pueblos costeros ecuador

A CANOA EN ULTRALIVIANO

Esto sí que fue épico, lo juro. El fin de semana me tomé unas vacaciones del –recién iniciado- viaje en bicicleta y volví a hacer dedo. Estaba en Manta e iba a Canoa para reencontrarme, después de un año y medio, con José, uno de mis mejores amigos chilenos.

Quería llegar el sábado antes del mediodía, pero me desperté tarde. A las diez y media estaba parada frente al mar, con el pulgar esperando. Todos me miraban con cara rara, pero nadie frenaba. Paró un taxi, al que enseguida le dije que no, gracias, y me dijo que ahí nadie me iba a levantar. Paró uno y otro taxi más, pero yo sabía que alguien iba a frenar. Y sí, frenó alguien: el mismo primer taxista, que me dijo que me llevaba hasta las afueras de la ciudad, que no me preocupe por la plata. Fue evidente el cambio: enseguida frenaron no uno, sino dos vehículos. Como me habían dicho que para llegar a Canoa iba a tener que hacer tres combinaciones (porque es una ruta en zig-zag y poca gente va directo allá), decidí preguntar para ver quién me dejaba más cerca. Pregunté primero a los señores de la camioneta: ellos también iban a Canoa. Me subí, les agradecí con un gesto al otro auto y nos pusimos a conversar.

hangar ultraliviano

volando sobre bahía de caraquez

sobrevolando manabi

Charlamos de todo un poco: las típicas de dónde sos, qué hacés, cuánto hace que estás en Ecuador, no tenés miedo, tu familia qué opina, tenés marido (porque en Ecuador, a mis veinticinco años te preguntan si tenés marido, no novio), pensás establecerte, y después de acá a dónde vas. Preguntas que escuché incontables veces, y que siempre respondo igual. Preguntas sobre las que trato de no pensar mucho.

Entre tantas preguntas, Francisco, el que conducía, me dice: “Antes tenemos que parar en San Vicente a buscar el ultraliviano del tipo este para el que trabajamos (un político, que además es el hermano de un ex-presidente del Ecuador…) para llevarlo a Canoa. ¿Querés volar? ¿Te animás?” Automáticamente se me abrieron los ojos, la sonrisa me abarcó toda la cara y ya sentía el vértigo en el estómago. Por un momento no entendí si me lo estaba preguntado a mí o a Dorian, el acompañante. ¿Enserio me estaba ofreciendo volar en ultraliviano? A mí, que me encanta volar, que mi papá me llevó en planeador cuando tenía 11 años, que un verano estuve a punto de hacer un curso de paracaidismo, que un domingo hace varios años volé en algo parecido a ultraliviano que aunque no recuerde el nombre sí recuerdo la sensación.

bahia de caraquez

Bahía de Caraquéz, desde el aire.

el mar y un auto

¿Ven el auto…?

En San Vicente entramos en el hangar, inflamos la rueda que estaba baja, pusimos un parabrisas mejor y nos subimos. En la pista, después del “UIOFOR507 pidiendo autorización para el despegue” yo ya me sentía como en un sueño. No podía creer que una hora atrás estaba haciendo dedo para llegar a Canoa y ahora estaba a punto de volar. Otra anécdota más para las historias viajando a dedo.

canoa en ultraliviano

Llegando a Canoa… ¡en ultraliviano!

pueblos costeros ecuador

canoa desde el aire

Y por fin… ¡Canoa!

Después de la adrenalina del despegue (que no importa cuánto me guste estar en el aire, despegar siempre me da tanto miedo como el aterrizaje), todas esas preguntas rutinarias que surgen cuando conozco a alguien, volvieron a mi mente, y una respuesta apareció en mi cabeza: voy a dejar de viajar el día que hacerlo sea aburrido, el día que nada me maraville, el día en que anécdotas como éstas dejen de acumularse. Y dudo que ese día llegue.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.