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MANU: EL LIBRO DE LA SELVA

[Tenía decenas de fotos. Pero debido a razones de fuerza mayor, los próximos post serán con pocas, poquitas fotos, las que quedaron. Vamos, a poner a prueba la imaginación, ustedes pueden =)]

Capítulo 1: la ida

6am, Plaza de Armas. Apenas me senté, escuché que me llamaban por mi nombre. Me di vuelta y estaba Fernando, nuestro guía, viniendo hacia mí. ¿Preparada?, me pregunta. Totalmente.

De ahí, pasamos a buscar a la pareja de Lima (que cuando me habían dicho “pareja”, me había imaginado a personas mayores, y no a una chica de 21 años y a un chico de 26), y salimos directo a la ruta. El camino fue mutando: de doble vía de asfalto, a una vía y un poco más, de tierra. José Alberto, nuestro chofer, se la pasaba tocando bocina para anunciar nuestro paso, pero poco fueron los autos que nos cruzamos. Yo trataba de no dormirme (los autos son como cunas gigantes para mí) y disfrutar el paisaje: casitas que aparecían desperdigadas en las laderas, el verde del pasto y los árboles entrecortado por los parches de tierra roja de las parcelas vacías, y las montañas enfrente parecían estar al alcance de la mano.

Sin que me diera cuenta, el paisaje se nubló, irónicamente, cuando entramos al bosque nublado, y después de un par de horas (que pueden haber sido una como tres, ya perdí noción del tiempo) llegamos a la entrada al Parque Nacional Manu. Fernando nos mostró la zona que íbamos a visitar y nos explicó que en realidad es por fuera del parque lo que está habilitado para turismo, ya el resto es área protegida. Quién diría que tan cerca de Cusco, tan cerca de una ciudad que es mundialmente famosa por su importancia en la cultura incaica, hay selva, hay un pulmón vivo con tanta vida animal y vegetal.

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Llegamos al lodge pasadas las cinco de la tarde, y después de cenar temprano, me fui a dormir -temprano también- con el ruido del río corriendo allá abajo, unos metros alejado por un caminito de piedra y barro que baja entre los árboles. En algún momento de la noche, ya lo confundo: el ruido al fluir del agua no sé si viene del río, o de arriba. Ah, está lloviendo.

Capítulo 2: la lluvia y el agua

“El clima de la selva es como el humor de las mujeres: impredecible”, dijo Fernando en el desayuno, lo que iba a significar que todo podía pasar, que no podíamos planear nada al 100%.  Por ejemplo, la caminata de la mañana no la pudimos hacer por la lluvia, ya que no iban a haber animales. De todas formas, la lluvia había hecho lo suyo. Los aromas se sentían más frescos, más vivos: a limón, a yuyo, a flores, a hierbas, a pasto. Olor a verde.

Salimos rumbo a Atalaya para navegar el río y llegar al otro lodge, y antes pasamos por un refugio animal donde rehabilitan y cuidan animales que estuvieron en cautiverio o los encontraron heridos en la selva. Ahí, vimos un coatí, un carpincho, un oso perezoso, un guacamayo rojo y otro azul, un oso hormiguero arbóreo, dos chanchos de monte.

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Después de buscar las botas de agua y los pilotos, nos subimos a la lancha rumbo al lodge. Llegar a un lugar donde sólo se accede por agua es raro. Creo que no logro encontrar la palabra o definir el sentimiento. ¿Será que me hace sentir realmente en el medio de la selva? ¿Que me da una sensación de contacto mayor con la naturaleza el saber que estoy rodeada de agua y más selva?

En la tarde salimos en la lancha veinte minutos río abajo para hacer una caminata de cuatro horas, reconociendo árboles, frutos, aves y buscando animales. Antes de volver, esperamos que empezara a anochecer para poder observar uno de los animales estrella de la selva: el caimán.

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Esa noche cenamos a la luz de las velas –no hay electricidad en ese lodge, lo que para mí aumenta la sensación de estoy-en-medio-de-la-nada- me fui a acostar, también llevando velas. Acomodé el mosquitero, y me hundí en el colchón. El sonido del viento se mezclaba con el del río que corría a sólo unos metros de distancia. Qué lindo que es dormir así.

Capítulo 3: la naturaleza

Esta vez no amaneció lloviendo, así que a las 4:45, tal como nos había dicho la noche anterior, Fernando nos despertó. Destino: una pared de arcilla donde se alimentan los guacamayos. Nos quedamos en una islita que había cerca, y desde ahí los vimos con telescopio, mientras picoteaban la pared llena de minerales, en grupos.

A la vuelta, después de desayunar, salimos a caminar por la selva. Corrijo: nos subimos de nuevo al bote, que nos llevó al lugar desde donde empezamos la caminata. Mucho barro, muchos hongos, muchas mariposas. Vimos un pájaro que es muy raro de ver, el pájaro paragua, y huellas de jaguar y de carpincho, que al parecer iba con su cría. Caminamos más de dos horas por la selva, reconociendo plantas, pájaros, frutos, y llegamos a un árbol enorme, de unos cientos de años. El tronco no era grande en sí, pero lo que llamaba la atención eran sus raíces: altísimas -en algunas partes, seguro llegaban a los tres metros- y finas, como formando vallas alrededor del tronco, duras, tornasoladas. “Im-presionante”, como suele decir mi papá.

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Después del almuerzo salimos rumbo a Atalaya. Poco antes de llegar, paramos a hacer otra caminata, esta vez entre plantaciones: plátano, papaya, piña, arroz, lima, cacao, huito (con la que se hace un trago exótico). De lejos, vimos un mono capuchino marrón saltando de un árbol a otro, y de cerca, tomamos agua de bambú. Rara.

Volvimos al lodge de la primera noche, y después de la cena me fui a acostar, esta vez con el ruido del viento agitando los árboles. Aunque no sea la primera vez, no viene mal para reafirmarlo: me encanta esto de dormir rodeada de naturaleza.

Capítulo 4: la vuelta

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La vuelta, a pesar de que tuvimos que esperar cinco horas mientras arreglaban el camino por un derrumbe debido a las lluvias de dos noches anteriores, fue tranquila. Volver nos devolvió a esos paisajes que de lejos me hacen acordar a cuando viajaba en tren por Europa. A veces me pregunto si no habrá algo así como realidades paralelas, mundos iguales en dos planos diferentes. Me pasa cada vez que cruzo un lugar así: montañas verdes repetidas hasta el infinito, casitas desparramadas, árboles altos, parcelas sembradas, caminos de tierra que se escurren entre las laderas, que me hacen trasladar por un momento a esos viajes en tren por España o Alemania especialmente. Pero cuando empiezo a acercarme al pueblito, la burbuja se revienta, y la confusión-sueño termina: las casas de adobe, las cholitas arriando vacas, hombres moviéndose en bicicleta, auto destartalados, paredes pintadas con propaganda política, escombros y basura turados en cualquier lado, me hacen volver a la realidad: estoy en Perú. Y acabo de volver de la selva.

Este viaje fue cortesía de Ecomanu Expedition. Pueden ver su página y consultar los diferentes tours en la selva en ecomanuperu.com

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.