candados

LA PAZ, LA CAÓTICA

Evidentemente, el nombre de la ciudad no se lo pusieron por la atmósfera que se respira andando por sus calles, ni por la sensación que transmite. La Paz no se llama así por ser una ciudad tranquila, ni porque lo haya sido hace casi 500 años, cuando fue fundada. A veces siento que, para ser honestos con el ritmo de la capital de Bolivia, habría que cambiarle el nombre: yo le pondría La Caótica.

La Paz rebalsa: de gente, de tráfico, de comercios, de turistas, de bocinas, de restaurantes, de museos, de buses, de taxis, de edificios,de tiendas de souvenirs, de casas. Y de más tráfico y más gente. Aunque la ciudad en sí (sin contar El Alto, que es otra ciudad, pero debido a su gigantesco crecimiento, ya quedó unida a la capital) no llega a los dos millones de habitantes, el movimiento constante que hay por sus calles hace parecer que los millones son varios más.

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Después de un mes sin pisar prácticamente ciudades más que lo justo y necesario -el punto de partida y llegada para otros lados, base para dejar mochilas, y para trabajar-, estando en pueblitos tranquilos, relajados, y más en contacto con la naturaleza, instalarme en La Paz para ponerme al día con tantas cosas -trabajo, blog, fotos, estudio, lavado de ropa- era una buena idea, aunque dos o tres días después, algo cambió: empecé a sentir el encierro de estar en un departamento y el no sentir el aire correr en la cara, no poder  abrir el cierre de la carpa e ir a hacer pichi a cualquier lugar que fuera un baño en potencia, sentí la ausencia de silencio (o la abundancia de ruidos), me sentí apabullada por el caos de tantos buses y minibuses y trufis y taxis tocando bocina, me sentí contrariada esquivando tanta gente en las calles, me empecé a sentir mareada -y cansada- de estar tanto rato en la compu en vez de estar caminando al aire libre.

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Por lo menos está era la vista que tenía desde la casa cada vez que me sentaba a escribir… =)

Sin embargo, tengo que admitir algo: me produjo cierta ambigüedad. A pesar de su frenético movimiento, de sentirme abrumada y de querer irme cuanto antes, tiene un costado atractivo, llamativo. Ese que me hace querer salir a recorrerla una y otra vez, a caminarla en búsqueda de algo nuevo, de otros rincones, de más fotos, de nuevas historias. La Paz tiene, como ninguna otra ciudad en Bolivia, una mezcla de todo lo que ya había visto por separado en diferentes partes del país: mercados,  bares con onda, oferta cultural, movimiento, arte callejero, museos, miradores, una prisión en pleno centro, callejones, caminatas para hacer en los alrededores, esoterismo, movida extranjera.

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mercados + arte callejero + amor =)

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Caminando por la ciudad encontré desde mercados populares (donde la gente va a almorzar por sólo 10bs un plato gigante) hasta decenas de restaurantes y bares de dueños extranjeros (y con el estilo correspondiente); desde transportes públicos abarrotados de gente, tocando bocina en todo momento (cuando digo en todo, es literalmente en todo momento) hasta calles silenciosas y arboladas que me hacían acordar a Providencia en Santiago de Chile; desde lustrabotas con la cara cubierta con pasamontañas y gorra (años atrás, se lo veía como un trabajo indigno y no querían ser reconocidos) hasta paceños que salen todas las noches a cenar afuera; hay tiendas de diseño a metros de locales de pollo broaster y mendigos; a las seis de la tarde (el horario en el que muchos salen de trabajar y las calles se llenan de colegiales) los buses se acumulan en fila en las calles, y el sol desaparece sin que nadie lo note.

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Aunque la zona -Obrajes primero, y Calacoto después zona sur- donde yo estuve parando las dos semanas que estuve en La Paz es más linda, moderna y cuidada, muchas otras partes de La Paz siguen ese patrón que vi todos estos meses en Bolivia: edificios a medio terminar, paredes descascaradas, pinturas una arriba de la otra, veredas rotas, basura en la calle, autos rechinchando, buses sucios. ¿Por qué?, le pregunté a Cris, la chica que me estaba hospedando. ¿Por qué a la gente no le importa cuidar sus casas, sus negocios, sus autos? Y ella me contó la teoría de las ventanas rotas. Resulta que hicieron experimentos, y basta con que una o dos casas empiecen a estar descuidadas (los vidrios rotos, las paredes descascaradas, las veredas sucias) para que el resto de las casas de la cuadra empiecen a “copiar”. Y, aunque cueste más, pasa lo mismo a la inversa: si una o dos casas empiezan a estar más arregladas, con el resto -y el tiempo, va a pasar lo mismo. Una cuestión de imitación, digamos.

Y a mi me pasa lo mismo, pensé. Pasándolo a nivel personal, yo cambio un poco según donde estoy. Cuando estoy de viaje, ni pienso que me pongo, si combina, o si la ropa está un poco sucia. En cambio, cuando estoy en casa, me visto mejor, me arreglo más.  Me pongo más coqueta, por así decirlo. Me acuerdo cuando me fui a estudiar a Córdoba, cómo cambió mi forma de vestirme: ir a una universidad donde siempre veía chicas bien vestidas, me empezó a hacer cambiar mi forma de vestirme, y pasé de los joggins que usaba todos los días, al jean y botas (por lo menos en invierno). Sin darme cuenta siquiera, imito lo que pasa a mi alrededor, me acoplo a lo que me rodea.

Cada ciudad, como cada uno de nosotros, tiene diferentes facetas, que se adaptan a quien la miran, el momento, la ocasión y el lugar. Mutan -y vamos mutando- según la hora, nuestro ánimo, lo que nos rodea y, sobre todo, quien la mira -y nos mira-.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.