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DE FIESTA AL CEMENTERIO: Parte II

El viernes, la historia fue otra.  Ya en La Paz, sin él (ya no hay más viaje con él por ahora), Cris (la chica que me hospedada), me dijo: mañana es 8 de noviembre, se festeja el Día de las Ñatitas, van todos al Cementerio General con calaveras a darles ofrendas. Yo la miraba con cara mezcla de confusión y risa, y ella, riéndose, me aclara: suena raro, pero es divertido, te cuentan historias, te hablan como si la persona estuviese viva. Resulta que el rito de las ñatitas es precolombino y está relacionado a la festividad de Todos los Santos, sobre la visita del ajayu.

Así que al día siguiente al mediodía, fui para allá. Cuando llegué, el Cementerio General rebalsaba de gente: policías en la puerta revisando mochilas y aguayos para controlar que nadie entre alcohol, vallas ordenando la entrada, cholas con sus polleras de todos colores vendiendo cigarrillos o velas blancas u hojas de coca o pétalos de flores amarillas, rojas y blancas en las veredas, y montones de gente entrando y saliendo.

Calaveras for real y estilo.. ¿Star Wars?

Calaveras for real a la izquierda, y a la derecha, estilo… ¿Star Wars?

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Entré, y me quedé parada mirando alrededor: señores de traje tocando música y parejas bailando en el medio, una mujer parada con tres ñatitas en urnas de madera, muchas mujeres sentadas con sus ñatitas apoyadas en un cartón lleno de pétalos de flores blancas y hojas de coca, turistas sacando fotos, policías dando vueltas, algún chico filmando lo que pasaba, dos mujeres intentando pasar con una urna doble, ñatitas con lentes de lectura o algodones en los huecos o chulos de lana o cigarrillos ardiendo, gente circulando entre los pasillos con bolsitas para ofrendar. Y mucha confusión de mi parte. No sabía por dónde empezar a mirar, qué hacer, si podía sacar alguna foto, si cuando quisiera acercarme a hablar debía preguntar quién era o quién es esa calavera, si la gente iba a contarme alguna historia, si estaba bien que yo ande ahí metida.

Ya fue, me dije, vergüenza aparte. Había unas señoras que estaban uniformadas y a ellas les pregunté por las fotos. Se puede, me dice una, pero acércate a preguntarles quién es, y si puedes sacarle foto, por una cuestión de respeto.

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Ñatitas con sus apxatas, o mesa con ofrendas.

Me acerqué a la primera mujer que tenía enfrente, la que estaba parada con su ñatita en las urnas de madera. ¿Cómo se llama?, le pregunto. ¿Se llama o se llamaba? me digo para mis adentros. Guillermo, me responde. Era mi tío, me aclara. Y cuando le pregunto por la foto, me dice que sí enseguida, sin siquiera pensarlo, como si estuviese acostumbrada a que en esta fiesta, las fotos son moneda corriente.

Todavía con vergüenza de sentirme un poco paparazzi sacando fotos, seguí caminando, casi dando vueltas en círculo. Creo que después de un mes acompañada, y que era siempre él quien preguntaba si necesitábamos algo y empezaba conversaciones y hacía reír a las mamitas, pasar a estar sola de nuevo y ser sólo yo la que puedo iniciar una conversación, me dejó expuesta: me volvió a poner en ese lugar donde si quiero saber lo que pasa y hablar con la gente y divertirme y sacar provecho del lugar y de lo que estoy viviendo, simplemente tengo que olvidarme de la vergüenza, poner la mejor sonrisa y empezar a hablar: la conversación va a salir sola.

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Música para las ñatitas.

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Parece canchero, ¿no?

Le saqué fotos a un señor que parecía estar bendiciendo, a unas cosas humeantes con olor a incienso que había en el piso, a unas señoras y un señor sentados en un banco y decidí volver a hablar con esa señora que había visto sentada en el piso un poco antes con dos chicas y dos ñatitas: que más daba, a lo sumo me decía que no podía sacarle fotos. Me agaché y le pregunté quiénes eran, y automáticamente, para mis adentros volvió a surgir la misma duda: ¿quiénes eran o quiénes son, tengo que preguntar?

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Uno de los tantos grupos musicales que, por algunos bolivianos, le cantan a las ñatitas.

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El señor de las bendiciones.

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Ella también me dijo que sí a las fotos. Entonces está todo bien, me digo. Seguí caminando, y llegué a una esquina, donde había muchos músicos, una señora vendiendo coca y cigarrillos. Donde doblada al pasillo, a la izquierda había unas familias en el piso comiendo, y a la derecha, un poco más allá, una ñatita en su altar esperando por (más) ofrendas. Estaba casi tapada por tantas coronas de flores, arriba y al costado, pan, dulces, pasankalla, velas. Miguel se llama, me dijo Ángel, el señor con quien me puse a hablar. Es milagrosa, agregó, sonriendo, como tratando de convencerme. Y me contó que él trabajaba en la Alcaldía, y lo despidieron el Día de Todos los Santos, le rezó a su ñatita y al día siguiente le devolvieron el trabajo. Y a su mujer, igual: le robaron toda la mercadería de su negocio, y el depósito le devolvió todo en efectivo. Es fe, remató.

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Con ustedes, Miguel.

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Mientras me contaba, su mujer me extendió una bandejita de plástico con comida. Porque además, Ángel era el que invitaba la fiesta este año para esa ñatita. Ah, sí, porque cada año, se van turnando, y alguien diferente del grupo invita todo: comida, cerveza, bebida. El mismo que tiene la ñatita todo el año en su casa, para que lo proteja de ladrones, le traiga prosperidad, salud, trabajo. Tienen la calavera en una urna en un altar, y todos los lunes o viernes le prenden velas para que cuide la casa. Si hay gente que quiere entrar en la casa, hace ruidos, se mueve, los ahuyenta, me dice convencido del poder de las ñatitas.

Más adelante me crucé con Valentina, que la encontraron en la calle pateando bolsas, y el chico pensó que era una pelota de fútbol. Uno puede pedirle lo que quiera: un auto, trabajo, lo que sea, y ella te lo da, me contaba otro chico del grupo, a quien también se le había aparecido en sueños. Porque uno la encuentra y no puede ponerle el nombre que quiera: él o ella se te aparece en los sueños, y te dice cómo se llama. Me lo había dicho Ángel, y ahora me lo decía este chico.

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Y acá está Valentina.

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El plato para los que oran.

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… como este señor.

De ahí, me acerqué a una calavera con un cigarrillo prendido: María Luisa. José (¿o Juan se llamaba?) me contaba que esa ñatita se la había dejado  hacía tres años una inquilina que habían tenido y que se había ido a vivir al extranjero, y que cuando volviera, en un año más, se la iban a devolver. Porque las ñatitas no son para toda la vida, ni para 10, 15 o 20 años. Son por un tiempo, y después tienen que seguir su camino, me decía, mientras su mirada se paseaba de un lado a otro, de mirar a sus hijos a decirle que no a los músicos que ofrecían sus servicios uno tras otro. Justo se terminó el cigarrillo, y me invitó a que prenda yo uno: cómo se quema, quiere decir la suerte que vas a tener ese año. Si sale blanco, significa que te va a ir bien en todo. Si tiene manchas, sale negro, se rompe o algo raro, hay que tener cuidado. Durante el rato que estuvo ardiendo, me quedé mirándolo. Se iba quemando todo blanco, parejito, prolijo. Justo cuando estaban cayendo las últimas cenizas, y yo feliz por el buen augurio (no soy supersticiosa, pero ya que estamos…), la señora me preguntó si quería comer. Ya que me invita, le digo sonriendo.

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Prendiendo velas de ofrenda

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Hojas de coca a la venta para las ñatitas.

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Mi cigarrillo ardiendo blanco, en señal de buen augurio.

Próxima parada: el sector de ñatitas en el piso. Es como la parte pública de ñatitas, las que no son de nadie y son de todo: tablones de madera con seis o siete u ocho ñatitas, hojas de coca esparcidas y cigarrillos en las bocas, tapadas (juro que había que adivinar dónde estaba cada calavera) de coronas blancas con alguna que otra flor celeste o rojo o amarilla o naranja o violeta, los nombres escritos en tiza en la pared con una flecha que indicaba a cuál correspondía, y una fosa adelante, donde la gente se agachaba para prender velas, ofrendar coca, orar.

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Toda la familia presente. Dicen que había 5.000 personas. No lo dudo.

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Escribiendo su nombre en las velas, para que sus oraciones se cumplan.

Mientras sacaba fotos, una señora que estaba con más mujeres entre fosa y fosa  me decía “linda, no? linda fiesta”, mientras servía comida en bandejitas de plástico transparente, esas típicas de rotisería. Y uno de esos platos, me lo dio a mi, así que dejé de sacar fotos, me senté al lado de ellos, y me puse a conversar.

-Es que no entiendo -les comenté-. Algunos me dijeron que eran familiares, otros que eran ñatitas que habían encontrado por ahí.

-Es que hay diferentes formas -me dice-: a éstas las encontraron tiradas en el cementerio, y cada año las ponen ahí para ofrendas, al final del día se entierran, y al año siguiente vuelven a sacarse.

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Ofrendando coca a las ñatitas.

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Media hora después, quizás un poco más o un poco menos, los policías empezaron a decir que nos levantemos, que el Cementerio cerraba. Al lado nuestro, empezaron a tirar las ñatitas, las flores y toda ofrenda a las fosas, para luego taparlas con tierra. “El año que viene vuelven a sacarlas”, me decía la sobrina de la mujer que me dio -y había cocinado- la comida.

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Lllegó la hora de enterrar las ñatitas.

Me fui del Cementerio con la panza llena, muchas fotos y una sonrisa grande: las conversaciones, las hayas empezado yo o ellos, terminan en historias que se hilvanan solas.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.