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EL VALLE DE LA CAUSALIDAD

“Al final, siempre aprendes lo que ya sabías.”

El otro día leí que Aristóteles decía que no hay recuerdos sin emoción, que recordamos lo que vemos, pero sobre todo lo que sentimos. Si pienso en mis viajes, me pasa exactamente eso: me acuerdo más de un lugar por lo que sentí que por lo que vi, porque si vi y me dio lo mismo, poco lugar ocupa en mi corazón. Me doy cuenta cuando hablo de Bolivia o de Perú, por ejemplo, casi siempre me olvido que estuve en Uyuni y en Machu Picchu. Me di cuenta que el combo emoción-y-asombro-asegurado+turistas-por-todos-lados no funciona para mí, y me produce todo lo contrario: hace que me de lo mismo.

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Pero lugares como Maragua, las misiones jesuitasCusco o los días en la hacienda, tienen un lugar irrevocable en mis recuerdos sobre todo porque las personas con las que compartí (y todo lo que eso significa), porque me sorprendieron (no me esperaba nada), me hicieron escribir (mucho) y me hicieron pensar (mucho más). Si no, ¿por qué decimos que algo “tiene un lugar en nuestro corazón”? Justamente por eso, porque lo que recordamos está ligado a lo que sentimos, no a lo que pensamos sobre eso. 

En Vilcabamaba me volvió a pasar lo mismo. Podría darles varios “datos útiles”: que la gente vive 120 años allá, que por eso es conocida como el Valle de la Longevidad, que (por eso también) se llenó de extranjeros, que la temperatura es una eterna primavera todo el año, que hay muchos centros de permacultura y yoga y arte y comida vegetariana, que es un buen lugar para hacer trekking, que Vilcabamba significa “valle sagrado” en quechua, que es ideal para desconectarse unos días, etcétera, etcétera.

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Pero ¿quieren que les diga la verdad? Todo eso es lo último que me importó del lugar y lo último que recuerdo (ok, hago excepción con el buen clima), porque en los cuatro días en Vilcabamba lo único que hice fue levantarme cada día cuando el sol calentaba la carpa, comer rico en buena compañía, hablar mucho mucho mucho, reecontrarme (conmigo y con otras personas) y reír.

Todos los días en Vilcabamba calaron hondo en mis sentimientos. Cómo elegimos el lugar donde nos quedamos fue de por sí una mezcla de sorpresa y alegría. Resulta que íbamos a salir en la mañana, pero yo como estaba trabajando en mis notas para mandarlas antes de irnos, nos demoramos. Terminamos saliendo a las dos de la tarde y, previa parada en Malacato para tomar los “helados de Malacato” (riquísimos, receta secreta), llegamos a Vilcabamba. Buscando donde dormir, preguntamos en un par de hostels y cuando creíamos que habíamos encontrado donde poner la carpa, Marcelo (ah, no lo presenté, Marcelo es el hermano de Guillermo, el chico que nos hospedaba en Loja, quien nos llevó a Vilcabamba) nos llevó a Rumi Wilco, una reserva con cabañas que Guilermo ya nos había recomendado. Nosotras nos imaginábamos que iba a ser un poco caro, pero fuimos a ver.

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Cuando entrábamos al lugar, me quedé callada: estaba alejado del pueblo, había que recorrer un camino rodeado de árboles y plantas para llegar… a la recepción. Y esperen: de ahí hasta el camping, eran 400 metros más que había que caminar entre el verde. Mientras caminábamos, con Flor sólo nos miramos sonriendo, suficiente para darnos a entender: nos quedamos acá. Lo más gracioso, y lo que dio el cierre a la decisión (por si no estaba claro), fue llegar a la cocina: cuando me asomé, estaban Laly y Lau, una pareja de Rafaela, nuestra ciudad, conocida nuestra, y con la que estábamos hablando para encontrar. Cuando no lo planeamos, se dio. Los días siguientes, volví a pensar mucho en la teoría de los tres tipos de personas. Hace mucho tiempo leí que existe tres tipos de personas en este mundo: las de un momento, las de una época, y las de toda la vida. 

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Todos en esta vida nos entrecruzamos…

Las personas de un momento son aquellas que cruzamos por un breve tiempo, ya sea un instante o apenas unos días. Son esos que aparecen en la calle con un gesto solidario, es esa anciana que se nos sienta al lado en un banco en la plaza y en veinte minutos nos llena de enseñanzas, ese señor con el que compartimos una breve charla en el bus y cuando nos saluda nos larga una frase reveladora, es ese nene que aparece en nuestro día más triste o furioso y con su inocencia nos aliviana el alma. Son todas esas personas que aparecen por una razón, para ayudarnos en algo que necesitábamos, para darnos apoyo, para guiarnos o abrirnos los ojos, y que luego tienen que seguir camino.

Las personas de una época, básicamente, son aquellas que entran en nuestra vida para compartir, crecer y aprender con nosotros durante un cierto período de tiempo: un viaje, la universidad, nuestro intercambio en otro país, unos meses, algunos años. Son esas personas con las que, en poco tiempo, sentimos una conexión increíble, una compatibilidad asombrosa, que nos enseñan, nos hacer crecer, nos  ayudan con algún problema que tenemos en ese momento… Y luego, de repente, desaparecen. Se van de viaje por mucho tiempo, toman rumbos de vida distintos, fallecen o, simplemente, tenemos que alejarnos de ellas.

El tercer tipo, las de toda una vida, son justamente eso. Son las personas que están a nuestro lado toda nuestra existencia, esas personas que nos ven crecer y nos acompañan en todo nuestro proceso, son en general nuestros abuelos, papás, familiares, grandes amigos, la pareja… Son esos sostenes irreemplazables, esas personas a las que podemos acudir en cualquier momento, quienes nos escuchan, nos entienden y nos acompañan en todo momento.

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…y con todos podemos sentarnos a tomar un taza de té.

Siempre el que más me gustó y me llamó la atención es el grupo de las personas de un momento: aparecen de la nada como un pajarito que se te posa en el hombro para decirte eso que tanto necesitabas escuchar (no que no sabías, sólo que necesitabas escucharlo), o como un empujón de energía y alegría que te recarga, o como un baldazo de despabilamiento que te hace reaccionar. Lo importante es que llegan por una razón, por algo que necesitábamos en ese momento.

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Todos, al fin y al cabo, nos cruzamos en el camino.

Facundo fue una de esas personas, un rosarino que hacía quince días estaba ahí, y me sorprendía todos y cada uno de los días. El segundo día,  cuando terminamos de almorzar con Laly y Lau, Facundo se acerca a darnos “unos turrones de maní con panela como bienvenida”. Nos miramos y sonreímos: qué lindo cruzarse gente así de linda. 

La mañana siguiente cuando me levanté sólo estaba Facundo despierto. Cuando vuelvo del baño, tenía su mano extendida ofreciéndome un  licuado. Y nos quedamos hablando: sobre los cambios, sobre la espontaneidad, sobre el yoga, sobre dejarse fluir, sobre educación… sobre la vida en general. Me tiró frases como “somos humanos porque tenemos manos” y “la educación crea de-mentes” . Mientras hablábamos, trajo granola y me ofrecía a cada rato. La noche anterior había llegado otra pareja de argentinos (copamos el lugar) y él no tardó en ofrecerles comida: él ni siquiera estaba comiendo, pero les ofreció todo lo que tenía. ¿No sería lindo que todos fueron un poco más desinteresados y generosos, más altruistas, que diéramos sin pensar?

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En la reserva, hacen cosas así.

Ese día quisimos ir al cerro con cara de indio, así que armamos una mochila con agua y bananas, y en el camino Facundo paraba en los almacenes. ¿Señora, no tiene unas bananas para darme? preguntaba, y las mujeres le regalaban algunas. Con Flor no lo podíamos creer, y él enseguida nos explicó: “La gente está acostumbrada a que todo es por plata, pero ¿por qué no preguntar antes?” .

Al día siguiente, nuestro último día, nos pusimos a jugar a las cartas, y Facundo puso reglas de conversación:“si no me interesa lo que estás contando, puedo decirlo”“no vale hablar de experiencias de otras personas” (díganme si no es un loco lindo este chico) y hablamos de temas como experiencias decisivas en nuestras vidas, del amor y encontrar alguien con quien compartir (y no alguien que nos complemente), de los viajes, de los papás y cómo nos influyen, de querer (“aceptar al otro en su absurdo”, en todo aquello que es ilógico para nosotros) y dejarse querer, de las demostraciones de cariño (a veces cuestan más de lo que lo aceptamos). Temas que a Flor, a Facundo y a mí nos dejaron pensando, a cada cual por un motivo diferente, sobre un tema diferente, y con un por qué diferente.

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Hay que abrir puertas, no cerrarlas.

Cuando nos estábamos pasando los correos para seguir en contacto, quedé perpleja: Facundo estaba escribiendo con las dos manos, una letras con cada mano, intercalando. Una mañana lo había visto acostado en el pasto como cuando uno se tira en la nieve a hacer un angelito, otro día lo escuché cantar solo mientras estaba sentado desayunando. ¿No tendríamos todos que ser un poco más así, más libres, más sueltos, más nosotros mismos, más nenes, más desprejuiciados, sin que nos importe qué opina el resto?

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Vivir al natural.

En un momento nos cruzamos en la cocina y me dice, sin tapujos: “¿Sabés que? No me caías bien al principio, no sé qué  era, pero yo me daba cuenta que era algo mío, que tenía que trabajarlo. Después empezamos a hablar, y ahora me llevo algo, no de vos sino de mí, por haber superado esa barrera.” ¿Qué persona puede ser tan frontal y sincera para decirte algo así pero no resultar agresiva en absoluto?

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En Vilcabamba también volví a sentirme un poco argentina, volví a comer galletitas con dulce de leche, tomar tereré, comer pizzas caseras, volví a perder la noción del tiempo (¿es posible que se nos pase tan rápido el tiempo una y otra vez?), y volví a pensar en las casualidades causalidades: si ese día, el que llegamos a Vilcabamba, yo hubiese terminado las notas antes o si hubiésemos salido más temprano, o el recorrido buscando dónde parar hubiese sido diferente, si el chico de CouchSurfing al que le escribí pidiendo couch me hubiese respondido a tiempo (o cualquier otro “si hubiese”), no habría pasado nada de todo lo que pasó.

Por eso las cosas pasan por algo, por eso las casualidades no existen, por eso las personas llegan a nuestra vida por una razón, por eso estamos donde tenemos que estar en cada momento. Por eso para mí Vilcabamba no fue el Valle de Longevidad: fue el valle de la Causalidad.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.