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CIUDAD-ROMPECABEZAS

Uiii, Lima. 
Tengan cuidado. 
Es mi ciudad natal, pero cuidense chicas.
Es un caos, eso sí que es un lío.

 

Fueron varios, muchos los comentarios que nos hicieron cada vez que decíamos que íbamos a Lima. De ellos, ninguno bonito. Todos referían a lo peligroso, lo caótico, lo peligroso, lo ruidoso, y lo peligroso de nuevo, que es la capital de Perú.

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Sin embargo, en los 6 7 8 13 días que nos quedamos, no la sentimos ni tan caótica, ni tan peligrosa. Me hizo acordar mucho a cuando iba a Santa Cruz, y todos los comentarios negativos que recibía sobre la ciudad y su gente. Caminamos mucho, mucho. Tomamos buses. Anduvimos en moto. Agarramos algún taxi. De día, de noche, en la mañana. Cada vez que hablábamos del caos y del tráfico, nos preguntaban si ya habíamos estado en Lima porque “ahí sí es caótico”. Por ser una ciudad de nueve millones de habitantes, el tráfico me sorprendió. No puedo evitar acordarme de La Paz, sus ni dos millones de personas, y sus calles ruidosas y desordenadas. Para mí, eso es caos.

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Lima para mí es rara. Es raro saber que estoy en Perú, y sentir que camino por Lima y me acuerdo todo el tiempo de Santiago, de cuando caminaba por Providencia, o cuando andaba en bici por Vitacura o Las Condes, o cuando salía a correr por la costanera. Alguna rotonda por ahí me hizo acordar a alguna otra rotonda por allá en Bogotá, alguna tarde que caminé cuadras y cuadras y cuadras por una avenida en línea recta sin fin. A Joa (mi compañera de viaje uruguaya con la que estuvimos viajando las últimas semanas) le hizo acordar a su Montevideo, a su rambla, a sus tardes caminando comiendo bizcochos (esta vez sin bizcochos), a las noches cerca de la playa. En el centro, los edificios alrededor de la Plaza San Martín (cuyo monumento me hizo acordar al San Martín de la Plaza 25 de Mayo de Rafaela, mi ciudad) me hicieron acordar a algunos que están en la Avenida Corrientes en Buenos Aires. A Flor, una de mis mejores amigas que vino a viajar conmigo durante dos meses, una esquina que a  mí me hizo acordar a otra donde estuve sentada una mañana en Camagüey, Cuba, le hizo acordar a callecitas de París. Los edificios en la costanera, con los balcones mirando al mar, me hacen acordar a Mar del Plata los más viejos, y a Punta del Este los más nuevos. Una calle de San Isidro, el distrito financiero de Lima, me hizo acordar a las calles de Palermo en Buenos Buenos. Camino por Lima y me acuerdo de otras muchas ciudades. Estoy en Lima y me olvido que estoy en Perú.

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Lima tiene deporte…

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atardeceres…

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paredes de colores…

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balcones al mar…

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mercados…

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detalles coloniales…

Es como un rompecabezas armado con diferentes juegos, donde las piezas van encajando y creando un rompezabezas nuevo. Creo que, después de viajar un poco y conocer varias ciudades, uno empieza a ver parecidos, y a acordarse de una ciudad por medio de otras, a unirlas y relacionarlas y conectarlas. Seguramente en algún momento, encontraré una ciudad que me haga acordar a Lima, o un pedacito de alguna ciudad que me haga acordar a algún pedacito de Lima.

Creo que a todos nos pasa: todos reconocemos una ciudad a través de otra, según el orden en que las vayamos conociendo. Seguro que a alguien que estuvo antes en Lima y después fue a Santiago, le pasa lo contrario que a mi: a esa persona, Santiago le hace acordar a Lima. O capaz que no, a lo mejor para él o ella son dos ciudades que en un “juego de las 7 diferencias”, no encuentra ni una sola similitud.

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Y así como me encantó, no me inspiró a sacar fotos. Será porque es una ciudad grande, o será porque lo que me llamaba la atención eran algo más invisible -como el espíritu de la ciudad-, o será porque después del robo ya no siento esa necesidad de estar sacando fotos todo el tiempo, y prefiero guardar los recuerdos conmigo. La cosa, es que me daba cuenta de que cargaba la cámara todos los días, y volvía con apenas algunas fotos; me puse a escribir las notas para el diario y no encontraba casi fotos que reflejaran lo que contaba y transmitieran esa esencia que yo sentía de la ciudad. Capaz entré en una etapa poco “clickera”, capaz fue algo momentáneo, capaz empiezo a pensar más cada foto.

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Me quería comprar todo. Por lo menos me las llevo en una foto =)

Lima me atrapó, y todavía no entiendo bien por qué. Si es por sus atardeceres naranjas, su cercanía al océano, su costanera interminable, sus espacios para hacer deporte, su aire cosmopolita, su verano sin calor, sus balcones al mar, sus ganas interminables de permanecer despierta, su oferta cultural, sus edificios modernos mezclados con los antiguos, sus quioscos callejeros, sus calles arboladas, su música en los parques y los bares, su cielo siempre veteado. Nos quedamos casi quince días, y podrían haber sido más, saliendo a trotar por su malecón en las mañanas, sentándome a leer en sus parques en las tardes, caminando por sus calles a la tardecita, comiendo un churro criollo relleno de manjar blanco (como llaman al dulce de leche) o fudge (básicamente, chocolate) recién salido del horno en ese restaurante lleno de gente que encontramos una tarde caminando en el centro, comprando libros por S/3 en Quilca, encontrando música en peatonales y parques.

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A los atardeceres,

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y al chicha desing, no puedo evitar sacarles foto. Me encantan =)

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¡No me digan que no es gracioso!

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¿A ustedes no les gustaría caminar por una costanera así?

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Lima festejando nuestra visita.. que coincidía con su aniversario =/

Capaz Lima me atrapó por la conjunción: un conjunto de todas esas cosas que me encantan de una ciudad y que, cuando las encuentro combinadas en una sola, arman un rompecabezas perfecto.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.