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A FUEGO LENTO

Una tarta de verduras hecha con espinaca recién sacada de la huerta, y cocinada en horno de barro.

Un té de cedrón y menta que hay que dejarlo reposar más tiempo de lo normal, porque el cedrón y la menta los cortamos del jardín.

Una ensalada de espinaca, menta, tomate y rabanitos, que ni lavamos porque la lluvia acaba de hacerlo.

Una casa de adobe y botellas de vidrio, donde la luz se cuela como si fuera un vitraux. Hamacas paraguayas colgando de poste a poste. Troncos como asientos. Lajas como mesitas.

Mezclar harina, agua, un poquito de aceite, orégano y sal, amasar y amasar. Poner los pancitos recién hechos a cocinar en el sartén. Llevarlos a la mesa y desayunar al aire libre.

Bañarse con agua caliente por el sol, por los paneles solares que están en el techo.

 Ir de la cocina al jardín sin tener que abrir una puerta.

 No usar reloj, porque la hora poco importa.

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Hace rato lo digo: si algún día tengo una casa -mi casa-, voy a tener una linda (perdón, hermosa) huerta, un jardín con muchas plantas  y árboles frutales y hierbas aromáticas y flores. Voy a plantar las semillas, cuidar que crezcan, regarlas si la lluvia no fue suficiente, sacar la maleza, y disfrutar su perfume cuando camine entre los surcos de tierra. Voy a ver qué está a punto y de qué tengo ganas ese día. Voy a usar lo que esté ahí, en mi huerta, para la ensalada, para el té, para la tarta, para el salteado de verduras, para la salsa de las pastas, para el sándwich, para la torta.

Voy a tener una casa llena de vidrio, de luz, de colores, de aire, de espacio. Un escritorio donde pueda sentarme a escribir mirando el patio, el verde, la luz. Una hamaca donde recostarme a leer escuchando el ruido de los pajaritos y quedarme dormida sin darme cuenta.

Aunque lo de la ducha caliente por el sol pasó en Torotoro, todo el resto fue en Samaipata. En contacto con la naturaleza, levantarse cuando el sol calentaba la carpa, caminar entre huertos, charlar sentada en la arena roja del río. De volver a lo natural.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.