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CRUCES DEL CAMINO

[Me puse a buscar las fotos para el post  y me di cuenta que, para mi sorpresa, las personas que crucé en el viaje y que lo hicieron lo que es, son varias más de las que mencioné en el post =) #feliz]

Desde que empecé a viajar, hace ya algunos años, hay algo que me quedó grabado muy fuerte: las personas son lo mejor que nos pasa en el camino. Y Perú, en este viaje, volvió a demostrármelo una y otra vez.

Cusco y el Valle Sagrado fueron los primeros lugares donde, día tras días, me iba a dormir con ese pensamiento en la cabeza, sobretodo porque me lo enseñó desde dos puntos diferentes. Conocí personas que, desde la enseñanza, la risa, los intereses comunes y una gran empatía, me hicieron crecer y disfrutar de la experiencia, y me crucé con otras personas –contadas con los dedos de la mano- con las que no congenié y hasta tuve roces, pero que igual me dejaron un aprendizaje al permitirme conocerme más a mí misma y qué quiero de las personas con las que me relaciono, cómo yo quiero ser y qué espero de la vida en general.

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Una noche en el Cristo Blanco, viendo todo Cusco, cuando con mi host todavìa parecía que estaba todo bien. Con Mariona, la chica española que aparece en la foto, todavía sigo en contacto.

En Cusco tuve la única experiencia de CouchSurfing en la que hasta ahora he dejado una referencia negativa: aunque la semana que estuve en la casa (donde vivían tres chicos de Arequipa, y una chica de Dinamarca) estuvo todo más que bien (incluso salíamos a comer, recorrimos algún bar, fuimos a dar vueltas en la ciudad, miramos películas, tomamos chocolate con paneto, cocinamos), un domingo a la tarde, de la nada, apareció la chica en mi cuarto diciéndome que tenía que irme. No entendía nada, el por qué, el cómo no me lo habían dicho antes, si yo además me iba al día siguiente. Long story short, en resumen, resulta que yo no le caía bien al pibe que me había aceptado la invitación en CouchSurfing, y había dejaba de hablarme a ver si yo “me daba cuenta de la indiferencia y me iba sola”. ¿Soy adivina ahora? Además, le había preguntado a los otros dos chicos -con los que compartía más y hablábamos bastante- si estaba todo bien con el otro chico porque lo notaba raro. Respuesta: él es así, medio antisociable, no te hagas drama. ¿Cómo voy a pensar entonces que no le caía bien? Y encima, antes de irme me levantó la voz diciéndome que “ya suficiente que me habían abierto la puertas de la casa”. Como si CouchSurfing fuese sólo un lugar para dormir, y no una forma de conocer otras culturas. Por lo menos para mí, la hospitalidad pasa por otro lado, y no sólo por dar una cama. Es una cuestión de ayudar, de compartir, de conversar, de brindar una mano, de ser amable, de aprender y enseñar. Se ve que no lo es para todo.

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Con Rony, un genio de CouchSurfing (comiendo los mejores falafel de la vida =p) y Joa (mi compañera de viaje por todo Perú)

Y así como tuve esa experiencia, ese mismo domingo a la noche que me echaron de la casa (no encuentro manera más linda o “formal” de decirlo, porque lo sentí así), fuimos a cenar con Rony, un limeño que vive hace varios años en Cusco y con quien ya hacía cuatro veces que intentábamos encontrarnos. Y él, fue todo lo contrario: fue exactamente todo lo que uno espera de alguien de CouchSurfing. Alguien amable, atento, hospitalario, buena onda, que esté dispuesto a ayudarte con lo que necesitás. A los dos días Joa y yo nos fuimos de Cusco así que no tuvimos oportunidad de volver a cruzarnos, pero él se siguió preocupando de que estuviésemos bien, de que no necesitáramos nada, nos daba consejos. Una masa, como diríamos en Argentina.

Y en el Valle Sagrado, ese lugar que fue mi lugar en el mundo por diez días, me pasó lo mismo, pero en sentido inverso: por diferentes cosas tuve roces con el pibe que nos llevó a la hacienda (que no era uno de los socios, sino el que se encargaba de llevar voluntarios) por malas actitudes de su parte, formas de hablar, reacciones (yo no soy de las más calmadas para discutir, pero el pibe este directamente me insultaba, así que pegué media vuelta y me fui de la discusión porque ni siquiera me dejaba hablar ya que me interrumpía a cada rato). Nunca me lo hubiese imaginado, pero de las malas experiencias con personas también se aprende: nos conocemos a nosotros mismos, sabemos de qué tipo de personas queremos estar rodeados, qué situaciones no nos bancamos. No es vano lo que dicen: si algo sacaste de una situación, es una experiencia, no una mala situación o un error.

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Y… ¡a desmalezar!

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Con Zuzana, una checa que conocimos en la hacienda.

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Las chicas preparando la cena navideña.

Y a la hacienda, de un día para el otro y cuando menos lo esperábamos, llegaron seis chicos, seis personas de esas que después del “hola” la conversación se hilvana sola, sin esfuerzo ni preguntas pensadas de por medio. Pegamos tan buena onda todos en la cena de la noche, que con Joa no lo dudamos: nos quedamos a pasar Navidad ahí. Y fue una de las fiestas más tranquilas, diferentes y lindas que pasé, rodeada de una nueva familia, en un lugar sólo para nosotros en medio de la nada. Eran las ocho de la noche del 24 y nosotros estábamos viendo una película; recién a las 9 nos pusimos a cocinar y a medianoche estábamos a mitad de la cena. Salió todo tan tan TAN rico, con tantos colores, tan casero, que quedamos panza llena corazón contento, y a la 1:30am ya estábamos todos durmiendo. No fue Navidad lo único que pasamos juntos, pero eso ya lo conté en otro post. A lo que iba, era a las personas. A lo que compartimos, lo que hablamos, lo que nos reímos, intercambiamos nombres de películas, e-books, recetas de cocina, historias de viajes, consejos, risas y lágrimas. En apenas seis días, convivir de esa forma con otras personas con las que se tiene tanta empatía, con las que hay tanta buena onda y tanto por compartir, puede resultar maravilloso. Casi de no creer.

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Una nenita que conocimos un día en Nasca, y no se cansaba de revolear al pobre gato.

A Nazca llegamos automáticamente después de haber estado trabajando en la hacienda. Nuestros host de CouchSurfing eran unos chicos que tenían las mejores referencias, de esas que te llenan de ganas de conocerlos. Entramos a la casa, y las paredes estaban cubiertas de agradecimientos, dibujos, “cartitas” por los días compartidos. No sabemos qué pasó con nosotras, pero hubo cero onda (no estábamos con buena racha, eh). Si no le sacábamos conversación, ni bola nos daban. Si no les preguntábamos, ni nos tenían en cuenta. Se han puesto a desayunar frente nuestro con otra chica de CouchSurfing que estaba parando ahí, y ni nos invitaron a sentarnos con ellos. Indiferencia total. Lo bueno (siempre hay algo bueno en todo) es que la casa era puro arte: aprendimos lo básico para tocar el cajón peruano y a hacer pulseritas con hilo encerado. Quién sabe, capaz sirve algún día.

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Pablo, el camionero que nos llevó a Nasca. Hasta me mandó un mensaje que no había tenido señal para Año Nuevo para escribirme. Un genio.

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La casa del arte, en Nasca.

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En Ica, por suerte, por alineación de los astros, porque tenía que ser, porque necesitaba encontrarme con gente contenedora y amable, por causalidades y sincronicidades, la gente de CouchSurfing fue de lo mejor. Mandamos los request apenas antes de irnos, y en el camino me empezaron a llamar por teléfono y mandarme mensajes de que podíamos quedarnos con ellos. Fueron esas personas que llegaron en el momento más necesario. Aquellos que sin siquiera proponérselo, sin que se lo pidamos, y sin darse cuenta, me alegraban el día, me cambiaban el humor y me hacían dar cuenta de que, a pesar de algunas malas experiencias, siempre hay que seguir mirando adelante. Me robaron apenas llegué a Ica, y tener gente preocupada que me llamaba a ver cómo estaba, y que iban a la comisaria para ver si necesitaba algo era algo de no creer. Y en Ica no sólo tuvimos un host, tuvimos dos: Berny, el “oficial”, donde teníamos nuestras cosas, el que nos buscó, nos llevó,y era como nuestro papá, y Jack, el “alternativo”, con quien pasamos Año Nuevo, cuya mamá nos preparó sopa de cebada porque era tradicional de la sierra de donde era, y nos enseñó a hacer mazamorra de maíz, y me preparó papas a la huancaína cuando fuimos a comer sin que Jack le haya avisado y el menú no era vegetariano, y me prestaron la compu para que pudiera trabajar, y nos dieron una cama comodísima para que descansemos. Berly me seguía mandando mensajes contándome de la gente que iba, y a Jack lo volvimos a ver en Lima (y Flor me preguntó enfrente de él: ¿”Ica no es esa ciudad que vos me dijiste que era fea?” Tragame tierra!! Sí, no me gustó, pero tampoco la recorrimos mucho, ya que nos la pasamos en las casas de nuestros host o en Huacachina).

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Joa =) Sin ella estos dos meses hubiesen sido MUY diferentes (y me hubiese faltado un gran apoyo cuando me robaron)

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Jack y Berly (y otras chicas francesas), nuestros couch en Ica. Mil mil mil gracias por todo =)

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Adivinen quién era nuestro couch. No, el chico no. Era Silvio, el señor de la derecha. Y como estuvo enfermo los tres días… su mamá de 90 años fue básicamente nuestra anfitriona =)

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Con Fidel, el cocinero de melcochas que hasta apareció en libros de Gastón Acurio (un chef peruano híper famoso).

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Free hugs, versión limeña.

Y también están esas personas que uno se cruza, literalmente, en el camino: Juan, el camionero que nos levantó a la salida de Huaraz y nos llevó hasta Trujillo, se preocupó por nosotras hasta que llegamos a Huanchaco, llamándonos cada día para corroborar que estábamos bien, y para ver si nos volvíamos a cruzar. Y como él, nos cruzamos a Juli y Kelly, dos mujeres de casi cuarenta años que nos levantaron cuando hacíamos dedo para ir de Trujillo a Piura. Fueron las primeras mujeres, y el primer auto en nuestro historial dedístico rutero. Y fue genial: no parábamos de reírnos, de hablar entre todas (como somos las mujeres, ¿no?), de hacernos confesiones, de darle consejos de hijas a madre (claro, nosotras la aconsejábamos como hijas ya crecidas a ella como madre de una adolescente). Tan bien nos cayeron, que las acompañamos a Puerto Malabrigo, un pueblito que se desviaba de la ruta unos kilómetros. Nosotras las acompañamos, conocimos otro lugar, seguíamos charlando, compartimos más tiempo,  almorzamos frente al mar y nos volvieron a dejar en la ruta (en donde, en dos minutos, volvíamos a estar arriba de un camión).

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Si Kelly y Juli no nos hubiesen levantado, nunca hubiésemos conocido Puerto Malabrigo.

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¡Te queremos Kelly te queremos! Un día de playa cuando nos reencontramos en Punta Sal.

En Piura, volví a tener esa sensación de que, aún sin salir prácticamente de la casa en todo el fin de semana, conocí más que si hubiese recorrido todas las tardes la ciudad. Cocinar y almorzar en familia, que las horas se pasen hablando y compartiendo con gente del lugar, conocer otros viajeros con buenas ideas, y cruzarse con gente amable y generosa que te hace sentir a gusto, reconforta como pocas cosas cuando uno se encuentra lejos de casa, y te acerca como otras pocas cosas a la cultura e idiosincrasia de un país.

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Una de las pocas fotos que tengo de la ciudad de Piura.

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Joa, aprendiendo a cocinar nopales.

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Almuerzo peruano-mexicano (con mortero mexicano incluido)

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¿Alguna vez comieron cactus? Éste estaba bárbaro, nopal se llama.

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Por si el almuerzo no hubiera sido suficiente… ¡Oscar nos hizo panqueques a la noche!

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Máncora, y el mejor hostel del lugar. Básicamente, una casa de surfista =)

A medida que me muevo de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad y sumo kilómetros al viaje, siempre llego a la misma conclusión: tanto en los viajes como en la vida, lo que valen son las personas que uno se cruza en el camino.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.