CON LOS COLORES DE LA PACHAMAMA

Recuerdo que una tarde en Sucre, caminando por el centro, entré a un museo, atraída por la galería de arte. Entre pinturas de naturaleza muerta, retratos y paisajes, vi una pintura, sola, en el medio metro de pared que separaba una sala de otra. Me llamaron la atención sus colores fuertes, vibrantes; sus figuras que evidentemente -sin ser literalmente figurativo- reflejaban montañas, personas, el sol. Me quedé embelesada. Mientras yo estaba ahí parada, pasó una pareja, y ella, muy española, le dijo a él, mientras señalaba la pintura que yo veía: “Él ese Mamani Mamani, uno de los pintores más famosos de Bolivia”.

pintura mamani mamani

Diganme si no es hermoso…

Unos días después, me enteré que él, el artista, tenía su casa en La Paz, y que hasta era posible encontrarlo. Una de esas tardes caminando en la capital boliviana, de repente choqué con una galería de arte. No tardé en darme cuenta: era la Centro de Arte de Mamani Mamani. Lo había encontrado sin darme cuenta. Entré, y en sus salas había mucho más que pinturas: había esculturas, tallados en madera, postales, tazas, dibujos, calendarios. Y las pinturas, al óleo, en pastel, con acrílicos, eran de todos los tamaños: desde cuadros que se podían agarrar con una mano, hasta telas de dos metros por dos metros.

Mientras miraba los cuadros en un y otra sala, entró una pareja, después un chico solo. Al rato, un señor boliviano con una mujer muy elegante , con acento caribeño. Por su conversación, caí en la cuenta enseguida: el señor no era ni más ni menos que Roberto Mamani, o Mamani Mamani, como firma sus obras. No podía creerlo, estaba ahí, el artista que me había fascinado con sus pinturas. Y mucho menos pude creerlo cuando, después que terminó de hablar con la chica, lo saludé, le dije cuánto me gustaba lo que hacía, y me invitó a pasar a conversar a su taller.

Centro de Arte Mamani Mamani

Una de las salas en el Centro de Arte Mamani Mamani.

En ese rato de conversación, Mamani Mamani me contó que él nunca estudió Arte, sino que la persona que lo formó como artista fue su abuela. Ella, quien sólo hablaba aymara, fue quien le transmitió el respeto al aire, al fuego, a la tierra y al agua, y le enseñó algo que hoy es fundamental –y una de sus marcas personales- en sus obras: que los colores fuertes ahuyentan a los malos espíritus. Así, aunque lo hayan tratado de encasillar en estilos como “naïf” o “primitivista”, él considera que no puede pertenecer a eso. “Lo mío es mi cultura, mi identidad, mi forma de ser. La base de mi trabajo es la cosmovisión andina: yo me considero aymara, y mi arte representa eso. Mis cuadros son como un agradecimiento a la Madre Tierra.”

Se nota que él encontró como plasmar ese amor y respecto por su entorno desde muy pequeño. A los ocho años comenzó a pintar, y ya a los quince se convirtió en profesional, de la mano de un premio de la UNESCO. Pero su reconocimiento no terminó ahí. Después fue galardonado con el Premio Murillo, el que lo hizo saltar a la fama. Gracias a él, Estados Unidos lo invitó a ocho estados a hacer exposiciones de sus obras, y desde ese momento no dejó de viajar. Así, ha expuesto sus obras desde Perú y México hasta Estados Unidos y Canadá, desde Alemania o Dinamarca hasta Japón. También ha estado en Argentina: hace unos dos años, fue invitado por un colegio privado de La Plata para, durante dos semanas, trabajar con todos los cursos enseñándoles a pintar.

mamani mamani

Roberto con una de sus obras en su taller.

Cuando ya sentía que le estaba robando mucho tiempo, le agradecí, salimos de su taller y fuimos a la sala de venta, que da a la calle. Ahí, mientras él compraba sandía a una mujer que pasó vendiendo, yo elegí una  postal;  aunque no me gustan los souvenirs, esta vez era diferente. Me la pidió para firmarla, y de repente sentí que me miraba demasiado: cuando me la devolvió, me había hecho una especie de retrato, muy a su estilo. Me saludó y se fue corriendo, con cuadros y postales bajo el brazo. Y yo, me quedé mirándolo, mientras se hacía cada vez más chiquito en el callejón. No podía creer que había entrevistado a un artista que admiraba tanto.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.