amores de viaje

VEO VEO #13: UN PAÍS SIN NOMBRE

amores de viaje

Mis nietos muy seguido me piden que les cuente alguna historia nueva, como si mi memoria no se acabara y pudiera recordar todos los detalles. Algunas veces invento, otras creo que invento pero no estoy segura. ¿Acaso los recuerdos no son tan subjetivos como la realidad que percibimos? ¿Cómo podemos saber qué es real y qué ficción, si nuestra mente elige lo que quiere ver y cómo quiere verlo? Muchas veces sumo detalles porque me gusta pensar que así fue, o porque viajar es también dejar volar la imaginación, y mis viajes pueden haber sido tan frescos o largos o provechosos o soleados o aromáticos o personales o turísticos o gastronómicos o solitarios o paisajísticos o lluviosos o táctiles como yo recuerde.

Suelo rellenar los detalles, acomodar los hechos que mi memoria no logro retener para que mis nietos tengan la historia completa y se diviertan con todos los detalles, pero esta vez no. No quise rellenar, no quise maquillar. No hacía falta. Ya pasaron tantos años de aquella historia, de aquel viaje, de esa persona y esa historia, que podrían creer que mi memoria erraba tanto que todo era producto de mi imaginación. Es que, como 95 años… ¿cómo podría recordar tan bien las comisuras de sus labios, el calor de sus besos, la sencillez de sus palabras, la ternura de sus ojos?

Lo que nunca quise contarles fue en qué país pasó, dónde lo conocí. ¿Para qué? Sentía que era darle un marco que no quería, situarlo en tiempo y espacio cuando para mí fue una historia que trascendió tiempos y lugares, que siempre siguió conmigo a pesar de la distancia. Sólo les dije que fue mi primer amor de viajes, tan corto e intenso como un arco iris, tan fresco como una lluvia de verano, tan sincero como la infancia.

Lo que sí les conté fue cómo lo conocí. Era una tarde (¿o una mañana? Les dije, hay detalles que debo inventar a esta altura) y yo estaba en la oficina con mis amigas. No estábamos haciendo nada más que hablar, charlas sobre el día, sobre nuestras clases y las anécdotas con nuestros alumnitos, cuando apareció él. Abrió la puerta por primera vez, y mis ojos automáticamente se detuvieron en él. Me miró, pero no sé si se percató de mi presencia más allá de “otra extranjera que pasa por acá”. ¿Cómo decirlo? Me encantó: una sonrisa sencilla pero contagiosa, mirada profunda (dos cosas contra las cuales no puedo luchar), saludaba a todos pero no hablaba mucho con nadie, esa clase de personas que despierta intriga. Ese día se acercó a hablarme, me preguntó de dónde era, cómo estaba, cómo me sentía ahí y siguió su camino. Era como un toco y me voy, te dejo con la intriga. Desde ese día, cada vez que me lo cruzaba me gustaba más y me ponía colorada de sólo verlo.

Los días pasaban, las semanas se tachaban del calendario y yo estaba a dos semanas de irme. Y los días, cuando uno tiene el tiempo contado, pasan rápido; cada hora es importante y cada segundo cuenta. ¿Mis nietos habrán entendido eso? ¿Entenderán, con sus escasos diez y doce años, que el tiempo perdido no se recupera, que arrepentirse es lo último que debemos hacer en nuestra vida, que no intentar algo es abandonarse, que no hablar puede ser condenarse, que no aprovechar significa perder? 

Cada vez que lo veía sentía que las miradas se cruzaban, que cuando hablábamos había algo diferente, que cuando me sonreía se me aceleraba el corazón. Pero nada real sucedía. ¿Nada real? ¿Acaso no era real el alboroto que sentía en mi panza, cómo se me encendían los cachetes, el calor que sentía que recorría mi cuerpo? ¿Cuando empieza uno a hacerle más caso al instinto que a la lógica? ¿Cuándo empezamos a entender que lo que le pasa a nuestro cuerpo también es real?

Dos fines de semanas antes de irme nos fuimos todos de viaje. Yo sabía -y mis amigas se encargaron de dejármelo claro- que si no pasaba algo ahí, ya no iba a pasar nada. Era la oportunidad perfecta. Esa mañana, antes de salir, apenas lo vi y me saludó, me puse colorada hasta las orejas. Tendré 95 años, pero nunca voy a olvidarme ese momento. Me acuerdo y vuelvo a sonreír. Uno no se olvida el primer beso, como no se olvida el primer amor, como no se olvida su primer viaje ni la primera vez que anduvo en bici sin rueditas. Lo tengo guardado en mi memoria como una fotografía; cierro los ojos y puedo verlo: sonriendo, mirándome a los ojos mientras alrededor nada sucedía, nada pasaba, hasta que la tensión fue demasiada y ambos corrimos la mirada.

Viajamos rumbo a la costa y cada vez que podía lo miraba. Nos reímos con mis amigas, hacíamos hipótesis, pedimos deseos en unas fuentes de agua (y a esa edad, con poco más de veinte años, ¿quién no pide algo relacionado al amor?), nos metimos en unas lagunas subterráneas, paramos a almorzar al costado de la ruta, y al atardecer paramos. Esa noche era para salir a bailar. Ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que salí a una discoteca. Dis-co-te-ca, una palabra que empecé a usar cuando me fui a vivir a Chile, porque si decía boliche creían que iba a jugar a los bolos. ¿Mis nietos creerán que uso palabras muy anticuadas porque no hablo igual que sus padres? ¿Creerán que pronuncio diferente porque estoy vieja? Si supieran que los viajes hicieron estragos -lindos estragos- en mí, si podrían viajar en el tiempo y verme a mí con quince años pintando cuadros, con dieciocho en la universidad imaginándome como empresaria, con veinte en Kenia sin querer volver a casa, con veinticinco escribiendo mi primer libro en muchas casas en Quito, con veintisiete volviendo en bici a casa después de dos años, con treinta recorriendo Medio Oriente. Si pudieran ver cómo los idiomas me cambiaron, me hicieron ver el mundo de otra forma, me hicieron entender que saudade no es nostalgia, que lykkeling no es felicidad, que forelsket no es amor; que en general sueño es español pero a veces lo hago en francés o pienso en inglés o la única respuesta que encuentro es en árabe; que puedo hablar con amigos cada uno en su idioma y entendernos igual. Me encantaría poder llevarlos de viaje conmigo (mejor dicho, poder ir de viaje con ellos) y mostrarles los lugares donde caminé, donde viví, donde amé, donde trabajé, donde lloré, donde escribí, donde aprendí.

Y como una vieja, siempre me voy del tema. Estábamos todos en el bar, la música fuerte, yo con mi amigas al fondo, y a él lo veía cada tanto. La noche pasaba y yo estaba casi resignada, cuando lo veo acercarse, me da su botella de cerveza diciéndome “sostenémela” y entra al baño. Yo no sabía si sonreír por lo que creía que eso podía significar, si quedarme perpeleja, o si revolear la botella. No me dio mucho tiempo para pensar: salió del baño, agarró la botella, me agarró a mi de la mano y me llevó con él.

De ahí en más, todo es una cadena de hechos en cámara lenta y rápida a la vez: de sentir su corazón latiendo a mil la primera vez que me dijo que le gustaba, de reconocer que no me había dicho nada antes porque no se había animado, de quedarme sin palabras cuando me dijo que fui un ángel que lo sacó de una tristeza profunda, de besos cargados de espera y ganas, de una primera salida que ya no era cita, de risas, de llantos, de desayunos y cenas compartidas, de besos a escondidas, de caminar de la mano hasta una cuadra antes de su casa -porque su abuela seguía creyendo que le iba a elegir a su mujer-, de acostumbrarme a quedar en medio de conversaciones sin entender nada, de enseñarle algunas palabras en español, de dormir abrazados, de quince días juntos, de no querer ir a mis últimas clases para poder disfrutar cada momento con él, de a veces no lograr entendernos por el idioma, de abrazos infinitos. De una historia donde nunca nos importó donde estábamos sino, simplemente, estar.

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Este post forma parte del ¡Veo Veo!, un juego donde cada mes escribimos sobre un tema escogido previamente. ¿La idea? Volver a ser niños, jugar con las palabras, inventarnos historias, conocer otros lugares, encontrar nuestra voz. Si querés unirte, podés sumarte al grupo en Facebook.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.