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CIUDAD QUE HABLA

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Hace cuatro meses que siento que dejé de viajar. O mejor dicho, que mi modo-viajero quedó un poco apagado: lo siento en la falta de inspiración que tengo para escribir (más allá de que estuve metidísima en el libro, las charlas, el proyecto de los murales -que ya superamos el 100%!!- y la bici, se me evaporó la creatividad e inspiración para escribir en el blog), en lo cómoda que me siento en Quito, en la cantidad de amigos que hice y las actividades que tengo, en lo que me pican las patitas por la ansiedad para salir de nuevo (la semana próxima arranco con la biciiiiii (que se me vaya el resfrío poooor favoor) iupiiiii).

Desde marzo, cada vez que me preguntan dónde estoy, mi respuesta es, salvo pequeñas variaciones, la misma: Quito o Ibarra. Después que se fue mi hermano a fines de marzo, me instalé en Quito a escribir el libro, y apenas estuvo listo me fui a Ibarra a dar una charla, que llevo a otra y a otra y a otra y a otra y terminaron siendo como seis.

Y en Ibarra, a pesar de todos los pronósticos, me quedé como… creo cuatro semanas en total. Me hice amigos, fui a un cumple acá, a una despedida allá, fui a pedalear por los alrededores, iba a un bar donde siempre encontraba alguien para hablar.

Y me pregunto, ¿para qué viajamos? ¿Para qué viajo yo? Es como cada vez que me preguntan qué lugar me gustó más: la respuesta más esperada siempre apunta a lo racional, a lo visible, a lo comprensible fácilmente: linda arquitectura, paisajes deslumbrantes, buenos museos, comida rica, gente amable también podría ser. Pero, ¿qué es lindo/deslumbrante/bueno/rico?

Porque la persona que me dijo que en dos días me volvía de Ibarra, seguramente la gente no le ha hablado cuando estaba sentado solo en un bar, o no habrá visto el Imbabura brillar verde entre las nubes grises, o no le habrán regalado un paquetito de cangil dulce mientras vendía sus libros, o no se habrá perdido diez veces en la mismísima esquina (para terminar caminando en círculos una y otra vez), o no se habrá reído con la música del carrito de frutas, o no se habrá humedecido con la luvia repentina de la tarde o el rocío de la noche, o no lo habrán invitado a fumar una vez más, o no habrá visto las luces prenderse en la montaña, o no se habrá tirado a descansar en el césped húmedo de un campo después de algunas horas de pedalear, o no habrá descubierto a qué sabe un chupito de capulí o una habas recién cosechadas.

En el libro, a la parte de Ecuador le puse “Un viaje interior” porque, a pesar de que me cuesta definir el por qué y las situaciones precisas, siento que así fue y así está siendo. Aunque todavía no tenga bien en claro cuál es ese viaje interno que estoy atravesando, algo adentro está cambiando; han habido varios clicks y otros están en proceso. Sé que están ahí, sé que quiero algunos cambios y que internamente quiero alcanzar a un punto al que todavía me cuesta encontrarle la vuelta… pero ahí vamos.

Es esa energía que es irreductible al intento de explicarla con palabras o ponerla en sensaciones, porque, ¿cómo se explica que una ciudad te hable? Es instantáneo: me voy de Quito con mala cara, llego a Ibarra feliz. Un no sé qué en el aire cambia, o algo nuevo fluye en ese aire. Un algo que me hace quedar siempre (pero siempre) más de lo dicho, incluso de lo prometido.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.