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AL COSTADO DE LA RUTA

Hacía varias semanas que había dejado la bicicleta guardada, en un rejunte entre los días en Montañita, la vuelta a Ambato para pintar el mural y el trekking en el Parque Nacional Cajas. Así, después de casi un mes sin pedalear, volví a la ruta: volví a jornadas enteras de viaje y movimiento, a encuentros fortuitos, a horas sólo conmigo misma, a luchar contra el tráfico y las bocinas, al sol intenso y el viento. A no saber hasta dónde llegaría. A no saber dónde dormiría al final de la noche.

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Ilustración de Jazz Buitrón

Salí de Manglar Alto -un pueblo a algunos kilómetros al sur de Montañita- el miércoles por la mañana, en direción a Guayaquil, en mi camino hacia el oriente de Ecuador. El mediodía lo pasé en algún pueblito del camino, en un kiosco donde compré algo para comer y el abuelo del lugar me hacía las preguntas de rigor. A las cinco de la tarde, el viento en contra y el cansancio por las pocas horas dormidas la noche anterior ya estaban haciendo efecto: necesitaba encontrar un lugar donde poder pasar la noche con urgencia. Me dijeron que el pueblo más cercano estaba a unos diez kilómetros de distancia, lo cual significaba pedalear una hora más, pero a los tres kilómetros, en el kilómetro 26, mi intuición me hizo acercarme a una casa a preguntar. Le levanté la mano al señor que veía a lo lejos, y cuando se acercó le pregunté si podía acampar en su patio. No lo dudó ni un segundo: enseguida me hizo pasar, acomodamos la bicicleta adentro de la casa, me indicó dónde podía bañarme, me invitó a merendar (o a cenar, es lo mismo acá) y me dijo que después me acomodaba la cama. Como cada vez que pedí sólo por un lugar donde poner la carpa, Jorge -el dueño de la casa, quien vivía con su hijo de 12 años- me terminó abriendo las puertas de su hogar como a una hija. Tanto como a una hija, que cuando dije que soy vegetariana, me llevó a comer de Roger, un vecino que es vegetariano también. Tanto como a una hija, que apenas comenté que estaba súper cansada, tanto él como Roger me invitaron a quedarme un día más (diciéndome que ahí ahí tenía comida ¡vegetariana!, como para convencerme *cara de felicidad y agradecimiento total*).

A la mañana siguiente me desperté recién a las 9, fui a desayunar de Roger y sí: me quedé todo el día, aprovechando para trabajar mientras veía el polvo y los autos pasar por la ruta.  Y volví a pensar cuán natural me resulta, cada vez más, moverme. Tanto, que a veces me sorprende a mí misma: a veces tengo miedo de pecar de confianzuda, pero creo que es mi forma de sentirme siempre en casa, de no sentir tanto esa no-pertenencia a ningún lugar. Trato a la gente como si la conociera de siempre, me siento en confianza rápido, si tengo ganas de tomar un té lo pido, soy sincera con lo que pienso aunque opine 100% lo contrario.  La noche que llegué, Roger me dijo varias veces que le parecía valiente por animarme a viajar sola en bicicleta, pero algo que me quedó muy grabado fue una frase que me dijo al pasar: “Tu eres valiente por animarte a viajar, yo soy valiente por animarme a vivir solo”. Cada uno se anima a cosas diferentes, aún sin darnos cuenta.

El viernes seguí camino bajo un sol abrasador que me hizo parar a descansar como nunca: salí a las nueve de la mañana y antes de las once ya estaba sentada en un parador, comiendo un pan de yuca que me regaló la señora del lugar cuando paré a pedirle agua. Al mediodía volví a parar, esta vez en a la sombra de un kiosco, donde me quedé dormida cuando me senté. Más tarde paré en la oficina de tránsito a cargar agua, y los oficiales me invitaron a quedarme un rato adentro con el aire. La última parada fue en un puestito de frutas al costado del camino (por fin, después de 40 km, había encontrado frutas), donde me senté a comer papaya y seguí: cuando vi que el reloj marcaba las cinco y tanto, sabía que tenía que buscar dónde dormir. Pedaleé hasta que mi intuición -de nuevo, siempre mi intuición- me hizo cruzar un portón donde se veía una casa y un cartel que anunciaba que era, en realidad, una hacienda. Jhonny, el señor que la cuidaba, se acercó a ver qué necesitaba, fue a preguntarle a Silvia, su mujer y me hizo señas para que entrara. Apenas habíamos empezado a conversar, ya me estaban haciendo sentar a una mesa, trayéndome papayas y mangos recién cosechados y haciéndome todas las preguntas.

Después de la ducha –por así llamarla: unos palos con lonas a modo de pared y un balde con agua fría hacían la ducha-  cenamos y, como siempre, la carpa no la armé: me dieron un lugar adentro. No importa el poco espacio que tengan, que los cuatro hijitos tengan que dormir juntos en otra cama, que la cena sea arroz y papa todos los días, que les haya pedido solo un lugar para acampar, nada importa: cada familia en el camino me ha demostrado que siempre hay un plato de comida más, un lugar para una visita inesperada, un colchón para alguien que necesita descansar, una sonrisa y una conversación para una chica que viaja sola, un hogar que abre las puertas.

Al día siguiente amaneció lloviendo, y mi idea de seguir camino quedó frustrada: la ruta estaba demasiado transitada y no quería arriesgarme a pedalear así; recién dejó de lloviznar pasadas las dos de la tarde, demasiado tarde teniendo en cuenta que tenía que cruzar Guayaquil (la ciudad más grande de Ecuador) y que oscurece a las seis. Jhonny me dijo que me quedara, y el día se pasó rápido conversando, cocinando con Silvia, comiendo, saliendo a caminar un rato  y conversando un poco más. Sobre todo, conversando: no paré de sorprenderme con la ingenuidad de Silvia (“¿cuál es el país más grande de Sudamérica?”, “¿el protector solar daña la piel?”), con sus dudas sobre viaje (¿dónde haces pis?) y su tratar de entender cómo vivía mi vida sin creer en Dios (“¿a quién te encomiendas en el viaje?”, “¿no crees en el cielo y el infierno?”), pero a la vez con su hospitalidad y su amabilidad.

Al día siguiente sí, salí para Guayaquil, con mangos y guayabas y maní en las alforjas, el número de Jhonny y Silvia en el celular, y la certeza de que siempre, esté donde esté, voy a encontrar a alguien que me abra las puertas de su casa sin más.

Esos dos días de pedaleo y cuatro de viaje me recordaron por qué elegí viajar, y por qué me enamoré de viajar en bicicleta. Pedaleo para entender que no todos tenemos las mismas capacidades ni los mismos miedos ni la misma forma de vida. Pedaleo para escuchar las preguntas y las incertidumbres, para cada noche no saber dónde voy a dormir, para entender las diferencias de oportunidades, para sorprenderme con la amabilidad que sale del corazón de la gente, para que una casa al costado de la ruta me abra las puertas, para asombrarme ante el miedo que tienen otros para salir de su zona de confort, para contarles que vivir de viaje es más fácil de lo que parece, para seguir entendiendo que la religión es importante y necesaria para otros, para cruzarme gente hospitalaria detrás de cada “ten cuidado que hay gente mala”. Pedaleo para no saber donde voy a dormir cada noche, para perderle el miedo a lo desconocido.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.