machu picchu

MACHU PICCHU, O A-VOS-YA-TE-CONOZCO

Desde que me acuerdo, Machu Picchu estuvo en mis sueños viajeros. En aquellas primeras ensoñaciones pensando en viajar, en qué otros lugares había allá afuera. Y claro, mostraban tanto las pirámides de Egipto y la ciudad incaica de Machu Picchu, que allá fueron los dos, a los dos primeros puestos del Top Ten Viajero. De hecho, creo que fueron los únicos dos por mucho tiempo, era chica (bastante chica) y todavía no leía blogs de viajes (capaz que ni había) ni revistas de viajes ni me imaginaba viajando (mucho menos sola).

Aunque todas las revistas de viajes, los suplementos de turismo, los rankings y los blogs de mucha gente digan que HAY QUE ir a Machu Picchu (tipo esos “diez cosas que hay que hacer antes de morir”), yo cada vez lo dudaba más, cada vez tenía menos ganas de estar en un sitio tan lleno de gente, tan repleto de turistas, tan excesivamente promocionado, tan visto en fotos y videos y Facebook y postales y revistas, tan mundialmente famoso, tan nombrado. Tenía miedo de llegar y que me pase lo mismo que me pasó con las pirámides de Egipto, lo mismo que (no)sentí cuando estuve en Uyuni. Yo quería sorprenderme, y tenía el presentimiento de que eso no iba a pasarme con Machu Picchu. Sin embargo, como con mi mamá nos encontramos en Cusco porque era un lugar que ella quería conocer, Machu Picchu venía en el paquete (no de agencia, sino en el paquete “viaje+Cusco+mamá”).

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Machu Picchu desde la cima del Wayna Picchu

A pesar de todo eso, de ese casi desgano o poco motivación con Machu Picchu, esa noche (ya en Aguas Calientes) me fui a dormir nerviosa, emocionada. Me acordaba que al día siguiente iba a conocer ese lugar con el que soñaba de chiquita, y se me salía la sonrisa de los labios y se me aceleraba el corazón. Como si al día siguiente tuviese una primera cita, como si me fuese a encontrar con alguien de quien me habían hablado mucho, y por fin iba a tener la oportunidad, después de tanto tiempo, de tenerlo frente a frente, de poder mirarlo y que me mire a los ojos. No sabía cómo iba a ser, qué esperarme. ¿Llegaría el bus y ya vería las ruinas? ¿Sería como abrir una puerta y ver todo el paisaje de repente? ¿Sería tan impresionante como me habían contado y había leído y escuchado? Al día siguiente lo sabría.

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Esto sí que no me lo esperaba: llamas pastando en las ruinas =)

Nos despertamos temprano para ir a la fila de los buses para subir a las ruinas, ya yo quería estar ahí temprano, ser de las primeras en subir y poder ver todo a mi alrededor con la menor cantidad de gente posible. Así que a las cinco de la mañana, todavía con el cielo estrellado arriba nuestro, llegamos a la parada, donde ya había una larga fila esperando. Evidentemente, había más de uno que había realmente madrugado.

Nos subimos en el cuarto bus, que iban saliendo uno atrás de otro. Veinte minutos después, llegamos a la entrada, donde estaban formadas pacientemente las sesenta personas que subieron antes que nosotras. Todos, esperando que abran el Santuario a las 6am. Cada paso que dábamos me ponía más nerviosa. Faltaba poco, cada vez menos. Pasamos la entrada, caminamos por el senderito junto con otros varios turistas. De repente, la ciudadela de Machu Picchu y el Wayna Picchu –la montaña puntiaguda que se ve atrás en la famosa foto de las ruinas- aparecieron antes mis ojos.

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Esto sí que no me lo esperaba: llamas pastando en las ruinas =)

No sé si alguna vez les pasó. Eso de haber visto tantas tantas tantas veces una foto, que cuando llegas al lugar, es como si ya hubieses estado ahí antes. Como cuando conoces a alguien de quien te hablaron muchísimo. ¿Nunca les pasó? Que te cuentan vida y obra de alguien, así que cuando lo cruzás, sentís que ya eran casi íntimos amigos (aunque ese alguien capaz ni sabe quién sos). Bueno, a mi con Mapi (si no le vamos a tirar flores, digámosle de forma cariñosa como la gente lo llama acá) me pasó eso: llegué y no fue un wooooow!!!, sino más bien un ahh. Así. Un “ahh, si, creo que te conozco de antes”.

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Esto sí que no me lo esperaba: llamas pastando en las ruinas =)

Las nubes flotaban sobre las ruinas, el sol no había aparecido y el pasto en los andenes todavía tenía el rocío de la noche. Hiram Bingham, un profesor estadounidense interesado en la cultura incaica, llegó a las ruinas en 1911, estableciendo el descubrimiento científico de Machu Picchu. Al año siguiente, regresó para estudiar el lugar en profundidad, con el apoyo económico de la Universidad de Yale y de la National Geographic. ¿Qué habrá sentido él cuando llegó a ese lugar del que nada sabía y todo suponía? Seguramente él sí se sintió maravillado, pequeñísimo ante ese lugar ¿Cuántas preguntas se le habrán venido a la mente? Decenas seguro. ¿Habrá estado sorprendido, maravillado, extasiado, incrédulo? Seguro todo a la vez. Yo, por el contrario, me sentía adentro de la postal.

A pesar de ese sentimiento encontrado, de ese no-sentirme maravillada, decidí disfrutar Machu Picchu sin más: subimos al Wayna Pichu, fuimos al Puente del Inca, nos sentamos en los andenes, charlamos con los cuidadores del lugar, subimos y bajamos, acariciamos un llama; hubo sol, hubo llovizna; conocimos gente. Y sobre todo, disfrutar Machu Picchu sin hacerme ningún cuestionamiento: sin renegar de tanta gente alrededor, aprovechar que estaba con mi mamá y recordar, sobre todo, que estaba en el lugar que primero me inspiró a viajar, el primero que siempre quise conocer y con el que primero soñé. 

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.