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VEO VEO #9: UNA MONTAÑA

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“A la montaña no se llega con los pies, sino con el corazón.” 

Ya ni recuerdo quien era el autor de esa frase, creo que un tal Otto. Lo que sí recuerdo es que esa fue frase que leí cuando llegamos, después de varias horas en subida sufriendo el calor y el sol, al refugio del Cerro López. Era la primera “montaña” que subía en mi vida (“escalaba”, como uno suele decir cuando no tiene mucha idea y cree que escalar es subir una montaña a pie), durante mi primer viaje como mochilera, en el primer viaje que me iba sola con amigas. Me quedó grabada a fuego, y cada vez que hago un trekking oo ascenso a alguna montaña, la recuerdo. No importa que tus piernas digan basta: si tu corazón está puesto ahí, si tu energía interior te empuja a seguir. No importa cuán cansado estés físicamente, el empuje sale de adentro.

Después, con los años y los viajes, fui sumando más cimas y paisajes y personas y climas y experiencias. Todos diferentes, todos únicos. El Cerro Champaquí, el más alto de Córdoba, que hice en pleno invierno y en pleno verano, y volvería a hacer, esta vez acampando en vez de usar el refugio. El Monte Kenia fue el top de mi top: 5 500 m, un trekking por la segunda montaña más alta de África, cuatro días que te llevan del short y musculosa a la nieve y los -5°C. Ser una de las cinco personas -de un grupo de nueve, y siendo candidata n°1 del guía en la lista de las que no llegaba-, después de más de más de seis horas de caminatas, que incluyeron subir zig zag con grampones por el hielo, para llegar a la cima del Volcán Villarrica, y volver con la ropa llena de olor a azufre y con el viento que casi me tumbaba. Subir de madrugada el Monte Sinai, en Egito, para llegar a la cima justo al amanecer, al lugar donde Moisés recibió los diez mandamientos. Trekkings innumerables por la precordillera de los Andes en Chile, fines de semana enteros caminando y acampando en la montaña, sobre la nieve, al lado de lagos, al resguardo del viento al lado del filo de una montaña, cerca de algún río, en grupos grandes, sólo con un amigo. Atravesar en Bolivia una montaña desde el altiplano hasta las yungas por un camino pre-incaico.

Todas y cada una de esas veces lo recuerdo: a la cumbre, se llega si el esfuerzo sale del corazón. Tanto en la montaña como en la vida.

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Este post forma parte del ¡Veo Veo!, un juego donde, el 15 de cada mes, los que participamos escribimos sobre un tema escogido previamente. ¿La idea? Volver a ser niños durante un rato, una excusa para conocer otros lugares e historias, para viajar sentados en casa de la mano de otros viajeros.
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Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.