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DE FIESTA AL CEMENTERIO: Parte I

Si hay algo que me gusta de los viajes, es poder ir a lugares nuevos, presenciar fiestas y costumbres diferentes, conocer historias nuevas, hacer cosas que nunca encontraría en casa. Sorprenderme. La semana pasada fue bastante de eso: dos fiestas, en dos cementerios, en dos ciudades.

El 1 de noviembre, para el cristianismo, es el Día de Todos los Santos, la fiesta en la cual se celebra por todos los que no están en la Tierra pero están en el Cielo sean santos o no, y el 2 de noviembre es el Día de los Muertos, o por todos aquellos que no  se sabe si están en el Cielo o condenados en el Purgatorio. Unas semanas atrás me había acordado de la fecha, y después de haber escuchado de tantos festejos -y estado en varios-, fue obvio: en Bolivia tenían que festejarlo. Y como tenía que ser, la fiesta está muy relacionada a su cultura indígena, y producto del sincretismo, el 1 de noviembre ellos esperan a los ajayus, o almas de los difuntos, que visitan a familiares y amigos por 24 horas, y reciben las ofrendas que les preparan.

El domingo pasado, cuando terminamos el trekking del Choro, fuimos a Coroico, y apenas conseguimos un lugar donde dormir, dejamos las mochilas y nos fuimos al cementerio. Aunque eran las seis de la tarde, un rato antes le había preguntado a una señora en la calle y me había dado la razón: no sólo la fiesta seguía todo el día y en la noche, incluso al día siguiente, lunes, seguía el festejo. Lunes 4 de noviembre. ¿Por qué seguían festejando? No sé, pero en Bolivia  siempre encuentran un motivo para seguir de fiesta.

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Las carpas en el cementerio, desde lo lejos.

íbamos acercándonos al cementerio, y la música se escuchaba resonar. A lo lejos, mientras subíamos por la calle de tierra esquivando charcos, escuchábamos tambores, algún instrumento de viento, y un pa pa paaam pa pa paaam constante.

Cuando llegamos a la entrada, contemplamos todo desde arriba antes de empezar a bajar: a la izquierda, nenes corriendo entre las tumbas, lápidas adornadas con guirnaldas de flores violetas y blancas y altares con tantawawas (panes dulces con formas de bebés, escaleras, cruces, ángeles) y flores y comida, carpas naranjas a la derecha con gente tomando y comiendo, música sonando fuerte desde varios lados, familias sentadas en la ladera comiendo, cajitas de telgopor y bandejas de plástico que habían tenido comida, y nosotros mirando alrededor.

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Ante todo, tumbas decoradas para recibir a las almas.

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Empezamos a bajar, me resbalé en el barro, una lapida me salvo de caer de cara y llegamos al pasillo central. Como no sabíamos qué esperar, tampoco sabíamos cómo reaccionar: el atardecer estaba casi terminado, el cielo azul era cada vez más oscuro, y nosotros en un cementerio que estaba más de fiesta que de luto. En realidad, de luto no había nada. Al final del pasillo vimos una mujer rodeada de gente, desde nenes con bolsas de plástico negro, hasta señores con bolsas de papa que parecían pesar kilos, y mujeres con bolsos de tela bien cargados estaban esperando su turno. Oraban y después recibía un plato lleno de pan. ¿Probamos?, me preguntó él. Anda vos, que yo no sé ni una oración, le digo. No soy católica -ni siquiera Cristiana y ni creo en Dios- así que no podía ni siquiera intentarlo; era ser demasiado caradura y quedar mal.

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Momentos de oración,

Después de esperar un rato, y reírme por la situación (la nuestra de ir a orar por pan, más allá de que era gracioso estar en un cementerio en plena fiesta), volvió con la bolsa del súper -que yo tenía para cubrir el bolso de la cámara por si llovía- con varios panes. ¿Por qué tardaste tanto?, le pregunté. Estaba viendo cómo era, me responde. Y la cosa es así: uno se acerca, pregunta si quiere una oración y para quién es (familiares, ya sea hermanos, padres, tíos). Luego de un Ave María o Padre Nuestro, la persona puede pedir para alguien más, uno vuelve a orar, y después le dan algo un plato lleno: con pan, frutas, dulces. Parecía un Halloween versión andina: en vez de decir “dulce o truco”, dan oraciones por el difunto; en vez de dulces, pan y frutas; en vez de tocar de puerta en puerta, van de tumba en tumba; además de los nenes, gente grande. Un Halloween para toda la familia.

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Flores y tantawawas como ofrenda a los ajayus.

Él fue a orar en una tumba más, justo la que estaba al frente. Mientras, vi tres o cuatro personas que parecían que estaba colectando para el fin del mundo: cargaban esas bolsas de papa gigantes en la espalda e iban de tumba en tumba buscando dónde orar. ¿Qué harán con tanto pan? Tenían como para alimentar a una familia entera durante dos semanas, mínimo. Nosotros decidimos que era suficiente, teníamos pan como para unos desayunos y habíamos pasado la experiencia, no íbamos a pasarnos la noche orando. Mejor, ver qué pasaba del otro lado. 

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El sector carpas, y la gente espiando a los que bailaban en la “discoteca”.

Caminamos a las carpas: más de una docena de carpas-bares, botellas de cerveza Paceña en cajones rojos listos para ser vendidas a 2x25bs, Wendy Sulca sonando fuerte desde la carpa-discoteca, hombres demasiado borrachos como para mantenerse en pie (incluso, despiertos), pollo con papas y plátano frito acumulándose en mostradores de vidrio, grupos de hombres y cholitas sentados en tablas de madera tomando, gente haciendo pichi en un pedacito baldío frente  a las carpas-bares.

Elegimos un puesto al azar, compramos un cerveza y nos sentamos. En ese “nos sentamos”, ya estábamos hablando con Gregory, el señor de al lado, que nos contaba que era carpintero y empezó a invitarnos sorbitas, un poco de cerveza que servía en su vaso y al que no podíamos decir que no (y que había que tomar de un trago). Mientras tomábamos la segunda cerveza (o la botella que encontramos en el piso y después nos dimos cuenta que era del grupo de al lado, o la cerveza que nos invitó Gregory, quien sabe), una cholita me tocó el hombro y me dio una sorbita, después una a él y otra a Gregory.

Volvimos al hostel matándonos de risa de la fiesta, de cómo festejan, de haber robado una cerveza sin darnos cuenta, de habernos llevado pan sólo por orar, de ver tantos borrachos, de haber pedido rebaja de 2bs en la comida, del señor que mientras comía me decía “vos Argentina, yo, Bolivia”. De la noche. De que habíamos ido a una fiesta a un cementerio.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.