mindo presente pajaritos

PRESENTE

mindo presente pajaritos

Ilustración que hizo Jazz en los días que pasamos en Mindo por Año Nuevo. Pajaritos, cantos, muchas flores.

Hacía rato que tenía ganas de escribir este post, pero cada vez que me sentaba a escribirlo, nada me salía. Es como querer decirle al chico que te gusta cuánto te gusta, pero no saber qué decirle (aunque es bastante simple). Algo así: creo que era tan simple la idea, que no sabía que más decir. Y a veces, eso es lo que más cuesta: hablar de lo simple, de lo que no necesita muchas palabras para ser, de lo que simplemente es sin necesidad de más. 

Capaz que necesitaba que me pasen más cosas. Es fácil ver la paja en el ojo del otro, dicen. Obvio: la viga que tenemos en el nuestro es tan grande que ni la notamos. No sé, como sea, los procesos son necesarios. Y los mejunjes de mi cuaderno y mis recuerdos me hacen ordenar un poco todas esas ideas.

(Y, de paso, no entiendo para qué escribo esto acá, si no tiene nada que ver con el viaje. Pongámosle que son cosas que me pasaron viajando y bueno, además de los paisajes lindos y las anécdotas divertidas, también hay momento en que no entiendo nada)

 

22 de noviembre, Quito

¿Cómo vivir en el presente (¿presente en el presente?) cuando el futuro es tan prometedor?

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6 de diciembre, Guayaquil

Ahora me queda una pregunta: ¿vivir el momento es hacer lo que tengo ganas en cada momento o hacer todo lo que podría hacer porque no sé qué pasará mañana? Es contradictorio, ¿no? Y, hasta cierto punto, ambiguo. A veces hago cosas sin incluso tener muchas ganas (sin ganas en ese momento, pero que quiero hacerlas en algún momento) porque mañana puede no existir. Un amigo me contó que le dijo “me contás en 15 minutos que ahora voy a dormir una siestita” a una amiga mientras viajaban en bus, y cuando se despertó de la siestita estaba tirado en el medio del pasto, rodeados de sus otros amigos con los que viajaba y restos del bus. Lo que le iba a decir su amiga, nunca se enteró: falleció en el accidente.

Nuestro camino no es sólo nuestro, y nuestro momento tampoco: siempre está entrelazado con los caminos de otros. Para algunos, vivir el momento puede ser fluir, y dejarse llevar por los sentimientos, incluso cuando eso sea, paradójicamente, no vivir el momento. Igual, nunca sé cuán exento estamos de anclarnos al pasado, anticiparnos al futuro o atarnos a otros.

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13 de diciembre, Guayaquil

Como me suele pasar a menudo, estoy haciendo zapping de blogs y leo un poquito de acá, un cachito de acá y nunca un post entero de todas esas páginas que tengo abiertas y pendientes por leer. A veces, cuando me agarran las ganas, leo varios de un tirón y me siento mejor conmigo misma porque puedo cerrar algunas pestañas (de las tres ventanas que tengo abiertas, y mi compu me lo agradece).

De ¿casualidad? leo partes de diálogos de la película “Momentos de una vida”, que justo fui a ver al cine unos días atrás (y que, como nos estaba pareciendo eternamente larga y monótona, nos quisimos escapar y meternos en otra sala, pero estaban todas por terminar o no nos gustaban, así que volvimos como perros arrepentidos con la cola entre las patas). Al final, había un par de diálogos que me gustaron, y hoy cuando volví a leerlos me acordé.

– ¿Viste como la gente siempre dice “aprovecha el momento”? Me inclino a pensar que es al revés. El momento nos atrapa a nosotros.

Igual creo que los momentos te atrapan si te tienen que atrapar (o, mejor dicho, te atrapa el momento que tiene que atraparte): a veces el momento es externo y a veces interno, y por eso pasa que podés estar rodeado de gente riéndose o súper concentrada charlando, y vos estás en tu mundo particular. Si tu momento es interno, tratar de hacerlo externo no va a funcionar y va a ser como mezclar el agua y el aceite: podés intentar e intentar, pero la separación se va a notar siempre.

– Somos instantes.
– ¿Entonces?
– Entonces, mejor hacer que nuestro instante valga la pena. ¿Ok?

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22 de diciembre, Chaguarpata

Esto ya me había pasado. Eso de no poder estar mentalmente en el momento porque mi cabeza anda vaya uno a saber dónde. A veces ni siquiera es que está en otro lado: está en ningún lado. Ni siquiera está. Me pasó el año pasado, cuando empecé el viaje, y dejé atrás a alguien que me había marcado mucho, que significaba lo que nadie había significado, que me había hecho sentir lo que nadie me había hecho sentir, con quien me sentía como no me había sentido con nadie. Tener la cabeza y el cuerpo en lugares diferentes no está bueno: y estando de viaje, es peor. Te obligás a hacer cosas que no querés (“tendrías que estar conociendo”, “tendrías que hablar con la gente”, “tendrías que moverte”, “tendrías que ser curiosa”) y al final nada te sale, ni una cosa ni la otra: ni te dedicás tiempo para vos, ni estás de verdad viajando.

Lo pasé, me hizo el click, lo entendí y seguí. Volví a tener cuerpo y mente en el mismo lugar, y también cuerpo y mente junto a él. Y fue lindo mientras duró: la frase esa de que las cosas son como tienen que ser, o que si tiene que ser va a ser o que nos llega lo que necesitamos es medio odiable pero es verdad. Quisiera que sea una boludes que alguien se inventó para no tener que aceptar un poco de responsabilidad en lo que le pasó, pero la verdad es que es así: a veces, por más que hagamos, las cosas no funcionan. Y más cuando la cosa es de a dos.

Pero creo que no pensé que me iba a volver a pasar. A veces me pegaría por ser tan ingenua. A veces me pregunto por qué. A veces creo que Dios (para ponerle una palabra fácil, porque ni yo sé en qué creo) me está usando para reírse o ponerme a prueba (de lo que me gusta, de lo que quiero, de qué quiero) o para demostrarme que no estoy tan sola o para prepararme para algo mejor o para decirme sí, se puede. Capaz que para todo eso y para, bueno, divertirse un poco. No lo culpo.

Como me dijo R. en Montañita: “Si no tiene que ser, no va a ser así le pongas todo el esfuerzo del mundo. Si tiene que ser, va a ser sin ningún esfuerzo”

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7 de enero, Riobamba

Supongo que, al final de todo, es como dijo (o dicen que dijo) Charles Chaplin: “La vida es demasiado corta para tomársela demasiado en serio”. Si él lo dice…

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Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.