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Y ME ABRAZÓ

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Una víbora amarilla se deslizó y cruzó el camino. Mariposas rojas y amarillas y marrones y azules volaron alrededor nuestro. Algunas lagartijas se escabulleron. Alguno vio un pájaro de cola larga y colorida. Pero de monos, ni un rastro. Cuando empezamos la vuelta, después de tres horas de calor y humedad y escaleras y más humedad -por si era poco- ya pensábamos que, al final, el día anterior habíamos visto más monos en diez minutos sólo en la entrada del Parque Machía, que en esas horas de caminata en el interior. En realidad, el día anterior habíamos visto monos. Ese día no.

Media hora antes de terminar el recorrido, escuchamos ruido de ramas, hojas, alboroto entre los árboles. El ruido que hacen los monos cuando se mueven de un lado a otro entre la vegetación. Levantamos la vista, y ahí estaban, monos arañas balanceándose de un lado al otro, bajando entre las ramas, viniendo hacia el sendero.

Nos sentamos en un banco que había en el camino. Cuando pensamos que iban a doblar para seguir por la senda, muy para nuestra sorpresa -y susto al principio- los dos monos arañas nos miraron, estiraron los brazos y se subieron al banco entre medio de nosotros. Se acomodaron, y nos abrazaron. Nos a-bra-za-ron. Los brazos del mono se entrelazaron en mis piernas, y se recostó cabeza abajo. La mona, mientras cargaba a su cría en el pecho, se acurrucó contra Coco, abrazándole las piernas también. Nos miramos, sin poder creer lo que estaba pasando. No podíamos siquiera decir una palabra, la sonrisa nos llenaba la cara. Se habían acurrucado contra nosotros como unos nenes que buscan cariño. Les acariciábamos las cabezas, nos agarraban los dedos, nos mordían la mano con cariño. Ella amamantó a su cría, recostada sobre Coco. Él se escabullía entre mis piernas. Nosotros sonreíamos.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.