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LOS LOCOS DEL QUILOTOA

Yo y mis ideas. Cuando estaba en Ambato, unos días antes de que llegue mi hermano a visitarme durante quince días, leí que para ir al Quilotoa se podía hacer un circuito de algunos días, recorriendo pueblitos indígenas, visitando mercados, acampando en el camino, y culminando en el volcán. Yo y mis referencias. Como en internet no hay nada de información sobre el circuito -lo único que aparece son los tours de agencia-, me referí sólo por  un pdf de una Lonely Planet vieja que tengo por ahí.

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Llegamos a Latacunga desde Quito un miércoles ya de noche (gracias señor policía que nos levantó en medio de la ruta de noche) y caíamos a la casa de una chica de CouchSurfing que respondió mi llamado de último momento (aunque no nos diste bola en todos esos días, gracias igual por recibirnos). A la mañana siguiente salimos rumbo a Saquisilí, para llegar al mercado indígena, uno de más importantes del país, en el que cada jueves en la mañana se reúnen los vendedores y compradores de todos los pueblos a la redonda para comerciar. Aunque he entrado en decenas de mercados en todos estos meses del viaje y los amo a todos por igualsiempre encuentro algo nuevo que me llama la atención.

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Las mujeres sosteniendo gallos por las patas…

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Las señoras con sombreros verdes al estilo Peter Pan

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La comida en bolsas (en realidad, es algo que sigue sorprendiéndome)

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Y los vendedores de remedios todo poderosos son lo más gracioso.

Poco antes del mediodía partimos a Chugchulán. Quisimos hacer dedo, pero los pocos vehículos que pasaban ibas cargados a más no poder con gente, bolsas y fardos, así que nos subimos a uno de los buses. Si el camino antes me parecía hermoso, ahora me resultaba increíble. Al borde del camino había un valle profundo, del que luego volvían a emerger la montañas, los árboles, las casas y los campos. El bus partió con hombres y mujeres que retornaban a sus hogares, y sólo dos extranjeras más. En algún punto del camino se subieron algunos escolares, que nos miraban y se reían entre ellos. En Sigchos ayudé a una señora a cargar un balde lleno de chochos (una legumbre típica de Ecuador) hasta su puesto en la plaza, mientras la poca gente que había en la calle me saludaba en inglés.

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Con una llovizna fina llegamos a Chugchilán, para enterarnos que no habían buses a Quilotoa hasta el día siguiente a las cinco de la mañana. Según lo  que había leído, eran catorce kilómetros -y en el pueblo nos decían que eran sólo diez- que tendríamos que hacer caminando en una tarde.

Eran algo más de las dos cuando salimos, pensando que el “están locos” era debido a la rareza de ver a un extranjero caminando por esos pueblitos con mochilas y carpa a los hombros. El camino parecía fácil: era de tierra, plano por momentos, cuesta abajo en otros. Caminamos y caminamos, hasta que llegamos a una intersección: probamos cruzando el río pero el camino desaparecía, a la vuelta me doblé el tobillo y me daba miedo cruzar el río de nuevo; el otro camino legaba a una tranca que podía ser tan prometedora como dejarnos varados en medio del monte. Decidimos volver sobre nuestros pasos para encontrar alguien que nos diga por dónde teníamos que ir. Dos chicas nos re-ubicaron cual GPS: nos dijeron que el camino a Quilotoa era más arriba, “un desvío a la derecha del camino camino principal”, y antes de poder llegar hasta donde nos indicaron, cruzamos un maestro que volvía de dar clases y  después de saludarnos dos veces en inglés (gud abternun!) aunque le hablábamos en español, nos salvó de perdernos por el resto del día.

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Hasta acá estuvo todo bien…

El también iba a Quilotoa, pero el problema era que, a diferencia nuestra, no cargaba una mochila con comida y carpa, y estaba acostumbrado hacer ese camino casi a diario. El valle era tan profundo, que cuando el camino empezó a subir luego de cruzar el río, yo no podía evitar quedar rezagada. Pablito le seguía el ritmo, pero el cansancio en las piernas  (estoy total total totalmente fuera de estado), la falta de aire y el peso de la mochila no me dejaban alcanzarle el ritmo. Cada tanto frenaban a esperarme, y yo trataba de meterle segunda por lo menos a mi ritmo. El valle era tan profundo, que cuando era recto o para abajo lograba mantener una distancia coherente, pero las subidas eran tan empinadas que en dos metros quedaba más rezagada que una tortuga.

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Todo eso… lo cruzamos.

Diez minutos antes de terminar la subida empinada, el chico (que por suerte no era profesor de ciencias sociales, porque cuando le pregunté a qué altura estábamos me respondió “14ºC”) se disculpó y siguió solo: parecía que en cualquier momento se largaba a llover y necesitaba apurarse.

Jadeando y casi trepando la última parte, que era más una canaleta en la montaña que un sendero, llegamos arriba. Se veía todo: todo lo que habíamos bajado, todo lo que habíamos subido, todo lo que nos rodeaba. Aunque se suponía que nos faltaba sólo una hora, no queríamos seguir: cuando salimos de Chugchilán, nos habían dicho que eran tres horas y media hasta Quilota; pasado ese tiempo, nosotros no habíamos hecho ni la mitad del camino. Ya eran las cinco y media, el sol no iba a tardar mucho en desaparecer y el frío en hacerse presente, así que decidimos acampar entre unos pinos, y continuar al día siguiente.

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Y así se veía desde arriba en la mañana.

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A la mañana nos levantamos, y después de desayunar y descampar, seguimos caminando. Quince minutos después llegamos a San Pedro de Guayamá y, una vez fuera del pueblo y luego de estar a punto de tomar un camino equivocado nuevamente, volvimos a ver un cartel verde que indicaba “Quilota: 4,7 km” y una flecha hacia la derecha. Lo más irónico era que estos carteles estaban tan esparcidos, que apenas servían como indicación dejamos de preguntar si el camino estaba bien señalizado cuando nos dimos cuenta que había más de un camino posible, y que los lugareños  lo conocían tan de memoria, que no necesitaban cartel alguno.

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Si habíamos creído que hasta ese momento el camino había sido difícil, era porque no sabíamos lo que nos esperaba a continuación. Ahí entendimos por qué cada persona a la que le decíamos que íbamos a Quilotoa a pie, nos decía que estábamos locos: era todo el camino en subida. Estábamos a más de 3000 metros de altura, el camino de tierra por momentos se transformaba en arenisca, había partes malogradas por las lluvias, en otras al filo de la montaña. Y todo, todo, en subida.

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En algún momento (para ser sincera, en todo momento…) pensé que no llegaba. Quería tirar la mochila, dejar la mitad de las cosas, tirar la carpa (total tiene dos cierres rotos y dos varillas salidas, y para el viaje en bici voy a necesitar una mejor) hacer algo para seguir más liviana. El sendero angosto se transformó en un camino de vehículos, y empezamos a subir en zig zag por la montaña. Esa que antes veíamos a lo lejos, y que yo no quería creer que era hasta donde teníamos que llegar, era la que ahora estábamos trepando. Pasadas las doce, y después de tres horas caminando, estábamos en el cráter del Quilotoa. Cuando llegué, y vi la laguna turquesa al fondo del cráter, una caldera de tres kilómetros de diámetro, no pude más que llorar de felicidad. Lloraba por el esfuerzo, lloraba de la emoción, lloraba de felicidad por estar ahí. Lloraba por haber llegado.

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INFO PRÁCTICA
* El circuito y lo que hay en cada lugar  es así: Saquisilí (mercado los jueves hasta las 2pm aprox, transporte a Chugchilán sólo ese día), Sigchos, Chugchilán, Quilotoa (donde se encuentra el volcán), Zumbagua (mercado los sábados), Tigua (famoso por las pinturas andinas en piel de cordero), Pujilí (mercado dominical, fiestas de Corpus Christe y Todos los Santos). Son en total 188 kilómetros.
* La ciudad más cercana es Latacunga: está a una hora y media de Quilotoa y a veinte minutos de Saquisilí.
* Para moverse de pueblo en pueblo, tengan en cuenta que los caminos son despoblados, para hacer dedo van a tener que armarse de paciencia. Sino, los buses, aunque esporádicos, salen todos los días. Averiguen en el terminal de Latacunga.
* Si no tienen carpa, todos los pueblos tienen opciones de alojamiento.
* Aunque se puede hacer en ambos sentidos, empezando desde Saquisilí, vale la pena caminar porque la recompensa es el cráter, pero es extremadamente cansador. Es más recomendable hacerlo en sentido contrario, lo que permite llegar en pocas horas de Quilotoa a Chugchilán (y si no tienen carpa, dormir en los alojamientos de los pueblos).
* Para los que no quieran hacer el circuito, pueden ir a Quilotoa directo desde Latacunga. Una vez allí, pueden bajar al lago (media hora de bajada, una hora y media de subida) o hacer un trekking alrededor del cráter (seis horas aprox.). Lo recomendable es ir en la mañana, porque después del mediodía suele nublarse.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.