos ni una, hasta nos quejábamos de qué mal señalizado está el camino, y estaban todas ahí. La bici me encanta por eso: vas tan lento que no te perdés ningún detalle, vas tan atento que cada centímetro de la ruta te queda muy grabado, avanzar depende de vos y no tener ningún vidrio de por medio te graba la lluvia y el sol y el frío y el viento en la piel. Como que es diametralmente opuesto al bus o al auto, es pocas palabras.

detalle baranda tour cascadas

cascada manto de la novia baños

camino para bicis tour cascadas baños

El camino para bicis es otro: va al lado de los túneles y es todo empedrado o de barro.

caminos ruta tour cascadas baños ecuador

o de barro.

río baños ecuador

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mini cascada baños

camino baños puyo

a puyo ecuador

Dormí en Puyo y al día siguiente seguí: en el camino paré a comer una piña mientras cada persona que pasaba me miraba como si fuese ET que acaba de aterrizar en la Tierra, una señora me preguntó si eso queda más allá de Italia cuando le dije que era de Argentina, seguí pedaleando y se largó a llover. Me senté en la vereda de una estación de servicio, cubriéndome de la lluvia bajo el techito y me largué a llorar. Llovía por dentro y por fuera, sin razón. Será que lo poco que falta para volver a casa me da una ataque de extrañitis aguda, serán historias sin fin que vagan por ahí, no sé qué será. Me costaba pensar y ni que hablar de pedalear; tenía la mirada perdida y cara sin expresión. Estaba sin ánimo. Me tenía que obligar a pedalear, porque lo que sentía estaba más cerca del vacío que de cualquier otra cosa.

Vi casas de madera y de cemento con techo de chapa
pájaros grandes (¿existe el cóndor amazónico?)
puestos abandonados
mariposas blancas con negro y amarillas con negro y celestes con negro (¿por qué todas son con negro?)
gallos y vacas
flores rojas y amarillas y rosa viejo
palmeras altas y árboles bajos
bananas y mangos y piñas
cruces de madera con nombres inscriptos;
casi no vi gente.
*
Escuché oropéndolas (esos pájaros que hacen ese sonido como gotas de agua que tanto me gusta, que escuchábamos en el Cuyabeno)
los biiiIichofeo y los quisquidíes (¿o eran los mismos?)
perros que me ladraban furiosos
autos acercarse y alejarse.
*
cruces camino ruta

Una de tantas cruces.

hormigas

También vi hormigas

nidos oropéndolas

Y estos son los nidos de las oropéndolas, tal como su sonido: una gota.

Esa noche llegué a Santa Clara; iba a acampar de nuevo pero cuando me acerqué a la casa al lado de donde acampé para pedir agua, me pusieron una silla para que me siente y de ahí no pude irme: me trajeron un café, me hicieron pregunta tras pregunta y salió tema tras tema, llegó la cena y para cuando me iba a dormir me dijeron que me quede ahí. Yo ya tenía la carpa armada así que quise volver, pero apenas me metí estaba llena de cucarachitas: los dos cierres internos están rotos así los bichos se sienten como en casa. Obvio que me volví con la cola entre las patas.

carpa santa clara ecuador amazonía

Y ahí dejé mi carpa mientras yo me fui a dormir sin cucas.

flores rosadas

agua de lluvia

Mi ducha del día: agua de lluvia

A la mañana siguiente me fui, crucé el pueblo y seguí pedaleando. Pensé que el paisaje iba a ser diferente, pero me siento como en la costa, del otro lado del país. El camino es un zig zag de subidas y bajadas entre mucho verde y montañas. La mayor diferencia es que pasan pocos vehículos y casi no cruzo gente. ¿Dónde está la gente acá? Pasé frente a iglesias, escuelas, restaurantes con ollas humeantes, casas con música a todo volumen, autos estacionados, sogas con ropa colgada, puestitos… sin gente.

amazonas ecuatoriano

La selva acá, y las montañas allá.

puestos sin gente

Esa tarde pasaba por un pueblito y le pregunté a una señora por dónde iba a Archidona: resulta que ya estaba en Archidona. Me invitó a su casa y me fui a dormir pensando dos cosas: que a lo que más miedo le tengo es a sentirme vulnerable y que tengo la cabeza medio boyando (debes estar pensando si estoy bien: sí, estoy bien, creo que estaba en mis días femeninos y se me dio por pensar mucho).

“Cuando el astro del día se pone, el reverberar es candente, y hay puntos en que parece haberse dado a las selvas un baño de cobre derretido, o donde una ilusión óptica muestra llamas que se extienden trémulas por las masas de follaje sin abrasarlas. Cuando, en fin, se levanta la espesa niebla y lo envuelve todo en sus rizados pliegues, aquello es un verdadero caos en que la vista y el pensamiento se confunden, y el alma se siente oprimida por una tristeza indefinible y poderosa.”

Cumandá – Juan León Mera

bambu

Esa noche decidí que no pedaleo más en musculosa: me quemé la espalda y me dolía dormir, el protector solar factor 15 es poco cuando el sol es así de fuerte y no tenés nadie que te ayude donde tus propias manos no llegan. Al día siguiente me tocaron subidas que me hicieron avanzar poco y un sol me quemaba incluso a través de la remera. Cuando a las cinco de la tarde me di cuenta que eran las cinco de la tarde (es decir, hora de buscar dónde dormir, que ya sabés que acá oscurece temprano) estaba en una cuesta que me estaba dejando sin agua ni aire mientras tres chicos bajaban a toda velocidad: los primeros cicloviajeros que me cruzo en la ruta.

Vi algún caballo,
varios jeeps
huellas de perro, de autos, de zapatos y de agua sobre el asfalto.
*
Tuve sol y nubes grises
calor abrasante
y lluvia,
todo a la vez.
*
ruta transamazonica ecuador
*
**

atardecer oriente amazonia ecuador

atardecer amazonas ecuador

El atardecer ese día me hizo acordar a como describe el atardecer J.L. Mera en Cumandá.

Esa noche dormí cerca de un pueblito con nombres raro; hay varios por ahí que son algo así como Jondachi, Osayacu, Mondayacu, Cotundo. Nombres como de literatura. Me recontra prometí levantarme temprano para no salir, de nuevo, cuando el sol está arriba, pero amaneció lloviendo torrencialmente. La casa vibraba: como era de madera, cada vez que alguien caminaba se movía todo; como el techo era de chapa, la lluvia se escuchaba estruendosa; como la ruta estaba al lado, los camiones hacían sombras fantasmagóricas en la noche. Al final salí de nuevo con el sol arriba y logré avanzar poco: a las tres de la tarde me agarró la lluvia torrencial (son potentes las lluvias en esta época, eh), justo había parado a cargar agua en un paradero y me terminé quedando ahí. Dormí en una hamaca, y a la mañana siguiente la abuela me preguntó si sabía desayunar y me sirvió un café, pan y un plato con mucho arroz, papas, lechuga y hongos que ellos cultivaban. Qué lástima me da dejar lugares donde, en un ratito, me da ganas de quedarme más: hablamos poquito pero con sentido; el síndrome del año y medio se fue o mi energía cambió o mis ganas de conversar fluctúan o todo depende de quién me cruce. La química entre las personas es algo impredecible. La noche anterior la mujer (la hija de la abuela sería) me contaba que en un accidente diez años antes había perdido a su marido y a su hijo, y por eso ella estaba paralítica. A su hija no le había pasado nada y era lo único que tenía, me decía, lo más importante para ella. Yo creo que la fuerza de voluntad y el empuje y el amor que amanaba demostraba que tenía mucho más. Esa mañana estoy segura que las dos cruces juntitas que vi ahí cerquita eran las de ellos.

Ayer fue tu cumple y ya te lo dije por Skype, pero no creo que haga mal decirlo dos veces: feliz cumple. Y te quiero mucho, eso ni hace falta aclararlo.

Yo

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.