ayahuasca visiones

MI PRIMERA CEREMONIA

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Los viajes traen experiencias de todo tipo: culturales, turísticas, deportivas, espirituales, interpersonales. Por alguna extraña razón, Ecuador fue y sigue siendo un viaje interno, una experiencia de crecimiento personal que inclusive me cuesta poner en hechos o situaciones concretos. La gente, las experiencias, las charlas, los desenlaces, las coincidencias, los “por primera vez” y algunos otros etcéteras indescriptibles se fueron sumando y acumulando en mí para hacer que este país sea un viaje más interior que exterior.

Una de esas experiencias fue la ayahuasca. Nombro esa palabra y se me viene a la mente una imagen: los carteles en Cusco, afuera de algunas agencias de turismo, dando cita a las siete de la noche para ceremonias de ayahuasca o de san pedro. También recuerdo lo que pensaba al verlos: eso no se hace así. Aunque nunca tuve una relación cercana a ningún tipo de droga, la ayahuasca me llamaba la atención. Según lo que había leído y escuchado, la planta tenía un significado más profundo, más ancestral, más espiritual. La usaban los Incas y seguía siendo parte de la cultura de algunos pueblos indígenas del Amazonas. Era algo que quería probar, pero sabía que llegaría, sin buscarlo, en el momento adecuado.

Ese momento llegó cuando estaba en Ibarra. Un  domingo a la tarde había salido a pedalear con un amigo que me había hecho esos días, y me contó que se iba a hacer una ceremonia de dos días en Peguche, un pueblo cercano.

Tomar ayahuasca requiere una preparación previa: por lo que hablé después con amigos, algunos toman más precauciones que otros, pero la comida liviana es la base. A nosotros, por ejemplo, nos pidieron una semana previa y una posterior sin sexo, drogas o alcohol, además de comida vegetariana, sin picantes ni fritos. Y el día que comenzaba la ceremonia, la última comida la haríamos al almuerzo. Así llegué ese viernes a la noche a Peguche: con una última comida muy liviana al mediodía, y sólo líquidos las últimas horas. La ceremonia se hacía en un gran salón ovalado, iluminado por una chimenea. Había muchos colchones contra la pared que, a medida que llegábamos, íbamos ocupando. Esa noche, en total, seríamos poco más de veinte personas.

Cuando llegó Ruymán el silencio llenó el lugar. No sé si tanto porque era el chamán como por su misma presencia, que imponía respeto: era alto y corpulento, tenía el pelo -oscuro y ondulado- por debajo de lo hombros, y su rostro transmitía mucha tranquilidad. Apagaron las pocas luces que había prendidas, y sólo quedó el fuego y dos velas. Se acomodó frente a todos, al lado de su asistente y, sin mucho preámbulo, nos habló de la ayahuasca y su historia. También nos contó sobre la ceremonia y Jordi, el asistente, pasó uno por uno para que inhalemos tabaco. Juntábamos las manos formando un cuenco y él vertía un poco de líquido negro –el que se formaba por tener las hojas de tabaco en remojo- para que aspiremos. Hice lo que pude: era mi primera vez y ni siquiera estaba segura cómo o cuánto debía inhalar, y empecé a sentir mi cuerpo como si bailase a un ritmo suave, en un movimiento que salía del estómago, se expandía hacia el pecho y llegaba a los brazos.

Cuando Jordi terminó la vuelta, Ruymán empezó a llamar a uno por uno, desde su izquierda, para que nos acerquemos a él: era el momento de la ayahuasca. Cuando fue mi turno, me preguntó si era mi primera vez y me dio una toma chica. Aunque esperaba que la medicina sea amarga, me sorprendí: era marrón oscuro, espesa, y sabía a una mezcla entre licor de café y chocolate, pero sin la quemazón propia del alcohol. Volví a mi lugar, me senté en el colchón, me apoyé contra la pared y esperé. Esperé sin dejar de pensar cuándo comenzaría a sentir algo, cuándo empezaría a sentir todo lo que me habían dicho que sucedía. Diferentes personas me habían contado sus experiencias, y yo estaba a la expectativa, pero pasaban los minutos y nada sucedía. Miraba a mi alrededor y veía a todos tranquilos, quietos; quería levantarme, sacudirlos y preguntarles si estaban sintiendo algo.

Recuerdo que perdí noción del tiempo, me entredormí, me dolía la espalda, me recosté para estar más cómoda, me dormí, sentí naúseas, volví a sentarme. Me sentía rara, pero no estaba teniendo visiones ni me conectaba con algo profundo dentro mío.

A mitad de la noche, Ruymán comenzó a caminar entre nosotros para ver cómo estábamos. Cuando se acercó a mí le dije: no siento nada. Me ofreció inhalar tabaco nuevamente, pero antes de poder hacerlo comencé a sentirme mal y fui al baño. Nunca llegué. Me desperté en el piso, sentada contra la pared, con un calor afiebrado que me recorría el cuerpo. No entendía dónde estaba, qué hacía ahí ni cómo había llegado. Miraba hacia un lado y otro, tratando de enfocar, hasta que reconocí el lugar: me había desmayado camino al baño.

Durante el día siguiente hablé con Ruymán. Me dijo que mis expectativas habían sido una forma de rigidez mental que me impidieron conectarme con la situación y la medicina. Aunque no quería verlo, tuve que aceptarlo: las expectativas moldean cómo vemos el futuro, haciendo que sólo estemos esperando que suceda aquello que visualizamos. Más tarde conversé un rato largo con Jordi, su asistente, quien me habló de la sensación de unidad y conexión con el resto, de la paz y tranquilidad interna que se vive, y me contó sus experiencias, las conversaciones con su propia consciencia, y el antes y el después que significó para él la ayahuasca.

A la tardecita, cuando varios estábamos frente a la chimenea, un francés se sentó a mi lado y me preguntó si estaba viajando.  Me contó que un año atrás él no se habría acercado a conversar conmigo y yo sólo hubiera sido la chica que en la mañana hablaba fuerte cuando todos se estaban despertando. Que sólo habría pensado que era una irrespetuosa, una desconsiderada que no pensaba en los demás. Me contó que él antes era así: juzgaba, se cerraba, se llenaba de odio. Y diferentes experiencias con la ayahuasca le habían permitido superar esa actitud, abrirse a la gente y liberarse de esa furia interna que sólo lo hacía sufrir a él. No pude más que sonreír: por él, por su cambio, por la paz que me transmitía, por la tranquilidad que se generaba en el ambiente, por animarse a contarme su proceso.

Esa noche tuvimos la segunda toma: sin discurso previo, inhalamos tabaco (que esta vez me clarificó la mente y me despertó de una forma muy espiritual que no había sentido antes) y luego pasamos, como la noche anterior, uno a uno frente a Ruymán para tomar ayahuasca. Esa noche fue diferente: me propuse relajarme, no esperar nada, dejar mi mente libre de todo pensamiento. Y algo pasó. Sentada en mi colchón, apoyada contra la pared, empecé a sentir mi cuerpo pesado, muy pesado. La fiebre me subía desde el estómago, inundando todo mi cuerpo. Los brazos parecían de plomo y tenía que hacer una fuerza descomunal para moverlos apenas un centímetro.  Mi estómago era una montaña rusa, en la que sentía cómo la medicina se iba desparramando por cada célula de mi cuerpo. El chamán nos había hablado de la borrachera y esa noche lo entendí: uno se sumerge en un estado de embriaguez total.

Ruymán cantó toda la noche y sus entonaciones me hacían volver a ese salón cada vez que mi cabeza quería irse hacia algún otro lugar. Frente a mis ojos –cerrados- empezaron a aparecer imágenes. Primero vi una calavera grande, que primero se acercaba y luego se alejaba haciéndose pequeña, hasta desaparecer. Luego vi una máscara llena de colores: parecía tallada a mano, en madera, hecha por indígenas.  Pero lo que más recuerdo, y lo que para mí más significado tuvo, son dos cosas: una llamarada dorada, enorme, que envolvía en una explosión repentina a Ruymán, y otra que hacía lo mismo con el fuego de la chimenea, tornándose naranja y brillando ellos –Ruymán y el fuego- dentro. Y vi algo que, creo, duró mucho tiempo: espíritus de animales (recuerdo con claridad un oso, una serpiente, un tigre y un conejo, aunque sé que eran más) flotando, como si estuviesen nadando hacia la superficie. Y algo más: escuché un ruido muy fuerte por encima de la lluvia, como si fuese un avión o la tierra latiendo, viniendo desde mi derecha.

Aunque toda la noche permanecí con los ojos cerrados, nunca me dormí. Estaba en ese estado de letargo de entre sueños, típico de cuando uno quiere dormir y no puede. Aunque perdí totalmente la noción del tiempo y la duración de cada visión, tengo la certeza de que me dormí justo antes del amanecer.

A la mañana, a medida que nos despertamos y colocaban los platos con frutas en el piso, nos íbamos acercando al centro del salón para desayunar todos juntos, en silencio. En ese momento, y durante todo el día, me sentí en paz, en armonía y conectada –conmigo y con los que me rodeaban- como pocas veces lo había sentido.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.