collar verde y rojo saraguro

EN ALGÚN LUGAR, SARAGURO

“Para hallar el equilibrio que buscas 
debes tener los pies tan firmemente plantados en la tierra 
que parezca que tienes cuatro piernas en lugar de dos. 
De este modo podrás estar en el mundo. 
Pero debes dejar de mirar el mundo con la mente. 
Tienes que mirarlo con el corazón.”
*
Comer, rezar, amar.

 

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Levante la mano a quien no le pasó alguna vez: pensó demasiado en vez de hacer lo que los sentimientos le decían.

A veces, tanto usar el cerebro nos quita hacer las cosas realmente por amor. Hay que pensar menos y sentir más, dejarnos guiar por lo que sentimos, por la intuición y los pálpitos, que la cabeza sirve para otras cosas, no para tomar decisiones sobre nuestra felicidad. Al fin y al cabo, si son pálpitos, por algo son, ¿no?

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Tarde o temprano te vas a dar cuenta: si pensás demasiado, no te vas a sentir completo con las decisiones y cómo se desencadena todo. Muchas veces pensamos y pensamos sobre cuestiones en las que nuestro corazón ya decidió.

Eso es lo que está bueno de viajar con otros: que cuando empezás a pensar demasiado, es mejor dejarle la decisión a la -o las- otras personas.

Camino a Cuenca desde Loja, está Saraguro, y aunque nos lo habían recomendado, no sabíamos si quedarnos o seguir. El matrimonio que nos levantó en Loja iba hasta Ambato, así que que podíamos quedarnos en Saraguro o seguir hasta Cuenca sin más. Cuando nos levantaron no sabíamos qué hacer, y al momento que llegamos a Saraguro seguíamos con la misma duda. Como suelo ser demasiado indecisa –y son los peores momentos, porque empiezo a pensar más y sentir menos-, preferí dejarle la decisión a las chicas.

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Decisión final: nos quedamos. Bajamos las mochilas, el señor nos pasó su número para que cuando estemos en Ambato lo llamemos, le agradecimos, y ahí estábamos. Al costado de la ruta, en medio de la ciudad, sin saber dónde íbamos a dormir. Las chicas se quedaron con las mochilas y yo salí a ver qué encontraba.

Pregunté en la comisaria, me mandaron al “choclo” (qué será el choclo), encontré el choclo en cuestión (¡un monumento al choclo!), pregunté en el estadio si podíamos acampar ahí, me dijeron que sí. Cuando me estaba yendo, un chico se acercó y me dijo que no era muy seguro, que mejor él me llevaba a otro lado. En el camino quise buscar a las chicas, y ya no estaban en la vereda donde nos habíamos bajado. Ni ellas ni las mochilas. Hmm. Ninguna tiene celular de Ecuador. Hmm. Miro para un lado, miro para el otro. ¿Y estas a dónde se fueron? Porque quiero creer que se fueron a algún lado, que sólo fue eso.

Toqué la puerta en la casa que estaba ahí, justo donde nos habían bajado. Sísí, dejaron las mochilas acá, y dijeron que se iban al mercado.

Al chico lo perdí en el camino, y a las chicas las encontré a los cinco minutos. Unos segundos después, Joa saluda feliz a una mujer del lugar. Con Flor no entendíamos nada. Resulta que en Loja, en una feria saraguro, Joa había conocido a Marianita, y ahí estaban, se habían vuelto a encontrar. Qué pequeño es el mundo.

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Delizia, tejiendo.

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Feliz y sonriendo todo el tiempo, nos llevó a donde vendían esos collares que le miraba a cada mujer que pasaba. Tanto en la feria como cuando caminábamos por la ciudad, no podía dejar de mirar a la gente: las mujeres, desde las bebas hasta las ancianas, vestían anacos -un cubrepollera- y chales negros y usaban collares y aros de mostacillas. Los hombres, por su parte, tenían el pelo largo y se vestían con pantalones por debajo de la rodilla, sombreros y suéteres, también todo negro.

Los saraguro son una de las etnias mas puras de América, originarias del lago Titicaca, pero que fue obligada a desplazarse durante el avance del Imperio Inca, y cuya vestimenta negra se supone que se debe al luto permanente por la muerte de Atahualpa.

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Volvimos a la feria, compramos provisiones, probamos las tortillas y la neblina empezó a bajar. Eran apenas las seis, pero empezaba a estar frío, así que nos fuimos a nuestra “casa”. Ahh, ¿no les conté? Cuando golpeé en la casa buscando a las chicas, les pregunté a la señora si sabía dónde podíamos dormir, si tenía un lugar para poner la carpa. Mientras le explicaba, pasa un señor en camioneta por la esquina gritando “¡dales el cuarto de allá, dales el cuarto de allá!”, así que la hija me llevó a ver el lugar. Era una casa en construcción, donde sólo los baños, una pieza y la cocina estaba terminada. Abajo había un subsuelo sin baldozas, con las ventanas que daban a la calle (a la altura del piso) un poco rotas, una cama sin tirantes, monturas de caballo, una mesa y unas sillas de plástico, un colchón, unas cajas de cartón apiladas… y wifi. Esa noche parecíamos mendigas ocupando una casa en construcción. Nos faltaba la fogata, como aquella vez en Mendoza, y estábamos.

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Al día siguiente, después de ir a los Baños del Inca (un sendero en la montaña que lleva a cascadas y a una cueva donde todavía se practica el chamanismo) y almorzar una sopa de granos en el mercado (que, OBVIO, tenía plátano), nuestro objetivo era uno sólo: aprender a hacer los collares multicolores tan típicos del pueblo.

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Nos sentamos con Violeta y Maldiva, que estaban trabajando en sus puestos frente a la plaza, y pacientemente nos enseñaron. Joa tenía justo una aguja (no me pregunten por qué..) así que nos turnábamos un rato cada una y practicábamos. Enhebrar tres mostacillas, contar dos de la línea base, trabar entre dos mostacillas y cerrar sobre la última; volver a enhebrar tres mostacillas, contar dos de la línea base, trabar entre dos mostacillas y cerrar sobre la última; así una y otra vez. No era difícil, pero era mañoso. Nosotras avanzamos unos cuantos firuletes, y Violeta se reía porque ella ya tenía hileras completas. Y claro: Maldiva nos contó que aprenden a hacerlo desde tan pequeñas, que ni recuerdan cuántos años tenían. El dicho de “la práctica hace al maestro” no lo inventaron porque sí.

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Violeta trabajando

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…y Flor renegando

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Mostacilla va, hilo viene, charla va, sonrisa viene, yo pensaba: “y la gente me pregunta por qué viajo…” ¿No es obvio? Para todo esto viajo, para compartir con gente así, para aprender de otros y con otros, para tener una colección interminable de momentos en mi mente, para llegar a lugares auténticos, para valorar las diferencias, para no atarme todos los días  ni a un trabajo ni a un lugar, para no perder la capacidad de asombro ni de sorpresa, para cambiar puntos de vista, para crecer un poquito todos los días.

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En resumen…

Cuando, de nuevo, la neblina se apoderó de la ciudad (parece ser la ciudad de la neblina), decidimos irnos, prometiendo volver al día siguiente. Y así fue: a la mañana siguiente volvimos a sentarnos con Violeta para continuar el collar que habíamos empezado la tarde anterior.

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Mientras estábamos ahí, pasó un chico que la Flo había conocido el día antes, también argentino. En el intercambio de preguntas-respuestas típicas, le conté que estoy armando un proyecto para pintar murales durante el viaje (ya voy a contar más cuando esté listo,me tiene e-mo-cio-na-da) y ¡oh causalidad! él también hace murales, así que nos dijo que vayamos a almorzar con ellos para seguir hablando.

Me encanta cruzarme con gente que viaja distinto (o sea, distinto a uno): la chica española con la que estaba vivía en una comunidad saraguro trabajando con las mujeres en la producción y comercialización de hierbas medicinales. ¿Qué cómo llegó ahí se preguntan? Simple: tocando puertas, preguntando. Me hace acordar a cuándo me preguntan cómo es que conseguí escribir para un diario, cómo logré que una empresa me auspicie para viajar en bici. La respuesta es demasiado simple: mandando un mail, preguntando. Si queremos algo, ¿por qué no preguntar? ¿Acaso ofendemos al pedir algo que deseamos? Nadie nos va a retar por eso, y lo único que perdemos si no lo hacemos, es la posibilidad del sí.

believe-in-your-self

Cree en ti mismo: un buen punto de partida

whats-stopping-you

¿Qué te está deteniendo? Exacto, nada.

La española me seguía contando (les mentiría si les digo que me acuerdo su nombre) de su viaje-estadía (se va a quedar dos años en Saraguro) y sus respuestas a mis preguntas (la acribillé, pobre) me dejaron más preguntas que respuestas. ¿Qué lleva a una persona a viajar de tal o cual manera? ¿Por qué elegimos un lugar y no otro? ¿Por qué nos quedamos más o menos tiempo en un lugar? Es imposible entender un viaje sin conocer a la persona, sus gustos, sus intereses, sus miedos, sus tiempos, sus relaciones, sus experiencias pasadas… Podría ponerles un ejemplo para cada uno, pero creo que no hace falta.

creating-yourself

La vida no es acerca de encontrarse con uno mismo: la vida es acerca de crease a uno mismo.

Todos esos cruces del camino me hacen re-pensar mi viaje: tengo ganas de volver a dibujar y pintar (en mi pre-adolescencia vivía encerrada en mi tallercito pintando y con la rebeldía de la adolescencia lo dejé), quiero aprender sobre permacultura (una de mis objetivos cuando empecé el viaje), necesito volver a viajar lento (que es BASTANTE lento), quiero retomar el trabajo con la gente de los lugares por los que paso. Viajar sola otra vez. Eso es lo que me está faltando. Amo que vengan a visitarme, me encanta estar acompañada, pero por momentos, después de tantos meses de visitas (¡desde octubre!) necesito volver a mi ritmo. Capaz al principio lo sufra (seguro), pero por ahora siento que me lo debo.

Después del almuerzo volvimos con las mujeres, para seguir cosiendo collares un rato más y aprender otro punto. No queríamos irnos, pero eran los últimos días de Flor y la idea era llegar a Cuenca, así que allí íbamos. Mientras las saludábamos, Violeta nos preguntaba cuándo íbamos a volver, por qué ya nos íbamos. Ahhhh, quisiera quedarme un rato largo en tantos lados, volver a tantos otros…

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Buscamos las mochilas y nos pusimos en el mismo lugar donde tres días atrás nos habíamos bajado. Apoyé mi mochila en el suelo y frenó una camioneta. Mientras nos presentábamos y terminábamos de cruzar el pueblo, lo único que pensaba fue qué bueno fue no haberle hecho caso a mi cabeza. El corazón (aunque sea ajeno) siempre sabe qué tiene que hacer.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.