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VEO VEO #6: UN ENCUENTRO INESPERADO

Yo sabía de él, pero no esperaba verlo. No ahí. No sabía que iba a encontrármelo. No estaba en mis planes. Pero pasó.

Una tarde me lo encontré. Quedamos de frente, cara a cara. Él y yo. Él era tan grande, tan imponente. Su piel se veía suave, dorada bajo el sol cálido del otoño, que nos calentaba la piel. Apenas cruzamos miradas, supe que había hecho lo correcto: me encantó al instante, fue amor a primera vista. Me sentía tan cómoda con él -y en él-, que no hacían falta las palabras, el silencio bastaba para entendernos. Todo estaba claro desde el principio, no tenía secretos para mí, yo no tenía secretos para él, podía verlo todo aunque -irónicamente- sé que nunca terminaría de conocerlo.

Pasamos la tarde juntos, él y yo. La noche también; eso lo supe incluso antes de conocerlo. El cielo negro lo descubrió de otra forma: más profundo, más surreal, más brillante. La luz de la luna me dejaba entrever su forma, sus contornos. Esa noche dormimos juntos, él y y yo, mirando las estrellas titilar como pocas veces, contando estrellas fugaces.

Al día siguiente, no quería irme. Sabía que era demasiado pronto. No todavía. Quería un día más y una noche más con él. No se resistió demasiado, aceptó enseguida. El sabía que lo necesitábamos, que necesitábamos más horas juntos. Ese día me mostró  otras caras suyas que no me esperaba. Me encantó también: se veía más vida en él, su cara se llenaba de otros colores, de su piel brotaban otros aromas. Y esa noche no hubo estrellas, pero hubo nosotros. Nos quedamos dormidos mientras la fogata se consumía lentamente, así, piel con piel, sintiendo el viento fresco pegarnos en la cara.

Esa mañana nos levantamos temprano, queríamos ver el amanecer. El sol se asomaba dorado por entre los árboles y las nubes, mientras la luna todavía estaba arriba, bien arriba. Después del desayuno nos despedimos; ahora sí, tenía que irme. La vida sigue, a mí me esperaban en otros lados, él se iba a quedar ahí para siempre. Nos despedimos, nos contemplamos por última vez, me subí al jeep y me fui, dejándolo atrás.

Escuché un susurro, y presté atención. Era un idioma raro, pero estoy segura que entendí lo que me dijo: “volveremos a encontrarnos, eso lo sé. Acá o en otro país, de jóvenes o de viejos, pero volveremos a vernos”.

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Yo también lo sabía: esa había sido mi primera, pero no mi última vez en el desierto.

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Este post forma parte del ¡Veo Veo!, un juego donde el 15 de cada mes, los que participamos escribimos sobre un tema escogido previamente. ¿La idea? Volver a ser niños durante un rato, una excusa para conocer otros lugares, historias, viajar a otros lugares sentados en casa de la mano de otros viajeros. ¿Te interesa? Unite al grupo en Facebook, donde elegimos el tema y posteamo todos los veo-veos. Además, podés seguirno en Twitter con el hastag #veoveo.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.