barcos pesqueros en los organos

COSMOVISIÓN MÁNCORA

Tenía dos versiones de Máncora: los que me decían que era un lugar hermoso, y los que me decían que no les había gustado. Sabía que era un lugar de playa con hermosos atardeceres, con buenas olas para hacer surf, con muchos mochileros vendiendo artesanías y comida, y donde cada noche era posible ir de fiesta a la playa. Lo que no esperábamos, era que cualquiera de las playas al sur o al norte de este pequeño pueblo, sea mucho más -subjetivamente- que la misma Máncora.

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Llegamos a Máncora al mediodía, en el trayecto más corto pero que más cambios de vehículo hicimos: dos camionetas y un camión para un tramo de 182  km. Oscar, el chico de CouchSurfing que nos hospedó en Piura,  nos llevó tipo 7am a un grifo -como le dicen a las estaciones de servicio en Perú-, y después de unos 20 minutos, nos levantó un señor que iba a trabajar a su finca -y casi nos vamos con él a buscar mangos y uvas-. Nos dejó en una rotonda, así que después de hacer dedo sin éxito-caminar-caminar-caminar (con Joa dolorida)-que nos manden a la entrada de un túnel a hacer dedo (¿a quién se le ocurre?)-tomar un taxi para pasar el túnel y que nos deje en un lugar más idóneo para hacer dedo-esperar una hora, finalmente nos levantó otro señor en camioneta que nos dejó pasando un peaje. De nuevo, parecía que nadie pasaba. Puros buses, o camiones sin espacio (siendo tres ya fichamos que los camiones tienen que ser bien grandes para que tengan espacio para tres chicas+tres mochilotas+3 mochilas de mano). Después de un rato viendo el viento pasar, paró un camión enorme que dejó una señora, y ahí enganchamos: ya estábamos en marcha a nuestro destino final.

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Juan (o José, da lo mismo, todos los camioneros se llaman Juan o José, no es chiste, y esta vez me olvidé todos los nombres) nos dejó en Máncora, un poquito más allá de donde termina la parte turística del pueblo, esas cuatro cuadras llenas de hostels y restaurantes y puestos de artesanías y chicos vendiendo en la calle. Ya era mediodía, y bajamos muertas de calor y hambre a buscar donde parar.

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Todas las request de CouchSurfing que habíamos mandado estaban sin respuesta, pero teníamos un número de teléfono. Probamos suerte, y el chico fue a nuestro encuentro. El único problema fue que, cuando llegamos al lugar, era un poco… ¿cómo decirlo? Era un colchón detrás de un local de artesanías. No-puerta (lo cual quiere decir no-seguridad), no-baño (ni ducha ni inodoro), no-cocina. Viajamos barato, no nos importa la comodidad, no buscamos lujo, pero eso ya era demasiado. Ni siquiera teníamos un lugar donde hacer pichi o donde dejar nuestras cosas e irnos a la playa sin preocupaciones. Le agradecimos la disponibilidad, y nos fuimos a buscar otro lugar.

Preguntamos en algunos hostels, pero ninguno bajaba de los S/25 (7 USD), así que les preguntamos a unos chicos que hacían artesanías (son los que tienen la posta, ¿no?). Nos mandaron a uno, y regateando, lo conseguimos en S/12,5. La verdad la verdad, no era ni agradable, parecía más un motel de mala muerte de esos que se ven en las películas de Hollywood que están en medio de la ruta, con sábanas de dudosa limpieza y cortinas en hilachas, pero era lo que había, así que dejamos nuestras cosas (hasta dudábamos de cuán segura era la puerta) y nos fuimos a comer algo y derecho a la playa.

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Alguna playa por ahí… Pocitos tal vez.

Y la playa: ni siquiera nos pareció la gran cosa. Mucha gente, mucha basura. No no y no. Quiero paz, tranquilidad, disfrutar un atardecer en silencio. Eso sí me gusta.

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Esa noche, a la vuelta de la playa, encontramos de casualidad otro hostal. Vicky, una uruguaya que hacía un mes estaba ahí, nos mostró el lugar: parecía una casa de familia hecho hostal. Hasta nos dijo que si hablábamos con el dueño, podíamos ser voluntarias, que era muy piola y seguro no iba a tener problema. Ni lo dudamos: buscamos nuestras cosas en el otro hostel, nos disculpamos y chau chau.

Cada noche, cuando salíamos a caminar para buscar algo de comer, un chocolate o simplemente dar una vuelta antes de irnos a dormir, conocíamos alguien: una pareja de chicas argentinas que hacía dos años estaban viajando y nos dieron todas las recomendaciones de lugares en Ecuador, con quienes nos sentamos varias noches a hablar y con quienes Flor volvió a tomar mate (lo bueno de que no me guste el mate, es que no lo extraño) mientras ellas vendían collares de una comunidad indígena de Ecuador. Un chico de San Javier (un pueblito cerca de mi ciudad, vaya coincidencia) y una chica de Lima que viajaban vendiendo PutreFashion, su marca de ropa bien moderna y accesorios en cerámica fría que ellos mismos diseñaban, llenos de colores. Un cordobés que vendía el collar más hermoso en piedra y macramé que vi, que hacía como unos seis meses que estaba en Máncora. Y así.

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Y cada día, nos fuimos a recorrer una playa diferente: a Los Órganos fuimos sólo Flor y yo porque Joa estaba dolorida de la espalda. Los Órganos es una playa súper familiar, llena de casas, cabañas y apartamentos a la orilla del mar, con palmeras y una vista única.

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El señor de la sombrilla donde dejamos nuestros bolsos a la sombra nos comentó que se podía llegar en dos horas caminando a Máncora, así que a las cinco empezamos a caminar. Una hora y media después, empezamos a preguntar cuánto faltaba, y cada persona con la que hablábamos nos decía que nos quedaban dos horas todavía. ¿Dos horas? ¿Pero cómo? Nos habían dicho otra cosa… Ya se había ido el sol, así que decidimos salir a la ruta. El problema fue que ahí no estaba la Panamerica, sino que estábamos detrás, a veinte minutos en auto para cualquier lado. ¿Y ahora? Estábamos muertas de hambre, era casi de noche, y no sabíamos dónde estábamos. Subimos por un camino que -erróneamente- creíamos que salía a la ruta. Había una sola casa, circular, con ventales a la playa, y un hombre adentro trabajando. Le hicimos señas para que saliera y le preguntamos: no chicas, están re lejos, es ese camino de allá abajo, toménse un moto-taxi que las deje en Máncora. Se ve que nuestra cara de esto-no-puede-ser fue muy evidente, porque enseguida nos ofreció la plata para el moto-taxi. No le aceptamos, pero le pedimos si podía darnos una fruta para recuperar energías y seguir. No sólo nos dio una, sino que nos invitó a pasar, puso tres platos de frutas, nos dio galletitas, cargamos agua y nos deseó suerte. Cuando bajamos, justo salía una pareja que se iba a Máncora a cenar. ¿Nos llevan? Hablamos todo el camino, y en menos de treinta minutos, ya estábamos en nuestro hostel.

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Al día siguiente fuimos a Cabo Blanco con fuimos Nico, un limeño que conocimos en Huanchaco, y Vicki, la uruguaya del hostel. En el bus conocimos a tres chilenas que iban allá también, así que caíamos todos a la playa famosa por Ernest Hemingway, que en 1956 llegó para filmar su libro “El viejo y el mar”. Estuvo más de un mes en el Fishing Club, y cada día fue a pescar, debido a la fama del lugar: aunque actualmente el pueblo perdió brillo, en algún momento incluso entró en el Libro Guiness de los Récords: en sus aguas se pescó el merlín negro más grande, de 780 kilos y más de cuatro metros de largo.

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Al sur de Máncora, fuimos a El Ñuro, conocido por las tortugas verdes, una tortuga marina que se encuentra en los mares tropicales en todo el mundo. Aunque se puede pagar para entrar al muelle y verlas desde arriba, o luego tirarse, nosotras elegimos nadar desde la playa. ¿Cuál era la dierencia? Nos habíamos llevado antiparras incluso, así que empezamos a nadar en contra de las olas, tratando de evitar tragar agua. Llegamos luego de unos minutos al lugar donde todos los turistas miran en busca de las tortugas. Los tapones para los oídos no me dejaban escuchar lo que me decían desde el muelle, y después de casi media hora sumergiendo la cabeza en busca de alguna señal, volvimos a la orilla. “¿Las viste?”, me preguntaban entusiasmados. ¡No, no había nada! Ahí entendí: me habían estado gritando y señalando que las tortugas estaban nadando al lado mío, y yo no escuchaba nada. No lo dudamos, y con Flor volvemos a entrar. Una vez llegamos al muelle, pasé por debajo para ir del otro lado, donde se suponía había más tortugas. Vi peces escurriéndose en sentido contrario al mío, unos pelicanos esperando por pescados, y por fin: una tortuga asomándose, muy cerca mío. Sin embargo, cuando me sumergí, no se veía nada. El agua era demasiado turbia como para ver más allá de un metro, así que decidí subir al muelle por las escaleras y verlas bien. Ahí sí, desde la altura, aparecieron dos tortugas, grandes, flotando por unos segundos cerca de la superficie.

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Flor y yo en la caza visual de tortugas.

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Las tortugas que no lográbamos ver desde el agua.

El último día lo habíamos adejado reservado para ir a Punta Sal. La razón: Kelly, la mujer que nos levantó  a la salida de Huanchaco cuando íbamos a Piura, estaba ahí por un congreso, y ese era su día libre. Esta vez fuimos a dedo (a diferencia de las otras playas, quedaba más lejos pero era más fácil llegar): camión hasta el cruce, y van del DeCameron (un all-inclusive en el que justamente estaba alojada Kelly) hasta el pueblito. Punta Sal fue la playa más clara y larga, la que más nos gustó. Pasamos un día entero con los pies en la arena blanca, charlando, metidas en el mar, con Kelly que nos traía tragos y comida del hotel (y nos ligamos un reto por eso y por estar en la reposeras del hotel), y disfrutando una vez un atardecer rosado.

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Atardecer en Punta Sal.

En la cosmovisión andina -muy característica del Perú- hay tres mundos en constante movimiento: el de arriba, donde están los dioses y los espíritus; el terrenal, el presente y aquí donde vivimos; y el mundo de abajo, donde están los muertos.

Apenas llegamos a Máncora, pensábamos que nos quedábamos sólo dos días, pero los planes cambiaron: así como en la cosmovisión andina, en Máncora encontramos mundos paralelos, otros lugares donde las gaviotas vuelan con más espacio, las olas llegan más claras y los atardeceres son rosados por igual.

Gracias Sato por hospedarnos =) Si van a Máncora, les híper recomiendo que se queden en Taroland Hostel.  Está a la entrada del pueblo (viniendo desde el sur de Perú), después del puente, sobre mano izquierda, pintado en blanco. La noche sale 15 soles en el dorm, tienen una cocina súper completa, y están cerca de todo. Sato vivió diez años en Indonesia, es un capo del surf, fotógrafo y está poniendo a punto el lugar. Es limpio, tranquilo, y con gente buena onda. Como sentirse en casa.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.