LA OTRA MONTAÑITA

LA OTRA MONTAÑITA

“Paciencia con la familia es amor. 
Paciencia con los demás es respeto. 
Paciencia con uno mismo es confianza.”
*

Hace días (semanas) que quiero sentarme a escribir sobre lo que fue mi tiempo en Montañita. Porque hace rato que fui: llegué casi a mediados de agosto y todavía hoy, más de un mes y medio después, me cuesta hilvanar una conclusión de lo que fueron esos quince días allá.

Montañita Ecuador Mi vida en una mochila (2)

Llegué a Montañita sin saber claramente qué hacer: tenía un contacto para hacer voluntariado en un hostel el tiempo que quisiera, si no me gustaba podía seguir pedaleando tranquilamente por varias horas hasta algún lugar más tranquilo, podía quedarme instalada disfrutando nada más que la playa. Pero llegué, estacioné mi bici en el malecón, me puse a comer fruta y ahí estaba, un domingo al mediodía dándome cuenta que estaba en un lugar que no es del tipo que me gusta pero del que, por alguna razón en especial, no sentía que me tenía que ir.

Montañita, antes de su fama de fiesta, se hizo conocida por el surf: en la década del 60 unos surfistas descubrieron la punta de Montañita, lo virgen del lugar y sus olas. Un tiempo después un irlandés abrió el primer parador en la punta, pero recién hace unos quince años empezó a surgir el turismo de formar constante. La temporada alta de Montañita es de diciembre a abril, cuando el sol, las buenas olas y las vacaciones de argentinos y chilenos hacen que las playas se llenen, pero yo llegué en septiembre, en plena temporada baja y días nublados. Meses del año en lo que hay poca gente, poca movida, pocas olas, poca fiesta. Y tampoco lo encontré porque no era lo que buscaba. Nadie me dijo que, además, te cruzás con la gente indicada, la “experiencia Montañita” puede ser muy diferente.

montañita ecuador playas fiesta

Montañita para algunos es solo esto…

Mientras estaba indecisa sobre si irme o quedarme, pegué una vuelta por el pueblo y volví a instalarme en otra parte del malecón. Estaba acomodando la bici cuando se acerca R. al que le había pasado por al lado recién, diciéndome que apenas me había visto había creído que mi bici era una moto. Me reí y, de la nada, me empezó a hablar: esas conversaciones que en diez minutos saltan de un tema a otro y a otro y a otro y a otro, en las que ni siquiera hay que preguntar nombres o nacionalidades para romper el hielo, esas conversaciones en las que, en diez minutos, te empiezan a caer una ficha atrás de la otra.

Desde que empecé a viajar en bici, y sobre todo en ese pedacito que hice de la ruta del Spondylus -esa ruta que recorre 748 km de la costa ecuatoriana- estaba con dudas: dudas sobre por qué estaba viajando, para qué, cuál era mi objetivo y motivación en este momento. Sin embargo, en esos primeros diez minutos de conversación con R., todas eso desapareció: recordé lo que sentí en las primeras semanas de mi viaje por Ecuador, que escribí en el libro y que varias veces lo había dicho: que Ecuador es un viaje interno, un viaje para conocerme y aprender de mí misma. Se ve que en el último tiempo lo había olvidado, y Montañita me volvió a ubicar.

montañita mensajes en las paredes viaje interno

Para mí fue esto.

 Es que, cuando te llega la tercera, cuarta, quinta persona que te habla de lo mismo sin que vos siquiera menciones al paso algo parecido, sin que vos atines a pronunciarlo, sin buscarlo, el universo te está diciendo algo. Es como cuando estás con un amigo escuchando algo y te toca el brazo y te dice: “tch, tch, esto es para vos, escuchá”. Imagínense cuando esa persona te menciona no una, sino varias cosas que te habían estado revoloteando. Además, imagínense que esa persona te dice “ni siquiera sé por qué me acerqué a hablarte”. Y además, cuando lo llaman para ir a hacer un trabajo, antes de irse te dice “yo no puedo dejarte ir así, tengo una misión con vos, tengo que terminar esto”. ¿Necesitás alguna otra señal?
 
Montañita podrá ser conocida por el surf, por sus fiestas, por su descontrol, pero yo me topé con la otra cara de la moneda: una Montañita donde hice yoga cada mañana, donde volví a subirme a una tela después de más de un año y medio, donde aprendí sobre masajes y reflexología, donde cada persona que conocía llegó para algo, donde hice acroyoga por primera vez (y me enamoré), donde me enseñaron sobre Tai Chi y meditación, donde aprendí sobre plantas y árboles y huertas, donde comí rico, donde escuché mucho y hablé poco, donde pasé mucho tiempo con un tipo de vaya a saber uno cuántos años (porque nunca me lo quiso decir) que no paraba de hablarme y volarme la cabeza cada dos por tres con alguna frase.
atardecer montañita

Vi atardeceres

caracoles montañita playa

Encontré caracoles antes de llegar

acrobacia en telas en la playa montañita

Hice telas

Una vez leí que, en la filosofía griega, la palabra kairos representa un período indeterminado de tiempo en que algo importante sucede, y que su significado literal es “momento oportuno o adecuado”. ¿Cómo saber cuándo es el momento, cuándo estamos en el camino correcto? 

Siempre creí que las cosas llegan cuando tienen que llegar, y pasan cuando tienen que pasar, pero ahora entendí algo más: que lo que tiene que llegar, llega sin forzarlo; que a veces, aunque hiciéramos todo el esfuerzo del mundo, si no es el momento, no va a suceder; que a veces hay que dejar de forzar cosas para que llegue lo que tiene que llegar; que si tiene que suceder, va a fluir solo.

Ahora más que nunca entiendo y sé que tengo que viajar sola: hay experiencias que no tendría, personas que no conocería, charlas que no se darían, situaciones que no pasarían si estuviera viajando acompañada (y ni que hablar si estuviera de novia). Siento como si estuviera recorriendo un camino, un sendero que me va a llevar a algo mucho mayor. Kairos tiene varias acepciones, y Eurípides dice que es “el mejor guía en cualquier actividad humana”. Capaz este es mi kairos de la soledad, mi momento para estar viajando sola.

Montañita Ecuador Mi vida en una mochila (10)

En Montañita entendí -de verdad entendí- una de esas tantas frases cliché que escuchamos tan a menudo y que siempre damos por sentado: “La vida es eso que pasa mientras hacemos planes”. Lo realmente importante son los pequeños detalles, lo del medio, lo que no se planifica, lo que llega cuando tiene que llegar, lo que sucede cuando no lo esperamos, lo que se cuela entre la rutina. Las últimas semanas, cada vez que hacía planes esperando que me trajeran grandes recuerdos, que los sintiera como un plus en el viaje, que me dejaran una emoción, no lo lograba. Y en Montañita, todo, absolutamente todo (desde el desayuno de cada mañana, a lo que pasaba en cada momento del día, hasta lo que cenaba y la hora en que me iba a dormir) estaba fuera de planes. Y si había algún plan para algo, se rompía y terminaba en eso: en vida.

Ecuador me está acercando más y más a ese cambio en mí, y por eso me retiene (hace ya ocho meses) acá: tiene una misión conmigo. O yo tengo una misión conmigo misma acá, mejor dicho. Cuando unas semanas antes de llegar a Ecuador presentí que tenía mucho por delante, no lo erré. Ahora lo entiendo.

Montañita Ecuador Mi vida en una mochila (5)

Así como con ciertas personas tenemos más afinidad que con otras y con algunos mostramos diferentes caras de nuestra personalidad, con las ciudades pasa lo mismo: se generan vínculos; existe una energía que atrae o repele y que, además, se moldea a uno. Montañita me demostró que no hay lugar, por más etiquetado que esté, que no pueda mutar bajo nuestros pies. Que nosotros no podamos usarlo a nuestro antojo, que no podamos transformarlo a nuestro gusto, que no podamos tomar sólo aquello que nos interese y hacerlo nuestro, único. Montañita será famosa por sus olas y sus fiestas, pero para mí quedó guardada como un lugar de conexión, de encuentros, de paz y de crecimiento. Es como me dijo R.: “Encuentras fuera lo que tienes dentro”. Todo lo que nos llega es porque lo atraemos, porque ya está presente (aunque sea latente) adentro nuestro.

Después de diez días en sus calles y su playa entendí que, a veces, hay que darse la oportunidad de descubrir (o re-descubrir) un lugar y hacerlo propio. De animarse a verlo con otros ojos, de salirse de lo que se supone que es. Montañita no es sinónimo de fiesta: Montañita tiene fiesta porque la gente llega a eso. Montañita no es un lugar de reflexión: lo fue para mí porque así lo viví día tras día. 

perros en el agua

Llegué a Montañita sin saber qué hacer, pero con más idea de un breve paso que otra cosa. Postergué la salida día tras día, hasta que tuve que dejar mi bici ahí e irme a Ambato a pintar el mural. Cuando volví, era por dos días. Y de vuelta me pasó lo mismo: siempre había una razón para patear la fecha, y me terminé quedando seis días. Tengo la teoría que los lugares nos dicen cuándo debemos irnos o si debemos quedarnos, y Montañita fue el claro ejemplo.

En una de las paredes de mi pieza del hostel donde paré, justo al lado de la puerta, había muchos grafittis, mensajes, agradecimientos. Uno decía: “Montañita, lugar de locos, lugar no lugar, historias que vienen y van, situaciones, momentos, realidades o alucinaciones. Al fin y al cabo, es una alteración constante de los sentidos, una energía que atrapa- Montañita, sal si puedes”. Nada más cerca de la realidad.

 

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.