desapego fluir

FLUIR

[Algo así como un copy y paste de mi cuaderno]

desapego fluir

De eso se trata fluir.

 Quito, 6 de noviembre

Así como siempre digo que mucho tiempo en una misma ciudad (y por ende el motivo para irse) es cuando te empezás a cruzar gente que conocés en la calle, me ha llegado el momento de decir que hace demasiado tiempo que estoy en un país: me estoy cruzando, casualmente, gente en diferentes ciudades. De Montañita a Quito, de Saraguro a Cuenca, de Ibarra a Otavalo, Y no es que recién ahora me pasa por primera vez: hace unos meses empezó, sólo que ahora estoy tomando conciencia.

Y sí, tengo que aceptarlo: hace demasiado (demasiado de verdad) que estoy en Ecuador. Desde febrero. ¿En qué momento este viaje se transformó en un viaje estable o en una estabilidad en movimiento? ¿Desde cuando un lugar me retiene así? ¿Desde cuando voy y vuelvo y voy y vuelvo y voy y vuelvo a los mismos lugares (sobre todo, a uno: Quito)? Capaz desde que realmente empecé a vivir el viaje como mi vida y no como algo disociado, no como un paréntesis. A veces casi siento que, más que viajar, vivo en movimiento (no sé si de verdad hay alguna diferencia, pero a veces se me cruzan cosas raras por la cabeza…).

Pero este quedarme en Ecuador versus mis ganas intactas de seguir moviéndome (sí, incluso cuando estoy de viaje), me llenan de ansiedad a veces. No veo la hora de volver a Guayaquil a buscar mi bicicleta (pobre, la dejé abandonada para venirme rápido a Quito porque mis papás vinieron a visitarme), de pedalear y pedalear y pedalear, de transpirar al rayo del sol y dormirme feliz del cansancio a las 9 de la noche, de que mi mayor motivación vuelva a ser no saber dónde voy a dormir esa noche, de saber que tengo todo un día de camino por delante sólo con mi bicicleta, de la tranquilidad y la lentitud de la bici (porque si la bici es lenta de por sí, yo supero el récord en tranquilidad para pedalear).

Y eso me hace quedarme en un limbo entre Quito y el viaje: lo confieso, me empezó a gustar mucho Quito. Hace ocho meses, cuando llegué, no me gustaba. Casi que la odiaba y le tenía rechazo (pobre…). Unos meses después, había pasado a una relación amor-odio. Y ahora, es puro amor. Amor a través de ojos ajenos, amor a lo que sucede, amor a lo que fluye, amor a los encuentro y los reencuentros, amor a lo que llega, amor a lo que pasa. Es como los amores de nenes, que se detestan y se molestan, pero en el fondo y a la final se gustan y se adoran. Así me siento con Quito: es el nene de jardín que me hace renegar y yo lo miro con mala cara, pero es porque no sabemos (y no queremos) confesar que nos gustamos.

Y así estoy estos días: en un tire y afloje con mi cabeza y mis sentimientos. Mis amigos en Quito me insisten en que me quede y en que vuelva cuando no estoy, y no entienden por qué quiero irme. Y la gente que viaja, no entiende por qué me quedo tanto. Quito me atrapa, siempre hay algo para hacer, alguien con quien juntarse, algún lugar donde ir. Pero mi ansiedad no deja de pensar en cuánto falta para irme, por dónde voy a seguir, qué podré hacer en los próximos lugares. Sí, ya lo sé: tengo que vivir el presente.

*

 Salinas, 13 de noviembre

Creo que, al final de todo, eso es: dejarse fluir. Pero de verdad. Dejar que el camino sea el que marque nuestro destino, dejar que las fechas (y los días) se borren del mapa. Fluir con todo: con el viaje, con la gente, con las oportunidades, con los lugares, con lo que tiene que ser y las que no, con las señales. Con el camino. Con la vida.

Ayer estaba por irme de viaje con J., y en la mañana me desperté con la sensación de que no, no quería irme. No era el momento. También estaba M. en Quito, y sentía que teníamos que quedarnos ese día, que quería ir a algún bar a mirar el atardecer mientras una escribí, otra dibujaba, otra leía. O lo que cada una quisiera hacer. Porque eso es lo que importa ahora para mí: hacer lo que siento en cada momento, no atarme a un horario que quedé con alguien ni al día que dije a otro que me iba o al mes que dije que volvería.

Entender que fluir es incluso más que no tener y planes y adaptarse al camino: es entender que la vida puede tenernos planes diferentes, un camino impensado para lo que planeamos, e igual (o incluso mejor) de provechoso. Fluir es eso: aceptar que la vida puede tenernos sorpresas y caminos alternativos. Y saber aprovecharlos, escuchar esas señales y seguir las oportunidades es fluir. Dejarse fluir.

Antes de venir a Ecuador tenía el presentimiento de que muchas cosas podían pasar, de que iba a ser un mar de oportunidades, y lo sentí de nuevo cuando llegué a Loja. Hoy en día no me da la cabeza para creer todo lo que está pasando: imprimí el libro por segunda vez, alguien me ofreció traducirlo a Braile, me ofrecieron incluir uno de mis textos en un libro de lectura para escuelas secundarias en Bolivia, ideas de más libros dand vueltas en la cabeza, los proyectos con J., las charlas en Guayaquil, la invitación a la Feria del Libro.

Sin darme cuenta, hace casi un año que estoy en Ecuador. Un año viviendo en Ecuador. Y sigo sin saber cuándo me voy. Sin darme cuenta, viví ya ni sé cuántas semanas y meses en Quito. Pueden ser tres meses o cuatro o cinco en total. No lo sé. Sin darme cuenta, hice sin proponerme algo que me encanta: vivir en otro país, pasar tanto tiempo ahí que un lugar ya se transforma en mi hogar. Si Chile es mi segundo hogar, a esta altura puedo decir que Ecuador es mi tercero. Ahora, más que nunca, el viaje se transformó en mi vida. Y todo pasa a la vez: viaje, trabajo, quietud, movimiento, relaciones fugaces, relaciones intensas. Vida.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.