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VEO VEO #4: MAPAS SIN RESPUESTA

—Disculpen, ¿saben dónde queda el hostel… —No pude terminar la frase, las chicas me miraron con cara de miedo y desconfianza, y apuraron el paso.
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Eran las ocho de la noche, y hacía cuatro horas que el sol había desaparecido. El aire estaba helado, aunque por ser fines de diciembre podría haber sido peor. De todas formas, yo estaba abrigada como lo venía haciendo en esos pocos días desde que había llegado: suéter, abrigo, gorro de lana, bufanda, guantes. Y como era un viaje corto, apenas una escapa de dos días desde Wels a Salzburgo e Innsbruck, sólo cargaba una pequeña mochila con lo suficiente para darme un ducha y cambiarme la ropa. O capaz por los nervios y la incertidumbre, había dejado de sentir el frío.
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Me bajé del tren en Innsbruck y salí de la estación. Tenía un mapa de la ciudad, y direcciones de tres hostels anotadas. Busqué la más céntrica, y empecé a caminar. Calles empedradas, edificios iluminados, un grupo de chicos riéndose. Nada más pasaba. Cada cuadra que pasaba, la corroboraba con mi mapa. Nombres apenas pronunciables para mí, que los comparaba con cuidado entre el mapa y el cartel en la pared. Hasta que pasó lo peor: según mi mapa, había atravesado tres calles que  yo, en ningún momento, había visto. Tres calles absorbidas como en una película de magia.
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Decidí cambiar de hostel, y elegí uno al azar, lo ubiqué en el mapa y empecé a caminar. La duda surgió: ¿estaré yendo bien? Calles donde apenas circulaban autos, parques desiertos y la temperatura que iba bajando no me animaban. La dirección era clara, y encontré la calle enseguida. Pero sólo eso, el número que tenía del hostel no existía. Saltaba de uno a otro, pero no había ningún rastro de alojamiento por esos lados. Me crucé a una estación de servicio, y le pregunté al chico que estaba atendiendo. No hablo alemán, él apenas hablaba inglés. Pero me quedó claro que, en esa zona, no había hostels. O él no sabía si había alguno.
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Seguí caminando, y la hora avanzaba. También aumentaba mi angustia; era mi primer viaje sola, la primera vez que llegaba a un lugar por mi propia cuenta, la primera vez que no tenía ningún contacto, la primera vez que iba a un país donde no hablaba su idiomas, la primera vez que me sentía tan perdida y desorientada.
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Volví a la primera opción, y pegué media vuelta al centro de la ciudad a intentar dar con el hostel. Ya habían pasado dos horas desde que había llegado, eran los días previos a Navidad y  las calles se vaciaban a cada minuto (más vacías de lo que estaban antes), y el frío de diciembre penetraba el abrigo. Me sentía caminando en un laberinto, pasando una y otra vez por las mismas calles sin entender cómo había dado vueltas en círculos. Milagrosamente, vi el cartel de un hostel en un edificio de cinco pisos, y aunque eran sólo las 10:30pm, todo estaba apagado. Me acerqué a la puerta, toqué timbre y esperé. Un hombre canoso, con gafas, vestido con un pantalón corto y una camiseta, abrió la puerta de madera. Parecía que lo había levantado de la cama, o de su sofá mientras miraba alguna película. Le pregunté por el hostel, y me dijo que cerraba a las 10pm. ¿Media hora y no me van a dejar pasar? ¿Hace más de dos horas que estoy deambulando perdida en la noche y me van a dejar ahí?, pensé. “Intento llamarlos”, me dice. Sonó una, dos, tres veces.
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—Lo siento, no me atienden —me dijo, agarrado de la puerta, mirándome con cara de pena, y de que él poco podía hacer.
—¿Y no sabe dónde puedo quedarme? Hace más de dos horas que estoy buscando donde dormir —le dije con los ojos al borde de las lágrimas, mezcla de desesperación, desolación y angustia. Pasar toda una noche a la intemperie, con quién sabe cuántos grados bajo cero, en un país al que había llegado cinco días atrás, no me parecía muy alentador. Había estado buscando alguna iglesia abierta donde dormir en el piso estando por lo menos bajo techo, pero tampoco había tenido suerte con eso.
—Acá a la vuelta hay otro hostel— me dijo tratando de tranquilizarme.
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Me indicó cómo llegar, le agradecí -todavía con ojos lagrimosos, perdidos en las calles empedradas y el cielo negro-, y me fui. Efectivamente, a dos cuadras a la vuelta, encontré donde pasar la noche: un edificio de tres pisos, un gran ventanal que daba a la recepción, y un cartel que decía “hostel” con luces amarillas. No lo había cruzado antes.
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A la mañana siguiente, después de desayunar, salí a recorrer la ciudad. Esta vez, hice un bollito con el mapa y lo tiré. No tenía necesidad de encontrar ningún sitio en particular. Menos, de tener un papel que me haga perder. Prefiero perderme por propia voluntad.
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No se necesita un mapa para encontrar algunos lugares…

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Un mapa, a veces, pierde más de lo que orienta en estos callejones

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Este post forma parte del ¡Veo Veo!, un juego donde el 15 de cada mes, los que participamos escribimos sobre un tema escogido previamente. ¿La idea? Volver a ser niños durante un rato, una excusa para conocer otros lugares, historias, viajar a otros lugares sentados en casa de la mano de otros viajeros.  ¿Te interesa? Unite al grupo en Facebook, donde elegimos el tema y posteamo todos los veo-veos. Además, podés seguirno en Twitter con el hastag #veoveo.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.