atardecer en huacachina

EL DESIERTO Y EL OASIS

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Con Joa, mi compañera de viajes uruguaya de las últimas semanas, fuimos a Huacachina una tarde, un rato antes de que el sol se precipite detrás de las dunas. Habíamos ido para fin de año, pero como esa vez llegamos de noche, no habíamos podido apreciar mucho. No nos habíamos dado cuenta, por ejemplo, que alrededor del lago había una playa (minúscula, pero playa al fin) donde uno podía descansar debajo de una palmera. Tampoco habíamos sido capaces de divisar la variedad, la cantidad y la altura de las dunas de arena. No nos habíamos percatado del color del lago, ni de la temperatura de la arena, ni de qué dimensión ocupaba el oasis en el desierto. Por eso esa tarde, cuando empezamos a rodear el lago, caminando por una playa con palmeras, nos preguntamos por qué no habíamos ido antes. El sol en Ica es fuerte, al mediodía es abrasador, pero seguramente la laguna de Huacachina, estando a la sombra de alguna palmera, la perspectiva es diferente.

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Apenas llegamos, empezamos a bordear el lago para encontrar un lugar donde la subida no sea tan empinada. Para nuestra decepción, hoy en día el lago del oasis no es cien por ciento natural. Hace unas décadas lo era, natural y más grande, pero hoy, debido al uso constante de agua de napas para abastecer a la ciudad, su nivel fue disminuyendo drásticamente, por lo que tienen que inyectarle agua.

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El oasis de Huacachina

Empezamos a subir por una cuesta no tan empinada, y después de unos metros, ante nuestros ojos se abrió un paisaje que no me había imaginado: dunas enormes, mucha arena, mucho desierto, incontables dunas que se sucedían una detrás de la otra hasta chocar con la línea del horizonte. Dunas más y menos grandes, con filos más y menos marcados, algunas más amarillas, otras con trazos de arena negra.

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Empezamos a subir la duna que estaba a nuestra derecha, alta, pero no tanto como la de la izquierda, donde se divisaban tres personas, como apenas unas líneas, paradas arriba de todo. No faltaba mucho para el atardecer, y queríamos asegurarnos buenos asientos para el espectáculo.

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Subir la duna era una lucha contra la arena. Con cada paso que hacía, sentía que me iba un poco para atrás. La arena era tan blanda, tan volátil, tan fina, que los pies se me hundían, y sentía que la duna se desarmaba mientras intentaba avanzar. Mejor no pensar, y sólo seguir subiendo. Cuando llegamos, estábamos, literalmente, en el filo de la duna. Apenas una huella de veinte centímetros donde quedarnos sentadas.

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La tranquilidad del paisaje era sólo interrumpida por una cosa: los buggies. Me hizo acordar a esos pueblos  en Bolivia donde el único ruido son las motos. Los buggies son unos vehículos con diez asientos sobre cuatro ruedas, protegidos sólo por una jaula y que, por poco más de diez dólares, te llevan a dar un paseo por las dunas. A mi parecer, eran sólo un implante en medio de tanta cosa linda, un ruido molesto en medio del silencio.

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El ruido que hacían los buggies y dos cuadriciclos -que nos pasaban demasiado cerca a mi gusto-, nos sacaba del ensimismamiento que teníamos. Por eso a veces creo que hay lugares que no tendrían que darse a conocer tanto. O que deberían ser más cuidados por lo menos. Muchas veces siento que, con tal de obtener ganancias y hacer conocido un lugar, el turismo termina bastardeando los lugares. Introducen elementos ajenos al lugar, vuelven turístico lo típico (y con ello, pierde autenticidad), el contacto local-viajero se torna meramente económico, o el sitio se inunda de tanta gente que termina perdiendo su magia. Por eso me gusta encontrarme esas ciudades que podrían ser perfectamente destino de un paquete pero todavía están ahí, intactas. Por eso me gusta llegar a pueblos donde “lo que hay para ver” queda más en la propia intuición y voluntad de descubrir, que en lo que te puedan decir en la oficina de turismo. Por eso me gusta caminar por esas calles donde los habitantes se sorprenden de ver extranjeros y te saludan y te hablan al pasar. Por eso creo que hay lugares que está bueno que no estén en la ruta típica, que no aparezcan tanto en las guías, que no sean tan difundidos entre los viajeros.

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El atardecer lo sentí lento, lentísimo. Los colores quedaron impregnados en el cielo y en las nubes, y una vez que el sol ya había desaparecido detrás del horizonte, el cielo siguió mutando. Teníamos los pies enterrados en la arena, y una vez que llegó la noche, éramos las únicas que todavía estábamos ahí. No daban ganas de irse. ¿Para qué? No sé cuál de las dos, pero alguna tiró “¿y si nos quedamos a dormir acá?” No era mala idea (de hecho, era buenísima): la arena estaba tibia, no corría viento, no hacía frío, no hacía calor, el cielo negro cubría todo a nuestro alrededor y las luces del oasis y de Ica, un poco más atrás, creaban una sensación extraña. Parecía que teníamos un desierto sólo para nosotras.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.