pareja caminando viaje en tren

VEO VEO #11: A SIBIU EN TREN

Viajar en tren es quizas la experiencia de viaje más completa
porque tiene todo el romanticismo, pero con los pies puestos en la tierra. 
No pasas la abstracción que implican los aviones de desaparecer en las alturas 
y volver a aparecer en otro lugar. 
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Sebastian Lelio
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Estación de Cluj Napoca, Rumania, una tarde de mediados de enero. Cluj fue el primer destino de las cuatro ciudades que visité en Rumania, un país que -a pesar del apurón con el que lo recorrí- me gustó, me sorprendió y me dejó con ganas de más. Esa tarde salí rumbo a Sibiu, una ciudad de la que me habían llegado buenos comentarios.

Me despedí de mi André, mi host en Cluj, y busqué dos asientos libres (esa manía que tenemos las personas de siempre sentarnos solos en el transporte público…). Puse la mochila grande arriba y la chiquita a mis pies. El tren salió puntual y empezó a andar, suave. Tenía algunas horas hasta Sibui, así que me puse los auriculares y me concentré en la música, mientras mi nariz iba pegada al vidrio mirando pasar las casas y los pinos nevados, una fusión entre azules y blancos y grises.

Se ve que me quedé dormida sin darme cuenta, porque me desperté sobresaltada, con la cabeza apoyada en el respaldo, mirando hacia la ventana, creyendo que no me había bajado en la estación correcta. Es que ya me había pasado en Hungría: una vez, yendo a un pueblito, el tren en el que iba se dividió en algún momento del viaje, y yo -sin saberlo- quedé en un vagón que iba para otro lado; otra vez me quedé dormida y me pasé de la estación donde quería bajarme, así que brinqué en el primer paisaje que me gustó.

Pero esta vez parecía que no. Había un chico sentado al lado mío (se ve que se acomodó mientras yo dormía) que me dijo que faltaban dos horas para Sibui. Estaba respondiendo a mi “¿dónde estamos?” en voz alta, una pregunta hecha retóricamente para mí misma más que esperando respuesta. Además, ¿quién me iba a responder ahí? Él, que por algún motivo sabía español. Antes de poder darle las gracias, me quedé observándolo: era morocho de piel trigueña, tenía barba y bigotes como tanto me gusta, y unos ojos miel traslúcidos que daba cosquilla mirar. Me sostenía la mirada mientras sonreía, como esperando una respuesta y que la charla continuara.

-¿A dónde vas? -me preguntó con un acento que no podía descifrar.
-A Sibiu, ¿vos?
-También. ¿Te gusta viajar en tren? -Su pregunta saltó todo el protocolo, todo el cuestionario previo casi inevitable que surge cuando conocés a alguien viajando. Me gustaba, me gustaba no tener que responder la preguntas de siempre.

Que si me gusta viajar en tren… me encanta. Viajar en tren me hace sentir atravesada por los lugares, incluso más que cuando voy en auto o en bus. Al no ver las vías, al no ver una ruta, al no ver un camino, siento que me escurro entre el paisaje, que cruzo el país por una vía alternativa donde todo ocurre a mis costados. Las ventanas son tan grandes que siento que casi puedo tocar lo que está afuera.

-Sí -le respondí, saliendo de mi ensimismamiento. Le conté que en Europa fue la primera vez que viajé en tren, le conté algunas anécdotas (como la vez que llegué a Berlín tan tarde que casi no logro llamar a mi amiga que me esperaba allá, la del brasilero que conocí rumbo a Budapest, mis idas y vueltas en Hungría, la exactitud de los trenes y mi impuntualidad en República Checa), le dije el viaje en tren es para mí un viaje en sí mismo.

Él me escuchaba sonriendo, atento. Me dijo que para él, más más que un viaje en sí mismo, viajar en tren es un mundo en sí mismo. Que es lo que queramos que sea según como queramos mirarlo: es romántico porque en la suavidad hay una profunda conexión, es una terapia para el alma el atravesar tantos pueblos y preguntarse cómo sería quedarse a vivir allí, es intuición porque uno puede decidir a último momento bajarse o no bajarse (algo que yo haría en el siguiente tren, cuando de repente decidí quedarme en Brasov), es un sueño porque uno se siente flotar entre el paisaje, es un juego porque uno trata de adivinar las historias del resto de los pasajeros.

Seguimos hablando, él me contaba de sus viajes de una forma filosófica, yo le contaba los mil viajes que soñaba; el me hablaba de la vida de forma poética, yo le contaba qué cosas me hacen feliz. Sus ojos brillaban cuando hablaba, se le formaban dos oyuelos en las mejillas cuando sonreía, apenas perceptibles por la barba, su voz se emocionaba y se hacía más poderosa cuando hablaba con firmeza, levantaba las cejas cuando enfatizaba una idea y nunca dejaba de usar las manos para reforzar lo que decía.

Un rato antes de llegar a Sibui, apoyé mi cabeza en su hombro, quería absorber ese viaje de otra forma. Olía rico, una mezcla de ropa recién lavada y perfume de hombre, esos de almizcle y especias; su suéter ocre era suave y cálido, y no tenía que hacer ningún esfuerzo para estar cómoda. Creo haber sentido su mano apoyarse sobre la mía, sus dedos correrme el flequillo, y sus labios apoyarse en mi frente, en un beso suave pero largo.

Me desperté sobresaltada, con la cabeza apoyada en el respaldo, mirando hacia la ventana, creyendo que no me había bajado en la estación correcta. Es que ya me había pasado en Hungría. Me quedé paralizada un momento, como cada vez que esa sensación de déjà vu me invade. Antes de preguntarme en voz alta dónde estaba, giré la cabeza hacia el costado: no había nadie al lado mío, el asiento estaba vacío y no parecía que alguien lo hubiera ocupado.

En ese momento, un chico me pide permiso para sentarse, y me quedé observándolo: era morocho de piel trigueña, tenía barba y bigotes como tanto me gusta, y unos ojos miel traslúcidos que daba cosquilla mirar. Me sostenía la mirada mientras sonreía, como esperando una respuesta y que la charla continuara.

-¿A dónde vas? -me preguntó con un acento que no podía descifrar.
-A Sibiu, ¿vos?

 

Este post forma parte del ¡Veo Veo!, un juego donde cada mes escribimos sobre un tema escogido previamente. ¿La idea? Volver a ser niños, jugar con las palabras, inventarnos historias, conocer otros lugares, encontrar nuestra voz. Si querés unirte, podés sumarte al grupo en Facebook.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.