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PUERTA DE BIENVENIDA

Llegar a un país de noche, no saber exactamente cómo será viajar a dedo por estas tierras (aunque muchos me dijeron que es fácil, hasta no tener la propia experiencia siempre es una incógnita), cuáles son las distancias, cómo será la gente, y una serie más de cómo-quién-qué-dónde-cuál te deja en una posición un poco… ¿vulnerable? En una incógnita permanente digamos.

Eran las  ocho de la noche, estábamos en una rotonda donde nadie nos sabía decir con precisión si pasaban o no buses hacia Loja (“a las 7:30 pasa el bus”; “no, por acá no, se tienen que ir a Santa Rosa y desde ahí toman un bus”; “pero tendrían que haber ido al terminal de Machala, acá no consiguen nada”; “chicas, yo me voy a Loja, en media hora pasa el bus, es uno rojo”) hasta que llegó el bus rojo que por 6 USD nos dejó, seis horas después, en Loja.

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Salimos de Máncora en la mañana a dedo hasta Tumbes, y como otros viajeros me habían comentado que cruzar esa frontera a dedo era peligrosa, decidimos romper la regla y tomar un bus. Llegamos a Tumbes cuarenta minutos antes de que salga el bus de la tarde, cruzamos la frontera (¡bienvenida, que tengas un buen viaje!) y llegamos a Loja a las dos de la mañana, entre cinco y siete horas después de lo pensado, dudosas de si estaba bien, a esa hora, llegar a la casa de Guillermo, nuestro host de CouchSurfing. Confiamos en que todo iba a salir bien, lo llamamos y en diez minutos estábamos en la puerta de su casa.

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Guillermo vive en un tercer piso, y apenas crucé la puerta me sentí como en casa. Por un lado, porque me hace acordar a mi casa, y por otro (el más importante) por lo que me transmitía, lo que me generaba, lo que sentía estando ahí.  El departamento-casa me transmitía ese calor de hogar, esa comodidad de estar en mi lugar, una cocina con aire de familia, un living que decía “siéntense a hablar acá”, la familiaridad (aunque sea mi primera vez en el lugar) de lo que me rodeaba.

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A la mañana siguiente, domingo, nos despertamos tarde, después de reponer horas de sueño. Me asomé a la cocina y no podía creerlo: Guillermo estaba calentando té en una jarrita, cocinando mote pillo -un revuelto hecho con maíz blanco, huevo, cebolla y morrón- y preparando jugo de tomate de árbol. Mientras desayunábamos, casi al mediodía, nos propuso ir a Zamora para visitar la feria dominical e ir al Podocarpus.

Dejamos el auto y caminamos hasta la entrada del Parque, donde nos registramos. Todos los Parque Nacionales en Ecuador son gratuitos, ¿no es genial? ¿No es genial que cualquier persona pueda ir y no tenga que pagar 10 USD (como era antes) para poder disfrutar de la naturaleza? Me parece básico que para que la gente cuide lo que tenga lo conozca, que todos puedan pasar una tarde en el río o en las cascadas o caminando si más.

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Después de pasar la zona de camping (pero qué lindo acampar en un lugar así), seguimos caminando entre árboles altos y orquídeas, (este país no puede ser más verde, lugar donde miro, lugar donde hay plantas, y gigantes algunas), hasta una de las cascadas, y el calor que habíamos agarrado se fue al instante que el rocío del agua nos llegaba. Nos quedamos en bikini pero no atinamos a meternos más allá de las pantorrillas (como para la foto, vio, además estaba nublado), y cuando salimos, Guillermo nos regaló un Manicho a cada una (¿no es un genio?), el chocolate de su infancia. Chocolate con leche y maní, buenísimo (con un chocolate así de rico, también hubiese sido el de mi infancia). Yo me acordaba de los alfajores Jorgito y los B/N con maní arriba, que creo perdí la cuenta hace cuánto no los como.

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De ahí nos fuimos al río, con piedras con musgo, mariposas aleteando, el río que corría rápido abajo y lianas en la otra orilla. Daban ganas de ser Tarzán por un rato. Nos sentamos, cada uno mirando algún lado del río, en silencio. Simplemente contemplando.

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A la vuelta paramos en el mercado de Zamora, mi primera vez en un mercado ecuatoriano. Tengo debilidad por los mercados, qué se le va a hacer. Entre pasillo y pasillo, entre puesto y puesto, no podía levantar la cara y mirar a las vendedoras: había cosas que nunca había visto antes, algunas las confundí, y otras eran versiones distintas. La pitajaya, la papaya de Jamaica, el babaco, el zapote, la flor de Jamaica y la zanahoria blanca se agregaron a mi lista de pendientes.

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Plátanos asados con queso… mmm

Al día siguiente salimos a caminar por Loja, y por algunos momentos me descolocaba saber que estaba en Sudamérica, ya que mi alrededor no coincidía en algunas cosas: libras como unidad de peso, dólar como moneda, invierno en el Hemisferio Sur en febrero y usando mangas cortas; lluvia a la mañana, sol al mediodía, fresco a la tarde.

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Aunque es tranquila, eso es lo que más me gustó de la ciudad: no llega a los 200 000 habitantes, las calles no son un caos de vehículos, la gente nos sonreía cuando nos acercábamos a preguntar algo, desde las ventanas de la casa y desde las calles se ven montañas y colinas y los molinos de viento.

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Bolones de verde y tortillas de papa. La señora del puesto nos contó los detalles de lo que hacía con una sonrisa en la cara.

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Y la casa. Llegamos una tarde ya cansadas de caminar tanto, con ganas de tirarnos en los sillones, y lo primero que pensé -capaz en voz alta- fue “hogar dulce hogar”. Me sentía como en casa: desayunaba mirando por la ventana (en mi casa, la mesa de la cocina está frente a una ventana grande al patio), veía mi ropa y otras pocas cosas que llevo desparramadas en la pieza, varias veces me atravesaba esa contradicción entre querer quedarme y querer irme, y otras tantas no sentía la necesidad de salir a recorrer.

Eso me pasa cuando estoy en casa. Me siento cómoda, en confianza, con cierta familiaridad hacia el lugar. Al fin y al cabo, mi casa es más mi lugar predilecto de visitas que mi casa, y lo bueno de eso es saber y sentir y darme cuenta que me puedo sentir a gusto en más de un lugar.

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Muchas veces me preguntan dónde vivo, y mi única respuesta posible, la única que se me ocurre, es acá, ahora acáSi vivo viajando, mi casa es el lugar donde estoy en ese momento y, a la vez, aprendí que no necesito mucho tiempo para sentirme a gusto en cada lugar, para sentirme parte.

Y esa sensación con la ciudad, se trasladó a la percepción general: desde que llegué tengo el presentimiento de que Ecuador me va a gustar, y mucho. Y si mi tiempo acá es igual a la bienvenida, seguro que se transforma en realidad.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.