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TIERRA DE DINOSAURIOS

-¿Nos tiramos un rato acá a descansar?

-Seguro -respondí, ya estirando el aislante en el pasto.

De repente, nos despertamos, y vimos que unos metros más allá, sentados en las raíces de un árbol viejo, había dos nenes mirándonos. Los miramos, y se rieron. Nos preguntaron qué hacíamos, de dónde éramos, cómo nos llamábamos, qué íbamos a hacer. Nos enseñaron que cómo estás, en quechua se  dice Imaynallam?, y para responder, se dice  Allillanmi. Nos preguntaron si nuestros países eran lindos o feos, si la gente era buena o mala, si eramos marido y mujer o amigos o novios, nos pidieron monedas de nuestros países, nos dijeron que nos podían llevar a ver huellas de dinosaurios, los vimos patear la pelota un rato, se sacaron fotos con nosotros, les sacamos fotos a ellos, querían armar la carpa con nosotros ahí.

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Los nenes =)

Ese fue el inicio de tres días y tres noches en Torotoro, un pueblito -y Parque Nacional- en el norte de Potosí. El inicio de tres días de historias, de personas, de lugares, de anécdotas.

A veces hay lugares donde la pasamos increíbles, de donde nos llevamos recuerdos hermosos, en donde nos sentimos a gusto. Pero no por un “hilo” en lo que haya pasado, no por una historia en sí, sino por historias pequeñitas, por momentos diferentes, por personas que encontramos acá y conocimos allá. De Torotoro me quedaron recuerdos así, como fragmentados, como pequeñas historias dentro de una historia, un viaje dentro de otro viaje, como una cajita de recuerdos.

El cura y el camping

Ese día que llegamos, a la tardecita, después de la siesta, la lluvia, y el pan con palta a la orilla del río, fuimos a la Iglesia a hablar con el padre, para preguntarle si podíamos acampar en el patiecito ahí al lado. El “de dónde es”, y que la respuesta fuera “del país Vasco”, desencadenó una conversación que pasó de la formación de España, pasando por la conquista de América, al camino de Santiago de Compostela (el santo de esa Iglesia es Santiago), y terminó en los libros que estábamos leyendo (vaya casualidad, “El peregrino”, de Paola Coelho, que narra el camino de Santiago, y “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano, que habla -al menos hasta la parte que leí- la conquista de América y el saque sufrido en mano de europeos) . Después de (darnos cuenta que habían pasado) dos horas de conversación, le preguntamos por el patiecito: terminó llevandonos a la casa donde los profesores y los sanitarios vivían con sus familias. Ahí, nos dejaron elegir el pedazo de patio que quisiéramos, y cuando preguntamos dónde podíamos usar un baño, nos llevaron a los que había en el otro recinto: dos baños, dos duchas, todo a energía solar. No se si tenía algo que ver, pero fueron las mejores ducha en estos meses en Bolivia.

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Caminando por Torotoro

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La caverna y sus vueltas

Al día siguiente llegamos corriendo a la oficina de turismo para hacer el tour del día. Como para hacer cualquier recorrido en el Parque Nacional Torotoro es obligatorio ir con guía, a las 7:30 am te piden que estés en la oficina para formar los grupos y así salir. El día anterior habíamos conocido a dos chicos de Nueva Zelanda que querían hacer el tour de Ciudad de Itas y las cavernas de Umajalanta, y ellos a su vez sabían de dos franceses que querían ir, así que esa mañana, ahí estaban los cuatro chicos, esperándonos.

A las 8 estábamos saliendo para Ciudad de Itas, donde llegamos casi una hora después de andar en el auto. Ciudad de Itas son formaciones rocosas únicas en Bolivia, producto de la erosión del agua (hace 200 millones de años atrás, el lugar era puro mar) y el viento, que dio como resultado cavidades de gran tamaño que asemejan a una ciudad de piedra. En la zona, 400 años A.C vivió la comunidad Itatas, de la cual deviene el nombre del lugar. Como resabio de la presencia de dicha comunidad, hoy en día pueden apreciarse pinturas rupestres en el interior de las cavernas, iluminadas por el sol que entra por las cavidades en los techos.

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Pinturas rupestres

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En una de las cuevas de Ciudad de Itas

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Huellas!

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Cuando terminamos de recorrerlas, nos fuimos a la caverna: lo más esperado. La idea de tener que usar casco y linterna, de que pregunten si éramos claustrofóbicos y que el guía me diga antes de entrar, que 8 de cada 10 que iban con una cámara como la mía -una réflex- salían con la cámara rota (obviamente, no la llevé, así que no tengo fotos), daba una gran idea de lo que podía llegar a ser el recorrido. O mejor dicho no, no estaba ni de cerca a imaginarme lo que iba a ser.

Cuando llegamos a la caverna, empezó la parte divertida. Umajalanta (que en aymará significa agua que se pierde) es la caverna más profunda de Bolivia, con más de 7km de extensión. Hicimos casi rappel en cuerdas, nos arrastramos cual lagartijas, esquivamos estalactitas y estalagmitas, saltamos de piedra en piedra, bajamos haciendo culipatín por las piedras. Después de 300m (que no crean que eran como hacer tres cuadras), llegamos a un punto crucial: si seguíamos adelante, ya no había vuelta atrás, teníamos que llegar hasta el final del recorrido de 700 metros para salir.
Todos dijimos que sí, que seguíamos. Ninguno era clautrofóbico, y todos queríamos volver por un camino diferente. Lo que nos tocaba, nos hizo darnos cuenta por qué si seguíamos no podíamos dar media vuelta. Uno a uno, teníamos que pasar por una casi rendija de apenas 30cm, deslizándonos poco a poco, sin siquiera poder dar vuelta la cabeza para mirar atrás. Era como un sándwiche: roca-persona-roca.
Después de dos horas en la caverna, de haberme chocado cuatro veces contra el techo (en uno de ellos juro que se me aplataron los sesos y quedé atontada por un rato) para después aprender a mirar para arriba también, de entender por qué el guía me dijo al principio que ocho de cada diez que llevaban una cámara como la mía la traían rota y de reírnos por los gritos cual mina histérica de uno de los chicos (conste, él se reía de él mismo), llegamos al principio. Salimos por donde entramos, ya con el cielo gris oscuro y el viento comenzando a remolinar. La tormenta se avecinaba. Corrimos hasta el auto, con ganas de una sola cosa: bañarnos y comer.

El mercadito y su dueña

Como todos, todos los días, teníamos que comer. El día que llegamos, nos dio hambre como a las 4 de la tarde. Hora ni  de almuerzo, ni de merienda.Queríamos comer algo, pero no sabíamos qué. Así que entramos en un negocio, y nos pusimos a ver qué tenía, de qué nos daba ganas. Al ratito apareció la dueña, y la acribillamos a preguntas del tipo “qué es esto”, “cuánto cuesta esto”, “a qué hora abre”, “a qué hora cierra” y más. Nosotros dudábamos en qué comprar, no nos decidíamos si queríamos dulce (frutas con yogur) o salado (pan y palta), y ella se reía de nuestra indecisión y de cómo nos peleábamos (aclaro que es él quien me pelea). Decía que parecíamos un matrimonio de viejos. Por suerte no es ni una cosa ni la otra =) Terminamos comprando pan y paltas, y nos fuimos al río a comer.

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Al día siguiente, antes de que salga el tour, corrimos a su negocio a comprar agua y unas frutas para el día. A la noche, salimos sólo con 10bs, y volvimos a comprar agua, papel higiénico y… lo que alcanzara con 1bs que nos sobraba. El tema era que no nos alcanzaba para lo que queríamos (o para las galletitas que él quería, mejor dicho). Un boliviano al bolsillo, y al día siguiente volveríamos a lo que se transformó en nuestro mercadito: agua, frutas, fideos, galletitas. Sonará una pavada lo que estoy contando, que no tiene nada de especial ir a un mercado y que te atiendan amablemente. Pero para nosotros, era nuestra visita diaria. Ella nos proveía, nosotros la hacíamos reír.

 

Guia ventura y sus caminos de cabras

El sábado, fuimos a probar suerte: no sabíamos de nadie (ni la oficina de turismo) que quisiera hacer el otro recorrido. Vengan en veinte, vengan en diez y así. La primera vez, nos fuimos a tomar desayuno a la esquina local, ese banquito de cemento y ladrillos en el que cada tarde veíamos dos o tres señores sentados viendo la vida pasar y que, como todos en el pueblo, nos saludaban a nuestro paso. Como aquél señor que nos cruzó en una callecita empedrada, cuando nosotros íbamos abrazados sin rumbo más que encontrar un lugar donde sentarnos a comer nuestro pan con palta, y nos preguntó cómo la estábamos pasando, qué tal había sido nuestro día.

Nos decían que teníamos que seguir esperando, que recién se había ido un grupo de siete. Sentados, se nos prendió la lamparita. ¿Podemos ir con el grupo que acaba de salir?, le preguntamos al señor de la oficina. Si, nos dice con cara de poco convencidos, pero tendrían que ir a preguntarles a ellos si no tienen problemas de que se unan. Estaban unas dos cuadras adelante nuestro, así que corriendo los alcanzamos, y cuando les contamos nuestra situación, lo único que nos pidieron a cambio fue pagar las cervezas a la vuelta. Buenísimo el trato.

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Saliendo del pueblo

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El Vergel

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Del recorrido, no sé qué fue mejor. Si la vista al cañón con cerca de diez cóndores sobrevolando a metros nuestro, si lo personaje de nuestro guía, si la buena onda de las otras dos parejas, si llegar a una cascada que brotaba del cañon y desencajaba totalmente con el resto del paisaje, si las cervezas de la noche en un bar donde había que gritar para escucharse (no es que me gusten particularmente esos lugares, pero fue divertido) y el otro bar donde se pasaban la guitarra de persona a persona en una improvisación total (y genial). O todo eso, junto.

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El grupete

Y el plus… nuestro “Guía Ventura” (que después nos dimos cuenta que se auto-llamaba así porque era lo que tenían las ropas de todos los guías) cantando (soy muy mala filmando):

DATOS ÚTILES

* CÓMO LLEGAR: sólo desde Cochabamaba. El minibus sale todas las mañanas cuando se llena (nosotros llegamos 6am, salió 8am) desde Av. Barrientos esquina República, 30bs, 4hs. El bus sale sólo en las tardes a las 18hs, por 20bs (25bs el panorámico), y demora 5-6hs. Para volver a Cochabamba, chequear con las empresas de buses que están todo el día en la vereda de la calle principal vendiendo los pasajes. En general, salen todos los días 6am y 6pm, menos el domingo que sale 6am y 1pm.

* DÓNDE DORMIR: nosotros, como les conté, acampamos, pero hay varios hostales donde cobran entre 30 y 50bs por persona.

* DÓNDE COMER: nosotros siempre cocinamos en la noche (durante el día estábamos recorriendo), pero hay algunos restaurantes. Para el almuerzo, en el mercado se puede comer por 10bs (almuerzos, y también ensalada de frutas).

* ENTRADA AL PARQUE NACIONAL TOROTORO: la entrada al Parque cuesta 30bs. Se cancela en la Oficina de Turismo (frente a la plaza, cierra de 12pm a 3pm), donde hay que registrarse y les dan info sobre los recorridos.

* TOURS: es obligatorio en todos los recorridos ir con guía (aunque no quiere decir que precisamente sepan mucho sobre el lugar). Llevar siempre el ticket del parque. Los circuitos más populares son:    

1) Ciudad de Itas + Umajalanta: hay que ir en vehículo, ya que queda a 20ks. El tour es hasta para seis personas, y el costo total es de 575bs (incluye transporte, guía y casco y linterna, obligatorios en la caverna), por lo que es casi 95bs por cabeza. Aunque se pueden hacer por separado, conviene hacer los dos juntos, ya que quedan en el camino, y para los dos son necesario vehículo. Empieza alrededor de las 8am (depende cuándo se forme el grupo), y vuelve tipo 4pm al pueblito.   

2) El Vergel + Cañón de Torotoro: también son dos excursiones que se pueden hacer por separado, pero conviene hacerlas juntas. El más interesante es El Vergel y el mirador que se visita antes, desde donde se avistan cóndores. Del cañón, lo interesante es el cañón en sí, y no los puntos. Cuesta 150bs por grupo de hasta 6 personas (aunque nosotros éramos 9, y nos salió lo mismo: o sea, se dividen los 150bs entre más personas).

3) Hay otros tours como el Cementerio de tortugas Llama Chaqui. El primero está a 3,5km del pueblo, pero Llama Chaqui se encuentra a 19km (pasando por el cementerio de tortugas) y se necesitan 2D/1N para hacerlo.

* MÁS INFO: http://www.torotoro-bolivia.com.bo

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.