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HISTORIAS DETRÁS DE LA HISTORIA

Partí con la idea de ir seis o siete días a recorrer la Chiquitanía, esa zona en el oriente boliviano donde los jesuitas llegaron entre 1691 y 1767, y fundaron diez pueblos, reclutando indígenas de trece tribus diferentes, llevándolos a las “reducciones” (los pueblos) que habían fundado y cristianizándolos. Según había leído, una semana era tiempo suficiente para recorrer  las misiones, y de hecho algunas hasta se podían hacer en el mismo día. Nunca conté con que iba a encontrar gente tan interesante, personas dispuestas a compartir un pedacito de sus vidas -y sus hogares. Historias.

San José de Chiquitos: majaditos, locro y caras de abuelo

Llegue, lo recorrí, me fui. Y volví. No por el pueblo, ni por su Iglesia -que es bien diferente a las del resto de las misiones-, ni por algún atractivo alrededor. Ni siquiera volví para visitar a alguien que ya había conocido. Volví para conocer a alguien de quien sólo me habían hablado: Don Pitágoras.

Aunque es uno de los artesanos más reconocidos de la zona (su cara hasta aparece en folletos turísticos de la Chiquitanía), también es el dueño de un puesto de comida típica. Pitágoras me enseñó a tallar máscaras de abuelos, le decía a sus clientes que yo era su hija mientras yo les servía las platos de comida, me contaba que el ingrediente secreto de sus comidas eran las pastillas anticonceptivas, lo ayudé a rallar queso y zanahoria y freír arroz y picar cebolla y desmenuzar carne, respondía riéndose que sólo fumaba marihuana cuando los chicos le ofrecían un pucho, nos contó que se casó con su mujer quince días después de conocerla (cuando ella todavía estaba en la secundaria) y nos dijo que su único sueño era poder terminar su casa, y tomar café en las tardes con su señora, en dos hamacas colgadas al frente de la casa. Nada más. Ni nada menos.

Lamentablemente, no tengo fotos ni de él, ni de su casa, ni de las hamacas, ni de su comida, ni de sus máscaras, ni de su puesto. Se ve que estaba muy entretenida.

Chochis: burros placeros, una casa circular y un altoparlante popular

A Chochis llegué de casualidad. Lo mismo que a la casa donde paré. La idea era ir a Roboré, pero cuando estábamos en el truffi (los taxi-colectivos) pregunté a la gente que iba con nosotros si sabían dónde podíamos acampar en esos pueblitos. Un señor nos contó que en Chochis, el pueblito que está antes que Roboré, estaba el Hermano Cesar, y que él recibía turistas, que su casa era circular, que había muchos árboles, que en su casa no había luz ni gas, que pasaba un río.

Llegué a esa casa de noche, y por lo que se veía entre sombras, ya sabía que no iba a irme al día siguiente. Al otro día, lo confirmé. Además, en la casa conocí una pareja de artesanos: él, argentino; ella, francesa, que se conocieron hace un año y medio y recorriendo Sudamérica juntos. ¿Cómo? Justamente, con sus artesanías, vendiéndolas o haciendo trueque.

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La casa circular, su patio, sus plantas, su mesa, su cielo.

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Cocinando

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En el Velo de la Novia, también había tallados del Hermano César.

Los días se pasaban entre escuchar pájaros, ver tucanes volando de un árbol a otro, cocinar haciendo fuego con ramas que encontrábamos en el patio, compartir el almuerzo en la mesa hecha con troncos y piedra, bañarme en el arroyo usando una tutuma (un cuenco que se hace a partir de un fruto), escribir, hacer artesanías con los chicos, dormir la siesta en la hamaca paraguaya que colgaba en el segundo piso-terraza-balcón. Cuando caía la noche, tomábamos el té con pancito a la luz de la luna y una pequeña lámpara, nos íbamos a la plaza a tomar una cerveza y sentir el viento correr cada vez más fuerte, mientras los únicos sonidos que cortaban el silencio eran los burros, el altoparlante del pueblo (con anuncios como “hay locro de gallina criolla en lo de la señora Velásquez”) y alguna moto.

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Penacho de plumas de aves, usadas por los nativos de la zona.

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El Hermano César tallando.

Y en todo el día, César no paraba de contarnos historias: los dos años haciendo el trabajo de tallado junto a otras siete personas en el Santuario Mariano La Torre, sus cuarenta días y cuarenta noches de retiro en una gruta cerca del Santuario comiendo sólo pan y agua, sus veinticinco años viviendo del arte y quince haciendo servicio religioso, su año en Roma. Hablaba despacio, casi susurrando – según él, debido a tantos días en silencio cuando hizo el retiro-, pero constante: parecía que tenía cientos de historias por compartir, esperando a alguien dispuesto a escucharlo.

San Miguel de Velasco: tallados y música

Mi parada era San Rafael, pero el cielo gris, el viento frío y la falta de información alrededor, me desanimaron a quedarme. En San Miguel, el siguiente pueblo, tenía un contacto que me había dado Pitágoras, y había algo en San Rafael que no me daba ganas de quedarme, así que volví a subirme al bus y seguí viaje. Igual que cuando llegué a Uyuni y seguí a Tupizasi el instinto o las ganas o una corazonada me empuja a hacer algo, lo hago. Si algo no me cierra, no lo siento, no lo hago. Todo debe fluir.

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Todo un descubrimiento: cómo crecen los ananás

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Haciendo ladrillos de adobe.

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En Cerritos, María cocinando chicha para toda la familia.

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Uno de los nenes de Tacoigo, que me preguntaban dónde quedaba Argentina.

Tenía razón. No sólo alargué día tras día mi estadía en San Miguel, sino que fue el lugar donde sentí que más viví la esencia de la Chiquitanía: compartí el té con el primer profesor de tallado del pueblo (el que aprendió durante la restauración de la Iglesia), tuve desde un mini-concierto privado de música barroca por algunos de los alumnos del pueblo, vi tallar angelitos en madera, anduve kilómetros en moto con un profesor de tallado para visitar unas comunidades de unas pocas familias, aprendí cuán importante son las plantas medicinales en la Chiquitanía, leí y miré libros, aprendí de historia, vi danzas típicas y volví para la fiesta del pueblo.

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Las pinturas de la Iglesia, uno de los trabajos a partir de los cuales la gente aprendió oficios.

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José Ángel, en pleno trabajo de tallado.

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Mil y una gubias

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El loro de la casa, que repetía “dame la pata” a cada rato.

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En el mini concierto de música barroca.

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El profe Franscisco, dirigiendo al coro.

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Los borrachines del día, en la fiesta del pueblo.

Y José Ángel, el señor que me hospedó, me dijo: “siempre pensé que mi vida iba a ser siempre acá en el pueblo. Y ahora te escucho a vos, tan joven, y como vives.. y sé que tengo que moverme, que tengo que conocer otros lados”. Me encanta esparcir el bichito viajero. O por lo menos curiosidad. Y saber que puedo volver cuando quiera, que tengo las puertas -y los brazos abiertos- abiertos, una sonrisa y una taza de té para seguir conversando, me pone feliz de sólo pensarlo.

San Ignacio de Velasco:  cervezas, caipiriñas y cocina

Y como todo en este mini-viaje, las cosas se van acomodando solas, y el viaje provee. Llegué supuestamente con lugar donde dormir, pero apenas me encontré con Cinthia, me dijo que no iba a poder ser, que tenía que viajar. No pasa nada, algo aparecerá, le dije. A la hora, ya tenía casa, cama, ducha, y una familia nueva: la dueña del lugar donde fuimos a almorzar me dijo que me podía dejar la pieza de su hijo.

En esos días, lo que menos hice fue recorrer el pueblo. De hecho, cuando lo intenté, me salió mal: llegué a ver el atardecer cuando el sol ya se había ido, fui a un taller de cerámica el día que todos estaban en la fiesta de otro pueblo, fui al festejo del Día del Turismo para volver a los treinta minutos, me olvidé de entrar a la Iglesia de noche. En cambio, en esos días, me pasé horas hablando con Blanca, me enseñó a hacer caipiriñas y yo le enseñé a hacer comida vegetariana. Me prestó su compu para que trabajara, embolsé maní tostado y limpié mesas. Tomamos cerveza a la tardecita, caipiriñas a las 3am y conversamos  después que el bar se vaciara hasta las cinco de la mañana. Fuimos al mercado a comprar lo que faltaba, paramos a tomar mocochinchi, me mostró su casa que quiere vender. Me trató de convencer de que me quede más días y nos reímos de algunos desubicados. Nos sacamos fotos, me mostró fotos, me contó historias.

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Con mi familia cocinera.

 El resto -la historia, los datos, los lugares, más historia, las iglesias, los paisajes, la historia detrás de las fotos, el legado cultural, el encuentro de creencia- se los dejo para que lo descubran por su propia cuenta. Para mí, fueron casi que sólo un plus a lo mejor del lugar: su gente.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.