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DEL ALTIPLANO A LAS YUNGAS, A PIE: Parte II

Día 3: pasados por agua

Quién lo hubiese dicho: el día amaneció con un sol increíble. La noche anterior, después de cenar y descansar un poco, salí a sacar fotos a las estrellas, pero estaba totalmente nublado. Así que esa mañana estábamos felices de tenes sol. Tanto, que nos lo tomamos bien relajados. Después de desarmar la carpa, nos bañamos en la cascada que había unos metros más allá, yo lavé ropa, estiré un rato en el pasto, le dimos 5bs al señor que nos vino a cobrar por usar el espacio (aunque no habíamos usamos ninguno de los servicios), desayunamos avena con manzana y té, y saludamos a cuanta persona pasaba (turistas y porteros).

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Despertando…

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Mariposa por aquí…

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y por allá

Veinte minutos antes del mediodía -nos tomamos la mañana tranquilos, lo dije-, ya teníamos las mochilas listas para empezar a caminar. Ni media hora más adelante, encontramos un claro donde podríamos haber acampado, frente al río y sin nadie a la vista. Queda marcado para la próxima.

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Oruga en el camino

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Las libélulas increíbles que tenían alas violetas cuando las agitaban

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Cruzamos el puente, y el camino empezó a subir. Tranquilo, pero en subida. Cada vez estábamos más arriba, pero era tanta la vegetación, que no se veía nada del otro lado. Y cuando se veía, eran puras montañas verdes, y el río corriendo abajo, lejos. Cruzamos Buena Vista (no en vano le pusieron el nombre), otro de los lugares de pernocte, pero decidimos no parar a almorzar: no teníamos hambre, y queríamos separarnos de los otros grupos. Sin embargo, el tiempo que ganamos, lo perdimos cuando encontramos una cascada: éramos dos nenes chapoteando en el agua.

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Detalles, en el parador de Buena Vista

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La cascada que encontramos en el camino y donde no dudamos en meternos

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Frescos, con la ropa medio pegoteada en la piel húmeda, seguimos andando. Y un poco después, la humedad en la piel fue constante: se largó a llover y no paró más. Suave, pero constante. Mi impermeable ya no cumplía más su función, mi mochila estaba empapada, tenía la clavícula roja por lo mal que me había hecho la tira de la mochila el día antes, la espalda me empezó a doler mucho y los escalones de piedra en subida que no hacían más que empeorar las cosas.

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Donde fuego hubo, cenizas quedan… y crecen plantas =)

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Y ahí, una casa

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Ya eran las cuatro de la tarde, y a esa altura, la lluvia era lo que menos me importaba: ni siquiera tenía la capucha puesta. Quería llorar, mi espalda no daba más, era un dolor punzante y penetrante al lado de la columna; realmente necesitaba sacarme la mochila y poder descansar. Pasamos por Bella Vista, pero no tenían lugares de camping con techo (con lo que llovía, esta vez sí pagábamos por un techo para nuestra carpa) y todavía quedaba un rato de luz.

Caminando con el tic-tic-tic de las gotas cayendo sobre mi impermeable, y con repitiéndome cual mantra nomeduele-nomeduele-sólounahoramás-sólounahoramás, encontramos una casa abandonada (en realidad, más que abandonada, creo que el dueño no estaba en ese momento), y luego de cerciorarnos que estaba todo con candado, saltamos la valla y empezamos misión-acampe. Buscamos leña, colgamos toda la ropa húmeda en sogas que enganchamos entre dos palos, nos pusimos ropa seca, armamos la carpa, prendimos (y luchamos toda la noche para mantenerla encendida) una fogata, preparamos té y cocinamos. Cuando se acabó la leña, entramos la ropa a la carpa (en vez de mojada, con olor a humo), y nos dormimos sin pensar en lo que nos dolían las pantorrilas y la espalda: mañana era nuestro último día.

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La vista desde donde acampamos

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Por fin, techo. El fuego, nuestro compañero de la noche.

Día 4: la recta final

-Levantémonos temprano, así nos vamos antes de que empiece a llegar la gente.

Eso habíamos dicho la noche anterior, así que pusimos el despertador del celular a las 7am.

Nos levantamos temprano, pero no fue suficiente: mientras nos cepillábamos los dientes y armábamos las mochilas, empezó a pasar gente. Era un grupo de alemanes y suizos, gente mayor, que estaban haciendo un tour por Chile, Bolivia y Brasil durante veinte días. Quince personas con otros casi quince porteros (las personas que, cual mulas, cargan con todo), el guía que traían desde allá y el guía de acá. Muchos hablaban español, y estaban felices -aunque cansados- haciendo el trekking. Qué lindo no perder el espíritu de aventura. Cuando veo gente de 40, 50 o 60 años todavía con mochilas al hombro, o viajando por su cuenta, o en el medio de la montaña, se me hace una sonrisa: no hay que ser joven para hacerlo, todo depende de uno.

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Mientras ellos seguían caminando y los porteros descansaban un rato mientras mascaban coca o fumaban un cigarrillo, nosotros empezamos lo que era el final: en algo así como tres horas, teníamos que llegar a Chairo, el pueblito donde termina el camino. Sin lluvia ni sol de por medio, pasamos por Sandillani, el último lugar de pernocte (repletorepletorepleto de gente, así que estábamos felices de haber acampado antes), donde vivía Tamiji Hanamura, un japonés que llegó a la zona en 1958 y falleció hace menos de dos meses.

Cruzamos rapidito el lugar, y seguimos bajando. Después del mediodía, aparecimos por entre los árboles en medio de un calle de apenas unas cuadras de casas decoloradas. Compramos pan en el kiosco y nos hicimos unos sándwiches. Aunque no eran nada especial, fueron cinco estrellas comparados con los que estaban comiendo los otros, y el broche de cierre a cuatro días a pura caminata.

Datos útiles

* Para hacer el trekking del Choro, se puede ir en tour o de forma independiente. La primera, yo lo recomendaría para gente mayor, que no puede cargar tanto peso en los hombros tantas horas, o si se tiene problemas en los meñiscos (salvo 1 o 2hs, es TODO bajada, y mucho en piedra). Si se quiere por cuenta propia, el camino está perfectamente marcado.

* Para llegar a la cumbre, tomar un bus que valla a Caranavi desde el terminal de Villa Fátima, y pedir que nos dejen en La Cumbre. Cuesta 15bs, y demora hora y media.

* Llevar provisiones suficientes: aunque hay comida, es escaso y cuesta tres veces más que en La Paz. Fideos para la noche, avena y frutas para el desayuno, frutos secos como ración de marcha, pan con queso, atún, tomate para el mediodía, chocolate, pueden ser buenas opciones. 

* Respecto al agua, al caminar todo el tiempo al lado del río, se puede cargar la botella en cualquier lado donde se note clara y que corre (una cascadita por ejemplo). Cuando empieza a meterse en la yunga, mantener las botellas cargadas porque hay que esperar cruzarse una cascada, ya el río no está cerca. 

* Hay lugares de acampe que cobran 10bs por carpa, aunque se pueden encontrar sectores más aislados, sin gente y gratis =) También tienen camas, y cuentan con agua, baños y comidas algunos.

* El trekking demora de dos a cuatro días: en general, la gente lo hace en tres días porque empiezan desde Abra Chucura (la parte que conté no muchos hacen a pie) o van en tour y tienen porter que les llevan las moochilas. Para hacerlo en dos días, hay que ir muy liviano, tener entrenamiento y caminar y caminar sin parar. Nosotros preferimos ir despacio, disfrutar el camino, sacar fotos, hablar con la gente, y tomarnos cuatro días (fueron tres y medio en realidad, al mediodía ya habíamos terminado).

* Una vez en Chairo, hay movilidades hasta Coroico, hay que esperar que se llene un mini-bus (20bs por persona, 1h), enganchar un tour y preguntar si nos pueden llevar (como hicimos nosotros). Unos kilómetros más adelante de donde termina en sí, salen más buses a Coroico y La Paz. 

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.