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UN LUGAR EN EL MUNDO

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Ollantaytambo desde las ruinas.

Anduve varias veces por el Valle Sagrado: fui a Pisaq dos veces, y me enamoré de sus montañas y sus calles sin veredas la primera vez, y comí empanadas de queso hechas en el horno caliente más viejo del pueblo y tomé chicha morada la segunda vez; estuve un día entero en Ollantaytambo con mi mamá, caminando en las ruinas, probando chocolate y recorriendo al amanecer sus calles empedradas y sus cuadras dispuestas en forma de maíz antes de tomar el tren a Aguas Calientes; en Urubamba nos sentamos en la plaza a ver la gente, anduvimos en mototaxi y nos maravillamos (mi mamá sobretodo) con tantas flores en las plazas, los negocios y las casas; en Moray me metí en el medio de una terraza de experimentación agrícola -donde dicen que la temperatura puede bajar 19°C en los diez niveles- y en Maras probé la sal que sacan de esas salinas que hicieron los Incas y todavía se siguen usando; en Chinchero compramos fruta en el mercado, nos tiramos a dormir la siesta en el césped que había al lado de las ruinas de lo que fue alguna vez la hacienda real de Tùpac Inca Yupanqui, y volvimos a Cusco comprimidas y llorando de la risa en un taxi-colectivo que más bien parecía un auto de circo (éramos nueve personas más tres bolsas de papa y cebollas en un auto para cuatro).

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El horno =)

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Chinchero, y una reunión después de la misa de domingo.

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Salineras de Maras, con cientos de años de historia.

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Las terrazas concéntricas de Moray.

Cada vez que iba y volvía a alguno de esos pueblitos, me pasaba lo mismo: sentía que todo lo que me rodeaba era surreal, me fascinaba con el paisaje. Y soñaba con vivir en un lugar así algún día, rodeada de montañas, de sembradíos, de tierra roja y pastos verdes, de casitas de adobe, de maíz y vacas.

Hacía casi un mes que estaba en Cusco, y no sabía qué hacer: si ir a Arequipa, si ir a Puno primero para después seguir a Arequipa, si arrancar directo a Nasca. Estaba en la duda y estaba esperando algo, alguna señal para decidirme (me cuesta tomar decisiones a veces, e irme de una ciudad muchas veces significa que llegue ESA señal, ese algo que diga “es momento de seguir”). Ese viernes que conocí a Joa llegó la señal: ella quería seguir a Nasca cuanto antes, así que decidimos partir el lunes para allá. Yo tenía otro naipe bajo la manga, sabía que podíamos ir a algún lado en el Valle Sagrado a hacer voluntariado, así que la idea fue contactarnos con esa gente, y si salía, nos íbamos para allá unos días antes de seguir a Nasca. El lunes en la mañana no teníamos noticia de nada, así que salimos a hacer las últimas cosas que necesitábamos antes de partir a Nasca. Entre una cosa y otra, se nos pasó la hora, así que decidimos partir al día siguiente. Mientras decidíamos eso, me escribieron para decirme que al día siguiente íbamos podíamos empezar el voluntariado, y un chico de CS nos dijo que podía hospedarnos esa noche: cartón lleno, teníamos todo resuelto en un rato.

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El martes a la tarde, estaba pasando de nuevo por ese paisaje que tanto me gustaba, que no me cansaba de ver, y que me dejaba hipnotizada cada vez. Estaba volviendo al Valle Sagrado de nuevo, pero para algo muy diferente. No sabíamos muy bien a qué íbamos, pero estábamos entusiasmadas.

Llegamos poco antes de que caiga el sol por un camino de tierra a una hacienda, a treinta minutos a pie del pueblo más cercano, y a siete kilómetros del pueblo para abastecernos. La hacienda tiene dos pisos, muchas habitaciones, una gran cocina comedor con chimenea incluida, salas utilizadas como depósito, un mini cine improvisado con una tela blanca y un par de sillones, plantaciones de maizales para artesanías, espacios verdes, juegos para niños, salas y salones que todavía no tienen un uso en concreto, y muchas ideas que están por ver la luz. Además, brindan espacio para los voluntarios de un proyecto social vinculado al arte.

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Maizales

El lugar está pensado para ser un hotel y un centro de producción artesanal donde capacitar a la gente de las poblaciones aledañas para que hagan artesanías y así desarrollen otro medio de subsistencia. Esa noche, después de dar una vuelta para conocer el lugar, y conocer a Zuzane (otra voluntaria de República Checa que hacía unos días que estaba) y a Clement (uno de los socios, un chico francés de 24 años que apostó todo en esa hacienda), nos dimos cuenta que, si queríamos aprovechar el lugar, que la experiencia valga la pena y quedarnos con algo más que un mero “pruebo y me voy”, íbamos a tener que quedarnos más que los dos días que teníamos planeados de antemano.

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Entrada a la hacienda.

Durante los días siguientes desmalezamos plantaciones de maíz (ahora, cada vez que veo una veo los yuyos que habría que sacar), me fleché la espalda haciéndolo, lijamos y pintamos unos bancos de madera (y todavía tengo manchas verdes en mi calza), comimos mucho pan con palta, nos bañamos con agua fría, de noche nos movíamos con linterna, vimos varias pelis, tomamos mucho té, y nos fuimos a dormir a las diez de la noche. Ya era tarde.

Un viernes en la noche, mientras mirábamos una peli, llegaron varios chicos, que los saludamos rápido y en la oscuridad de la “sala de cine”. Más tarde fuimos a la cocina, a hablar un rato. Eran una pareja de Argentina, otra de España, y dos amigos de México. Prepararon una cena que compartimos entre todos, no nos daba la lengua de todo lo que queríamos conversar entre todos, y al final de la noche, con Joa nos leímos la mente: no nos vamos nada el lunes a Nasca, mejor nos quedamos a pasar Navidad acá. Así, los dos días en la hacienda se transformaron en diez, y las tres chicas iniciales (Joa, Zuzane y yo), en una familia de nueve personas con muchas ganas de todo.

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En plena preparación de los sandwiches.

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René, que sólo nos hacía mil preguntas.

Ese domingo antes de Navidad, a la tardecita nos pusimos a preparar los sándwiches, y el lunes en la mañana nos dividimos las tareas en la chocolatada: ordenar a los nenes, servir el chocolate caliente, marcar un corazoncito en el cachete, darles los sándwiches, jugar con ellos.

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Chocolate con sandwiches en el patio de la hacienda.

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¿No es tierna?

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Si mi Navidad del año anterior había sido rara, ésta competía por igual: a las siete de la tarde nos tiramos a ver una película, y recién a la nueve nos pusimos a cocinar entre todos (hicimos chapatis y muchos salteados y patés y cosas ricas para rellenar). Pau -la española-, y Joa decoraron la mesa con flores del jardín, los platos estaban listos, el vino abierto, y nosotros felices de la comida riquísima que teníamos adelante. No queríamos ni sacarnos foto para empezar a comer. Brindamos la medianoche en medio de la comida, y hablamos y nos reímos muchísimo. Pau y Juli -los argentinos- se pusieron a tocar el jembé y a bailar, como si estuvieran solos, en su propio mundo. Nosotros, los mirábamos. Estaban tan compenetrados, tan unidos; había tanta energía entre ellos, que ni siquiera necesitaban mirarse para ir al unísono.

Al día siguiente, empacamos lo que nos había sobrado de la cena, y subimos a Huchuy Qosqo, unas ruinas cuatro kilómetros arriba en la montaña. Cada vez más trato de agradecer por todo lo que pasa a mi alrededor: el sol que nos calentaba después de la llovizna, la comida riquísima que teníamos enfrente, un paisaje verde que brillaba por el agua de hacía un rato, las nubes que se abrían en el cielo celeste, el aire puro que se respiraba. Puede sonar medio cursi o poético, pero no es nada de eso: capaz que todo me parecía tan lindo, tan perfecto, que sentía que no necesitaba nada más.

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La vista del almuerzo. Y el aire que se respiraba, ni les cuento.

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La vaquita Milka en medio de las montañas.

Cuando volvíamos a la hacienda, en la parte final de bajada, todos íbamos con la cabeza gacha para no tropezarnos, hasta que alguien (ya no recuerdo quién) emitió un woooow!! El arcoiris más brillante que vi alguna vez (o lo era porque hacía demasiado -ya ni recuerdo cuánto- que no veía uno). Al principio eran pedazos, como si alguien hubiese borrado las puntas y alguna parte en el medio. De a poco se fue completando, y nos tiramos un rato ahí, sólo a verlo. Entre todo lo lindo que había sido el día, ¿ustedes no estarían felices terminarlo con un arcoiris? Justo ahí, justo en ese momento, justo así de hermoso.

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Será algo muy simple, demasiado simple tal vez, pero cada vez me llenan de alegría cosas así, encontrarme sin esperarme con un arco iris, almorzar respirando aire puro, encontrar gente con la que puedo hablar y reírme fácilmente, caminar en la montaña… y encontrar un lugar que, aunque sea una hacienda en el medio de la nada y conviva sólo con doce personas más, puede ser mi lugar en el mundo, aunque sea por diez días.

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Pueden contactarse con la hacienda a través de su Facebook o de su página web.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.