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TE DECLARO MI AMOR, CUSCO

Finalmente me fui de Bolivia. Y, finalmente, llegué a Perú, un país con el que soñaba desde chica, desde que empecé a imaginarme viajando. Así como alguna vez Neruda le declaró su amor a Valparaíso, yo hago lo mismo con Cusco.

Cusco para mí es de esas ciudades que uno no termina nunca de conocer. Que puede volver una y mil veces y siempre va a encontrar algo nuevo, algo diferente, un nuevo rincón, un nuevo bar, una nueva callecita. Y si así la terminase de conocer, yo nunca me cansaría de recorrerla, de mirar ese cielo despejado por momentos, con nubes blancas y grises al rato siguiente, con gotitas cayendo un poco después.

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Cusco fue la primer ciudad que la viví de dos formas diferentes, duplicada, como si fuesen experiencias paralelas. Y todo, porque los primeros diez días estuve con mi mamá (que fue a visitarme después de cinco meses de haber empezado el viaje) y el resto, fue un menjunje de gente y casas y trabajo y viajes y no-viajes (los momentos esos en que, aunque esté viajando, siento que tengo una vida como si viviese fija).

Cusco con mamá

Llegué a Cusco directo desde La Paz, haciendo escala de apenas una hora en Copacaba. Pasé el lago Titicaca -ese tan famoso por ser el que se encuentra a mayor altura del mundo- desde la ventanilla de un bus, mirando un atardecer como hacía meses no veía, prometiéndome volver en unas semanas (algo que, finalmente, nunca pasaría).

A la mañana siguiente llegué a Cusco, ya con el sol nuevamente iluminando. Me bajé, agarré mis mochilas y salí del terminal rumbo a Plaza de Armas, donde estaba el hotel que mi mamá había reservado. Si había visto cientos de veces fotos de Machu Picchu, creo que nunca había visto una imagen de Cusco. Y creo que por eso me maravilló tanto: no esperaba encontrarme con lo que me encontré.

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Si es posible enamorarse de una ciudad, con Cusco fue amor a primera vista. Me enamoró, me encantó, me sorprendió con sus calles empedradas, sus construcciones coloniales edificadas sobre cimientos -y muros- incas, sus iglesias y conventos construidos por los españoles cerca a antiguos templos incaicos, sus miradores (inventados por cada uno desde alguna callecita empinada), sus balcones de madera tallados, sus mitad-muros de piedras gigantes, sus mitad-muros de adobe, sus callejoncitos sin vereda, sus amaneceres sin autos en la calle, sus atardeceres  azules de lluvia iluminados por faroles amarillos, sus bares ocultos, su historia. 

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Cusco es lo que es hoy gracias a su historia: cuenta la leyenda que, cuando los Incas buscaron el lugar donde asentar la base de su Imperio, Inti -el dios Sol- le indicó a Manco Cápac, el primer Inca, dónde estaba el qosq’o, el ombligo del mundo. Allí se asentaron en el SXII, y gobernaron el Tawantisuyo.

Caminar Cusco con mi mamá fue diferente a caminar una ciudad sola o acompañada de otro viajero o de una persona local. Con mi mamá, por ejemplo, un día (varios en realidad, en algún momento del día) hicimos un hotel-tour: nos dedicamos a entrar y recorrer hoteles que estaban en construcciones antiquísimas, que fueron casonas españolas construidas sobre un complejo Inca, alguno que fue el palacio de un Inca, y muchos que están en construcciones que declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Con mi mamá, caminamos sin piedad: a las 7am ya estábamos arriba, y no nos acostábamos hasta no haber caído rendidas de tanto ir y venir durante todo el día, casi sacándole chispas a las zapatillas. Con mi mamá paramos en piezas con baño privado y cenamos en lindos restaurantes, algo que hacía mucho no hacía.

Pero por sobre todo, estuve con mi mamá. Hablamos mucho, nos reímos, me reí de ella (debo confesar que en mi casa, mi mamá suele ser el punto de risa de muchas cosas, pero sabe que lo hacemos con amor), leímos, compramos souvenirs (para que ella lleve de vuelta a casa), sacamos fotos, lloramos, caminamos y caminamos, seguimos hablando, y me mimó. Mucho. =)

Cusco sin mamá

Se fue y todo cambió de repente. Esa noche dormí entrecortada, y los últimos minutos antes de que se vaya dormí apoyada sobre su pecho mientras ella estaba esperando que el taxi llegara a buscarla. Nos despedimos con un abrazo gigante, yo todavía con los ojos cerrados del sueño, y ella con lágrimas pidiéndome que me cuide.

Me desperté a las seis, a las siete, a las ocho. Finalmente me levanté, y era raro: la pieza para mi sola, no tener nadie con quien conversar, no tener nadie con quien bajar a desayunar. El mediodía llegó rápido, y me mudé a la casa-bar de un chico de CouchSurfing. Fuimos a almorzar para festejar el cumpleaños de un amigo de él, y lo acompañé a la inauguración del bar de un amigo. Mientras él ponía música, yo me senté a trabajar en la compu. Estaba como absorta, y nadie a mi alrededor se daba cuenta de mi presencia. O sí se dieron cuenta, y deben haber pensado qué hacía una mina sentada frente a una laptop, un sábado a la tarde, en la inauguración de un bar, mientras todos conversaban y escuchaban música y comían ceviche. Y yo, mientras tanto, no me daba mucho cuenta que pasaba a mi alrededor. Apenas podía concentrarme en lo que hacía, y cada vez que me acordaba de mi mamá y de que ya se había ido, se me llenaban los ojos de lágrimas.

No era la primera vez que alguien venía a visitarme y después volvía a su vida, pero esta vez fue diferente. No sé por qué, pero me pasa sólo con ella: suele ser la única persona a la que, apenas dejo de verla, extraño un montón. Para mi “extrañar”, así como la definición de echar de menos, no es un sentimiento lindo, no es algo grato; para mi significa sentir carencia de alguien, sentir la falta de estar con esa persona. Por eso no extraño, y por eso prefiero no extrañar. Si extrañara, no podría viajar. Viviría sintiéndome triste por no estar cerca de las personas que quiero, por no poder compartir tiempo con ellos más seguido, por no tenerlos al lado. Porque cada vez que extraño, lo único que hago es pensar en esa persona, en la ganas que tengo de estar con ella, y sólo se me vienen lágrimas a los ojos. Ese sábado que mi mamá ya no estaba más, estuve triste, apagada, pensativa, para dentro, ensimismada, con la cabeza en otro lado. Con la cabeza pensando en lo que estaría haciendo si ella seguiría ahí, en lo que habíamos hecho los días anteriores, en que sentía que no había disfrutado todo lo que podría haber disfrutado (lo cual no tiene fundamento, porque estábamos despiertas desde temprano en la mañana recorriendo, hablando, conociendo), en que no le había dicho cuánto la quería las suficientes veces.

Después que se fue mi mamá, me quedé diecisiete días más en Cusco (de los cuales cuatro los pasé en la selva), y seguí comprobando cuánto me gusta, cuánto me enamoró esa ciudad.

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Trabajé unos días en un bar (si se puede decir que trabajé, porque apenas iban cinco personas por día así que nos la pasábamos viendo películas con el otro chico que estaba ahí), me la pasé escribiendo todos los días siguientes a que volví del Manu, volví a caminar por San Blas -el barrio bohemio, que tanto me gustó-, fui a alguna actividad de los Hare Krishna, disfruté de las mañanas frescas y mirar la lluvia por la ventana en los atardeceres.

Me di cuenta que Cusco debe ser una de las pocas ciudades que me gusta con lluvia. Los adoquines mojados, la gente con paraguas, las luces amarillas de las casas y los faroles alumbrando entre medio de las gotas. Y no sólo me gusta: me encanta. Sobre todo, me encanta ese azul del cielo que todavía no es noche, con la lluvia sonando en los techos.

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Las ciudades me atrapan hasta que algo me hace irme, hasta que llega la señal de que es hora de continuar y moverse a otro sitio. Cusco no fue la excepción, me quedé hasta que los caminos se acomodaron y fue hora de seguir. Y me fue con algo claro: me había enamorado de una ciudad.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.