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QUITO SIN ENSAYOS

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El Panecillo

PRELUDIO

Para Quito tenía una fecha de llegada. Las únicas fechas que tuve hasta ahora fueron las cuatro veces que vinieron a visitarme. Cochabamba, Cusco, Lima y Quito me tenían reservada una fecha de llegada. Esa última vez, el que llegaba era mi hermano, un sábado a las 2:30pm.

Llegué desde Ambato en un trajín de vehículos y horarios. Sin saberlo, tomé el camino más largo y me crucé toda la Panamericana en vez de tomar el camino que va directo al aeropuerto, así que llegué agotadísima y una hora más tarde. Pero llegué, y a dedo hasta el aeropuerto =)

PRIMER ACTO

Había escuchado mucho de Quito, pero principalmente que era la ciudad con el centro histórico mejor conservado de América. Podrá haberlo declarado la UNESCO, pero la verdad es que me desilusioné. O caminamos mal o no recorrimos lo suficiente o miramos mal o no sabemos nada de historia: no le encontré nada de maravilloso ni de diferente a otras ciudades coloniales.

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Nunca entendí dónde nos metimos… (con razón no encontramos lo “lindo” de Quito)

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Desde la Casa Presidencial

INTERMEDIO I

Nos fuimos a recorrer por ahí: Quilotoa, Cotopaxi, Mompiche, Mindo. Si cada lugar lo guardáramos con una etiqueta en una biblioteca de archivos de viaje, Quilotoa sería “lugares donde lloré cuando llegué”, el Cotopaxi sería “lugares para volver en bici”, Mompiche sería “lugares donde entender la tranquilidad”. Mindo, en cambio, quedó registrado dentro de los “lugares llenos de extranjeros instalados”.

SEGUNDO ACTO

Volvimos a Quito, mi hermano se fue y yo me metí de cabeza en mis cosas: escribir para el blog, escribir para el diario, editar fotos, pensar si hago o no hago un librito, organizar todo lo de la bici, ir al médico para ver qué onda con mi pie esguinzado, seguir con el proyecto de murales.

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En Cumbayá, donde estuve el primer tiempo.

Creo que ya sé por qué no me gustan las capitales: es una cuestión de alienación, que hay tanta gente que nadie se preocupa por el otro. Cada uno vive en su mundo, inserto en su realidad, su burbuja, sus problemas, sus circunstancias. La ciudad está llena de gente, pero todos son completos extraños.

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Aunque hay partes más tranquilas…

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Igual, lo que me gusta de estar instalada son esos pequeños detalles: poder tener muchas opciones en la heladera para prepararme mi ensalada de frutas de cada mañana, cada mediodía poder comer variado, rico y casero sin tener que caer siempre en palta-tomate-plátano-sopa-maíz, levantarme temprano para hacer deporte, tener uno de mis mejores amigos en la misma ciudad y esperarlo para conversar tomando té.

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Poder salir a tomar una cerveza a La Mariscal con amigos

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Ver Guápulo toda una noche con amigos

INTERMEDIO II

Terminé el libro y necesitaba irme. E Ibarra me esperaba para la charla en la Casa de la Cultura. Una charla que se transformó en tres más. Cambiar de aire me hizo bien: las capitales ya no son para mí.

Volví a Quito por un día para hablar con el bar donde iba a hacer la presentación del libro y estuve tres TRES horas perdida dando vueltas en buses por la ciudad. Después de que el camionero me dejó en vaya a saber uno qué parte de la ciudad, pregunto y me subo a un bus y el pibe, después de cobrarme, me dice que podría haberme tomado un bus arriba del puente y era más corto. Qué vivo que sos. En el trayecto me siento perdida, yendo al sur y no al norte (como tenía que ir): cuando me dicen que era mi bajada, no reconocía nada. Sin preguntarme, me mandaron al Quicentro Sur. ¿Cómo puede ser que si hay dos Quicentro en la ciudad, me manden directo a uno sin preguntarme antes a cuál voy? Y yo soy más boluda de preguntar bien… Encima, estaba tan absorta puteando al mundo, que casi me pisa el trole, me la vi cerca. Ni me había dado cuenta que estaba en medio de la calle.

Para cerrar mi experiencia en Quito, me hicieron ir a una reunión en la otra punta de donde yo estaba para decirme “Nos gustaría que expongas acá, ¿necesitás proyector o algo más? Sería el viernes xx. Gracias, ¡me tengo que ir!” No no no, no me hagan esto, correr por Quito para decirme algo que podíamos hablar por teléfono.

Por suerte me volví rápido a Ibarra: la ceremonia de ayahuasca me esperaba.

TERCER ACTO

Siento que tanta permanencia en Quito me hizo perder la sensibilidad, que hasta escribir me cuesta. Es como cuando estuve en Chile, que sentía que el bichito viajero se había adormecido, donde esa capacidad de sorpresa e imaginación queda en stand by. Y encima, quiero estar sola. No tengo ganas de hablar; hasta pensar me cuesta, tengo la mente en blanco y así quiero que se quede. ¿Por qué necesito silencio? No quiero hablar por hablar, repetir las mismas respuestas en piloto automático. Mi silencio no es sólo de palabras, es mental. No quiero pensamientos en mi cabeza, no quiero descusiones ajenas ni propias, no quiero explicaciones ni reflexiones. Necesito dejar la mente en blanco y que todo se procese a su tiempo.

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Quito me tenía tan estresada, que un finde me fui a Otavalo. Un amigo me dijo que estaba allá en la casa de otro amigo y fui. Justo empezaba el Inti Raymi y a lo mejor algo agarraba, pero por sobre todo, necesitaba irme de Quito, necesitaba un cambio de aire y de personas.

INTERMEDIO III

Llegué a Ibarra con lluvia. Parece que se intercambiaron los climas: salió el sol en Quito y la lluvia se mudó a Ibarra. Y apenas llegué, ya quería extender mi estadía: es mi relax de la gran ciudad. Hay algo que flota en esa ciudad, un imán que me dice quedate máaaas.

Tengo que empezar el viaje en bici, necesito renovarme. Esa es la palabra: re no var me. ¿Cuánto tiempo llevo entre Quito e Ibarra? ¿Cómo describir la rutina?

FINAL

Creo que le estoy agarrando el gustito a la ciudad: entendí que no había recorrido Quito lo suficiente, caminé por Guápulo y por el centro histórico, conocí Itchimbía y me sorprendí de no haber pisado antes ese barrio. Salir sin mapa (o que el mapa sea alguien del lugar) es la mejor forma de conocer una ciudad.

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Por las calles de Guápulo

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Y también recordé que las ciudades gustan más cuando tenés amigos y planes, cuando creas una conexión emocional con el lugar: juntarnos a comer con Sara y Arcelio (una chica franco-iraní y su novio mozambiqueño), juntarme con argentinos a ver los últimos partidos del mundial, volver a bailar tango, pintarnos las uñas y hacernos mascarillas, las clases de yoga como trueque de la charla, ir a ver un show de danza, los cevichochos en La Carolina, un pic-nic de mujeres en un parque que no conocía, mirar Quito encendida desde algún café.

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Ver el Cotopaxi merendando con amigos

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Conocí a María

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Ahí me di cuenta cómo es mi relación amor-odio con Quito: mientras no tenga que subirme a un trole/ecovía/bus está todo bien, y la ciudad me gusta, la disfruto. Ahora, al momento que piso el transporte público (en horario pico, con toda la gente amontonada y sin discernir cuál es el brazo y la pierna de cada quién) mi cariño se transforma casi que de inmediato en un rechazo en que me da ganas de putear a Quito, a la gente, al transporte, a la planificación y hasta al chofer.

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Estos rincones me encantan…

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Son casi 5 meses que estoy en Quito. ¿Se puede decir que viví en una ciudad donde no tuve una casa fija? ¿En una ciudad donde dormí en casi 10 camas y me bañé en tantas duchas? ¿Donde no tenía más que una bolsita con una botella con agua porque mis cosas estaban desparramadas en dos casas? ¿Cuál es el punto entre estar de viaje y estar viviendo? ¿Una casa tuya o la permanencia en un lugar?

Después de casi 5 meses, hoy le digo adiós a Quito. A la ciudad que vio nacer a mi libro, la ciudad que me vio yendo de acá para allá por entrevistas o a entregar libros o a comprar algo o a dar una charla, la ciudad que me dio la bici, la ciudad que me vio hacer amigos, que me vio reír y llorar, que me vio enojada y feliz. Como dijo Chaplin: “La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos.” Las ciudades tampoco te dan tiempo de ensayo: las vives en el momento, en su ritmo, a tu ritmo, en sus y tus altos y bajos. Cada día es el día de función.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.