viajar es volar

LETRA A LETRA: DEL ODIO AL AMOR

La última semana fue la peor: casi dejo el libro. Me sentaba enfrente de la computadora y no lograba avanzar un párrafo. Directamente no miraba el libro, no empezaba a tipear. Se me iba el tiempo preparando notas para el diario, mandando mails, leyendo por ahí. Además fui a averiguar sobre la impresión del libro, me junté con Joa, cambié de host, me junté a comer sopaipillas con pebre y palta (los chilenos que están por ahí no me envidien), miré películas. Un despelote total.

Se me iba el tiempo con otras cosas, sí, pero me estaba dando cuenta que el libro no me estaba llamando, no me podía concentrar, no me entusiasmaba, no me hacía cosquillas en la panza, no me decía “veniii, escribime”. No tenía ganas de escribirlo. Me sentía contradictoria, ¿para qué me había embarcado en esto? ¿No era que me gustaba escribir? ¿Qué tengo que hacer ahora: presionarme a terminarlo, escribir cosas que no siento, dejarlo ahí truncado?

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Ilustración de Nair Carolina

El día que agarré el capítulo de Bolivia, leí y sentí que algo así como “fui allá, el lugar es así, acá hacen esto, llegué así, lo recorrí asá, la gente es tal y cual, bla bla bla”. Sentía que estaba describiendo paisajes y que no había un componente humano, que eran vacíos. Y cuando las cosas no me salen, no me salen, y me vuelvo experta en procrastinar.

Pasaron los días, y ni mi libro ni mi blog avanzaba: quería escribir sobre cuando fui al Cotopaxi con una familia de Guayaquil que nos adoptó como hijos a mí y a mi hermano, de este mes en Quito escribiendo, de cómo me decepcionó Mindo pero si me gustó la hacienda donde dormí, de cuando estuve en Mompiche con el pie como una empanada chilena porque me lo doblé y se me hinchó, de de de…. Quería escribir sobre el viaje, pero no quería hacerlo como cuando preparo las notas para el suple de turismo para el que escribo. Mi blog es mi blog y es casi como un diario para mí (bueno… nunca tanto).

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El viernes pasado Maricel me preguntó cómo andaba con el libro. Para qué. Se debe haber arrepentido, le largué una chorrera de cosas (¡gracias por escucharme leerme!) (esto es lo que me encanta de estos grupos de escritura en los que estoy, ¡hay mucha gente afuera que me entiende!). Verbalizar los pensamientos y los sentimientos les hace tomar dimensión, los vuelve reales. Le dije que estaba teniendo una crisis de escritura, que no quería que el libro sólo cuente el viaje físico, que me estaba dando cuenta que quería contar historias y viajes, pero MI viaje, el viaje interno que significo para mí todos esos viajes. Siempre traté de enfocar mi blog de esa forma, pero ahora lo sentía más fuerte.

Blogs de viajes hay a borbotones, yo quiero escribir sobre lo que siento, lo que imagino (hay viajes así también y me di cuenta que me encantan), lo que pienso, lo que sueño. Entendí que quería enfocar el libro como todo ese viaje interno que hice de animarme a viajar sola -> darme cuenta que así era como queria vivir -> las crisis existenciales que atravesé -> nuevos viajes -> darme cuenta que más un viaje físico todo es un viaje mental.

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A partir de ahora voy a imaginarme una nueva historia cada vez que tome té =)

Porque viajar es un estado mental, ¿o no? Yo por lo menos lo veo así. Para mí viajar es una forma de concebir lo que nos rodea, una manera de ver el mundo más que el hecho de moverse de un sitio a otro. Es una forma de encarar la vida: uno puede ir de ciudad en ciudad sin observar, sin conocer, sin aprender, sin cuestionarse, sin abrir nuestra mente, sin crecer. Viajar para después decir “yo estuve ahí” no creo que sea viajar. Cuando viví un año y medio en Chile, para mí eso fue un viaje en reposo, un viaje casi sin viajar: más allá de todos los lugares que conocí en Chile, lo que más me llevo es la cultura que conocí, los nuevos amigos,el haber aprendido a mirar las cosas de una nueva forma, a expresarme diferente.

A veces siento que está de moda escribir y viajar, que mucha gente cree que escribir es la solución para poder viajar y que todos los que viajan de repente se dan cuenta que también aman escribir y sacar fotos. No digo que no sea posible, ni que todos lo inventen, para nada, Menos que no sea el sueño de alguien, al contrario. Sólo que siento que se está casi que poniendo de moda. O por lo menos siento que yo caí en eso. Cuando hace dos años afirmé al cien por ciento que quería vivir así, dije: quiero escribir sobre viajes, es perfecto. Pero antes de empezar este viaje, cuando me ofrecieron publicar en el suplemento de turismo de un diario, me acuerdo que estaba feliz con la noticia, pero que una vocecita adentro me decía: “No es tu sueño, pero probá o te vas a quedar con la duda”.

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Este último tiempo, sobre todo este mes que me pasé escribiendo, empecé a entender algo. Con el viaje estoy entendiendo no qué quiero hacer en mi vida sino cómo quiero vivir mi vida. Me di cuenta que lo que yo amo es viajar, no escribir. Sé que quiero vivir viajando, pero no sé qué quiero hacer mientras tanto. Hoy escribo, y me gusta, pero mañana no sé, y por eso no me gustan las etiquetas. Por más que ahora es lo que me permita mantenerme y sustentar mi viaje, no me considero escritora. Siento que es ponerle un límite a lo que podría hacer, y yo quiero poder transformarme, deformarme, reinventarme y recrearme cuantas veces quiera, cuando lo sienta y cuando me haga falta. Cuando empiece el viaje en bici (¡cada vez falta menos!) voy a estar pintando murales con la gente local; también tengo muchas ganas de volver a trabajar en un proyecto social; en algún momento quisiera viajar con las telas o irme a algún país a hacer circo. Eso es lo que quiero: viajar y reinventarme.

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Si las mariposas pueden…

La frutilla del postre fue cuando el lunes hablé con mi mamá. Ya estábamos por cortar, y me comentó que mi abuela estaba preocupada por mí, por cómo vivo, por lo que hago… y alguien, capaz una voz profunda o un energía omnipresente o una presencia surreal, le dijo que estoy bien, que mi objetivo en la vida es aportar un granito de arena al mundo, ayudar al otro. Casi lloro. Ahí terminé de entenderlo, y me sentí aliviada. Hasta ese momento me sentía rara, como con un nudo en el estómago, un no sé qué que no terminaba de entender y me impedía disfrutar el viaje.

Así como las cosas se dieron para que escriba para el diario, para que surja lo del libro y para que salgan otras publicaciones y oportunidades, si yo quiero mañana dedicarme a otra cosa, las oportunidades se van a ir dando igual. Quien sabe si lo de los murales no me abre otras puertas. Las cosas se dan a su tiempo, si ahora escribo es por algo: tengo la creatividad a flor de piel como nunca antes, cada vez estoy más segura que cuando uno quiere algo el universo se alinea todito, me hace pensar y estar alerta a todo, gracias al blog he conocido mucha gente y me metí en grupos de escritura que están sacando lo mejor de todos los que participamos, empecé a pintar y dibujar de nuevo, estoy por terminar un libro que seis meses atrás ni me imaginé que escribiría.

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Confía en tu viaje: el se va encargar de mostrarte el camino.

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Uno atrae lo que desea (¡gracias universo!)

No tengo por qué presionarme por hacer todo a la vez, ni preocuparme si mañana no me llena más escribir. Si eso pasa, algo nuevo va a surgir. La vida es larga como para probar y reinventarnos. Mientras tanto, sigo viajando. Eso nunca va a dejar de hacerme feliz.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.