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DEL ALTIPLANO A LAS YUNGAS, A PIE: Parte I

Del altiplano a las yungas. Un camino prehispánico. Cincuenta y siete km que descienden más de 3000 mts. Pasar de cumbres nevadas, granizo y lagos, a vegetación tropical, cascadas y lluvias. Tres días de caminata, acampando en las noches, pocos turistas, tomando agua del río, cocinando fideitos para la cena y respirando aire puro. Eso era lo que esperábamos cuando decidimos hacer el trekking del Choro. Aunque los tres días se convirtieron en cuatro, lo de los turistas fue una falsa -e ilusa- expectativa nuestra, y nuestras espaldas quedaron bastante constracturadas (y nuestras piernas, sin querer más caminar por unos días), el trekking fue lo que necesitaba hacía varios meses: naturaleza, movimiento, ríos, silencio.

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Día 0: acampando en la neblina

Después de armar la mochila (íbamos a llevar una grande para los dos), desarmarla (nos dimos cuenta que era demasiado pesada) y reacomodarla en dos mochilas (una para cada uno), nos tomamos un bus a Villa Fátima, el barrio desde donde sale el transporte a las Yungas y la selva. Aunque nos dijeron que nos dejaban en el terminal, nos bajaron diez cuadras antes. O eso nos dijeron que nos faltaba, diez cuadras en subida. Pasamos por la calle donde estaban los taxis, y huimos cuando nos dijeron que nos cobraban 230 bs para ir hasta la Cumbre, el lugar donde empieza el trekking, la parte más alta de la ruta La  Paz-Coroico. “Ya no salen buses a esta hora”, nos decía uno de los taxistas. Imposible que paguemos eso. Nuestra idea había sido salir en la tarde para poder caminar un poco antes de acampar, pero se nos había hecho la noche: eran las 8:30pm y recién estábamos buscando cómo llegar al lugar donde empieza el trekking.

Seguimos caminando, y apenas entramos en el parqueo del terminal, un señor nos ofreció pasaje. Quince bolivianos cada uno, y una hora y media después ya nos estábamos bajando en el medio de la ruta, de la neblina, de la noche, del viento frío y de la llovizna fina. Con ese panorama, yo no quería saber nada de caminar: tenía frío, estaba súper húmedo y yo no daba más del cansancio; lo único que quería era dormir. Así que eso hicimos, carpa y a dormir.

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La Cumbre

Día 1: de La Cumbre a algún lugar entre dos ríos

Abrimos la carpa, y abajo, al lado de la ruta, tres combis y tres docenas de turistas elongaban y se alistaban, mientras los guías bajaban las bicis: iban a hacer el Camino de la Muerte, esa ruta que une La Paz con Coroico, y dicen es una de las más peligrosas del mundo. Nosotros, felices de no estar con la masa, de poder hacer el camino a nuestro ritmo, de poder tomarnos el tiempo que quisiéramos, de andarlo a nuestro ritmo.

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La cabaña de los guardaparques, en el ingreso del Parque Nacional Cotopata.

No muchos hacen esa parte, caminar desde la entrada del Parque Cotopata hasta Abra Chucura, el punto más alto del trekking. Los que nos cruzamos, venían en tour y los habían dejado arriba (ahorrándose por lo menos hora y media de caminata) o venían súper livianos de mochila. Sin embargo, es una de las partes que más me gustó del recorrido, que me pareció más diferentes al resto, más tranquila y que más marca la diferencia con el lugar donde se termina. Menos mal que anoche llegamos tarde y acampamos abajo, pensé, nos habríamos perdido toda esta parte. Todo pasa por algo. 

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Un poco después de pasar el refugio del Parque, donde hay que inscribirse y el guardaparque explica el recorrido del trekking, las montañas, el camino empieza a subir hasta llegar a un plano que parece un mirador: hay una panorámica gigante de lagunas, cumbres blancas a lo lejos, pastizales amarillos y nieve -a pesar de ser noviembre- al costado del camino.

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Una vez que se llega a Abra Chucura, el punto más alto del trekking a 4860 msmn, el camino es todo en bajada, un sendero pre-hispánico entre las nubes que, cuando llega a la parte del valle, atraviesa un tambo de épocas  incaicas, casas de piedras, nenes que piden caramelos (¿?) (me hacía acordar a Cuba..), ovejas descansando en su cerco de pircas, la Estancia Samaña Pampa donde hay que registrarse, una pareja de llamas cortejándose (que eran demasiado tiernas, se movían al son como si estuviesen sincronizadas), la comunidad de Chucura con más casas con candados que personas, y siempre el río a un costado.

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Los guardaparques, sacándonos fotos para los folletos, cuando llegamos a Abra Chucura.

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Ave de la zona.

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Ruinas

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Un lugareño que nos cruzamos en el lugar.

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Nubes…

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…y más nubes en el sendero

Ese día estuvo frío; al principio yo andaba incluso con gorro de lana. A pesar de que andando se entra en calor, la calza debajo del pantalón, las polainas, y el polar hacían falta. Además, el cielo estuvo todo el día blanco: ya no eran nubes, era como estar en una gran caja que la habían tapado con una tela blanca. Al final de la tarde, cuando parecía que en esa gran tela blanca se hacía un agujero y el cielo celeste se asomaba, salimos de Chucura y nos cruzamos una cholita con sus llamas: nos pidió desde caramelos hasta pan, pasando por plata por si habíamos sacado fotos a sus llama.

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Ya la hora nos pisaba los talones, la bruma empezaba a bajar y la luz a desaparecer. Encontramos un claro en una colina al costado del río y terminamos de acampar con linternas. Aunque ese día se suponía que tendríamos que haber llegado más lejos (habíamos tardado 8hs en hacer lo que se supone demora sólo 4), nosotros estábamos felices: nadie nos corría para llegar a ningún lado.

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Cerca del atardecer, el cielo se abrió al fin.

Día 2: bajando a las Yungas

Abrí la carpa y vi mucho de lo que no había visto la noche anterior por la bruma: una montaña verde frente nuestro, otro río corriendo más abajo (había otro del otro lado, que habíamos cruzado para llegar ahí), el camino de piedra que se escurría por la montaña y el aire envuelto entre la neblina la bruma.

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Ahhhh acampe cinco estrellas!

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De repente, empezó a salir el sol y el aire empezó a calentar, así que fuimos a bañarnos a las mini-cascadas que se formaban en el río. El agua estaba demasiado helada para mi gusto, así que sólo me limpié rápido y lavé mi remera mangas largas. Grave error: cuando empezamos a desarmar la carpa, se nubló todo y empezó a lloviznar y a hacer más frío. Pero frío enserio: de vuelta calza, pantalón, polar, guantes. Incluso, me tuve que poner la remera recién lavada. Que el calor de ir andando la seque.

Ese día el cambio fue, como dice el dicho, de la noche a la mañana. El día anterior estábamos caminando por paisajes altiplánicos, y ahora entrábamos a las yungas, la selva de montaña. En el medio, cholas con sus hijitos y llamas entre el verde que empezaba a tomar altura al costado del camino de piedras y pasto. Al mediodía dejó de lloviznar, y después de cruzar Challampampa la vegetación alrededor nuestro se hizo poco a poco más tupida: helechos, nogales, cedros, cantos de pájaros constantes (como los pajaritos de las casas, uno que parecía una hamaca rechinchando), mariposas azules y blancas y negras y amarillas y marrones revoloteando, babosas y cienpies en el piso.

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Llegando a Challapampa

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Por momentos, parecía que caminábamos entre las nubes: todo era blanco, y cuando se despejaba -como si alguien estuviese borrando un gran papel-, aparecían las montañas verdes del otro lado del valle, el río corriendo abajo, y vertientes brotando de las laderas.

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El sendero, y la pared adornada por grafittis (¿por qué alguien lleva un aerosol hasta ahí..?)

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Ese día, cansados de ver tanta basura (si Hansel y Gretel se guiaban por las migas de pan, acá uno sabe que va bien porque sigue la basura) empezamos a levantarla. Enserio, era demasiado: desde palitos de chupetín y papelitos de caramelos, hasta latas, pasando incluso por pañales (¿?) (eso sí que no lo juntamos). Quería creer que a algunos se le caía la basura sin darse cuenta, pero ya era excesivo: ¿cómo podía ser que la gente no sea capaz de guardarse un papelito en un bolsillo para tirarlo después? ¿Cómo puede ser que no les importe, que no les interesa cuidar un poco el medio ambiente? No cuesta nada cargar una bolsita con basura…

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 Esa noche, nuestra idea de acampar en un lugar sin gente, no parecía posible: todo el sendero era montaña de un lado y pendiente llena de plantas del otro. Sólo cuando llegamos a  Llegamos a Choro, un lugar de pernocte, y vimos un quincho, una casita y ya algunas carpas instaladas un poco más arriba. Abajo nuestro, un área plana separada del resto. Si miramos para el otro lado, parece que estamos solos, le digo.

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Plantas gigantes…

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Vertientes por el camino

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Helechos rojos

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Y más tarde, cuando miramos para arriba, el cielo estaba lleno de estrellas.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.