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TIERRAS JALQ’A

Siempre lo dije: no me gustan los tours. Pero cuando el guía pasa a ser un compañero de charla en el recorrido, el recorrido sucede con naturalidad, y uno no siente que el tiempo apremie (aunque inevitablemente haya que respetar tiempos), todo es diferente.
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Yo quería y quería hacerlo por mi cuenta, pero sin carpa, sin compañía y complicada con los días, se me hacía difícil hacerlo por mi cuenta. Así que antes que quedarme con todas las ganas, el jueves, bien temprano en la mañana, salí en en un tour a hacer el camino del Inca y el cráter de Maragua. A las 6:20 tenía que estar a la vuelta de donde estaba parando, pero como en el edificio abrían la puerta a las 6:30 recién, a José (el chico que me hospedaba) le tocó apurar al señor para que le diera la llave y así pudiera irme, que con 5min de retraso ya tenía dos llamadas preguntándome dónde estaba. Me pasaron a buscar por la esquina de la casa, pasamos por un hostel a buscar a dos chicos, y salimos a la ruta. Éramos un matrimonio francés de unos 50 años, un chico de Suecia y un chico de Israel de mi edad, el guía y yo. Mitad tour en francés, mitad en inglés. A veces primero la explicación en francés, a veces primero en inglés. Si llegaba cuando ya había empezado a explicar, siempre me quedaba la segunda oportunidad =)
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El tema del horario era por los cortes, están arreglando toda la ruta a Chataquila, por lo que la mayor parte del día son los trabajos, y si uno no cruza temprano en la mañana, hasta el mediodía no hace más nada. Después de 35km y una hora de viaje por un camino de montaña de ripio, llegamos a la capilla de Chataquila, construida en honor a la Virgen de Chataquila (muy similar a la de Guadalupe). Estaba cerrada, ya que sólo abre los domingos para misa, pero pudimos ver a la Virgen, pintada en piedra y dispuesta en un altar, con hojas de coca de ofrenda y más abajo, candelabros para velitas.
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Capilla de Chataquila.

Capilla de Chataquila.

De ahí, empezamos el Camino del Inca, que está a unos pocos metros a un costado de la Capilla, 4.129 metros de camino de piedras que unen Chataquila con Chaunaca. Apenas nos paramos sobre las piedras para empezar el camino, ante nosotros se abrió todo el paisaje. Montañas que suben y bajan, colores, un pico nevado a lo lejos (había nevado en Potosí el finde pasado, y ese paisaje era algo totalmente extraño para él, nos contaba Ramiro, nuestro guía). La Cordillera de los Frailes, parte de la Cordillera Central (en Bolivia hay tres Cordilleras: Central, Oriental y Occidental), divide los Departamentos de Chuquisaca (donde está Sucre) y Potosí, y es el hogar de los Jalq’a, más de 20.000 personas de habla quechua que viven en comunidades, y se dedican al cultivo de papa, trigo, cebada, y a la cría de ovejas y cabras. Hacer el Camino del Inca significa andar  un sendero construido hace cientos de años atrás, caminar sobre las mismas piedras que pisaron las culturas pre-hispánicas, pasar por donde ellos transportaban carga con sus llamas, y poder ver esos mismos paisajes que los veían a ellos moverse.
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Primeras vistas del valle y la cordillera.

Primeras vistas del valle y la cordillera.

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El sol comienza a llegar poco a poco

El sol comienza a llegar poco a poco

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Al estar a más de 3.000 metros de altura, el frío se siente. Sucre es una ciudad templada, donde a las 10am ya se puede andar en mangas cortas, pero acá, a tan pocos kilómetros de distancia, es diferente. La altura y la soledad del paisaje hacen que el frío se sienta más, dejando heladas las manos y la nariz, que el viento sea más puro, y que al sol le cueste un poco empezar a calentar. Remera larga, polar y corta vientos para mí, mientras que el chico de Suecia estaba apenas con una remera y una camisa arremangada (y estaba como si nada, para él era verano eso).
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El camino del Inca, todo para nosotros.

El camino del Inca, todo para nosotros.

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En el camino vimos plantas de altura como la paja brava, quewiñas (un árbol cuyo tronco rojo se descascara en láminas) y arbustos de fénix (de lo más raro, pareciera que está todo quemado hasta cierta parte, pero si uno le va sacando las hojas, por dentro está todo verde). Y por primera vez, empezamos a divisar el Cráter de Maragua desde lejos. Una pequeña anticipación a lo que se venía.
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Quewiña.

Quewiña.

Arbusto fénix... ni que estuviera quemado!

Arbusto fénix… ni que estuviera quemado!

Florcitas en el camino.

Florcitas en el camino.

Ese manchón púrpura, nuestra primera vista del cráter de Maragua.

Ese manchón púrpura, nuestra primera vista del cráter de Maragua.

Después de casi 3 horas, llegamos al camino donde estaba la chica que cobra los 10bs por haber recorrido el camino (con ticket autorizado y todo), y la camioneta que nos llevaba a Maragua. Desde ahí, era un camino de ripio de menos de 1 hora, atravesando pequeñas comunidades (como la de Tontorca, de apenas 50 personas), cultivos en terraza, algún chico corriendo (haciendo deporte, ¿tal vez?), locales arriando sus vacas, obreros descansando a la sombra (de un salón de reuniones que nada tenía que ver con las demás construcciones).
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A poco de llegar a Marawa, como decía el cartel que en versión quechua, frenamos. La vista, el paisaje, era… ¿cómo describirlo con palabras? No podía creer estar viendo esos colores, esas formas. Parecía una torta de crema que se había estrellado de costado contra el piso, cuyas capas se iban chorreando (¿se entendió la comparación? =p). Laderas circulares, que iban cayendo como semi-círculos concéntricos verdes, formando toda una guirnalda de verdes pasteles alrededor de un centro púrpura y violeta, con casitas y arbolitos dispersos.
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Hacia allá vamos!

Hacia allá vamos!

Y con ustedes: Maragua =)

Y con ustedes: Maragua =)

La palabra no es decepción, porque no me había puesto a pensar en un meteorito, sino que fue sorpresa: el cráter de Maragua en realidad no es un cráter, sino que está dado por un movimiento sinclinal de las placas tectónicas, lo cual quiere decir que las capas del terreno se plegaron en forma de U, creando una depresión en el suelo. Nunca había visto tierra verde y violeta de esa forma. “Es por los minerales”, me dice Ramiro. Y sí, pura naturaleza.

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Paramos a almorzar unos sándwiches, fruta y chocolate, y después caminamos hasta la Garganta del Diablo, una formación rocosa que parecen dientes gigantes y entramos a la “boca”, desde donde se puede ver un chorro de agua (y que en verano, época de lluvia, debe ser mucho más vistoso). De ahí, volvimos al pueblito a buscar una casa donde estén tejiendo. En el camino nos acompañaba una nena que nos había estado ofreciendo pulseritas, y nos contaba que estaba en el recreo de la escuela: sus clases son de 9:30 a 12, y de 13:30 a 15hs.

Después de buscar en algunas casas, llegamos donde Dionisia, quien se dispuso con su telar de madera, a continuar con su tejido. Una de las actividades tradicionales de la cultura Jalq’a es el tejido, característicos por ser en rojo y negro, con personas, animales, el supay (el diablo, mezcla del diablo cristiano y del dios subterráneo). Una de las cosas que más me llamó la atención de estos tejidos, es que a veces cuesta ver dónde empieza y termina una figura, cuál envuelve a cuál, dónde hay una figura o es si sólo es el fondo, porque una de las características que ellos describen sobre sus tejidos es que deben ser desordenados (aunque visto bien, son increíblemente detallistas y simétricos). Hacer un tejido de 50cm x 20cm sale 600bs, y les lleva dos meses de trabajo. Dos meses de trabajo, dos meses sentada en el piso tejiendo con todo detalle, cuidando hilo por hilo, línea por línea. Hay que tener en cuenta que para ellos, ésto no es su actividad económica, sino una tradición, un hobby. El principal trabajo de estas mujeres es cuidar la casa y su familia, tareas que les ocupan la mayor parte del tiempo (acá, preparar el almuerzo, que se hace moliendo a mano los cereales, cocinando con leña y lavando legumbres, puede llevar toda una mañana).

Foto del blog South for winter.

Perdí la tarjeta de memoria con las fotos de esta parte final del recorrdio =( Mujer tejiedo. Foto del blog South for winter.

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Tejido Jalq’a. Foto de Backstrap Weaving.

Antes de empezar la vuelta, pasamos por la escuelita, donde había nenitos de unos 6 años en su clase de educación física. Nos quedamos mirándolos un rato, mientras dos mujeres lavaban tazas al lado del playón y se reían tímidamente cuando las saludábamos. La gente de estos lados es muy simpática y amable, aunque tremendamente tímida. Te sonríen de una forma muy linda y cálida, pero con esos ojos que reflejan timidez todo el tiempo.
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En un momento, una de las mujeres empieza a caminar con un fuentón lleno de tazas a rebalsar, y a unos metros de nosotros, se le empiezan a caer. Uno, dos, cinco, diez de las tazas caen al suelo, así que voy a ayudarla. Las levanto, las vuelvo a poner en el fuentón, y le pregunto si quería que la ayudara. No me mira, no me responde. Se ríe y le dice algo a las otras mujeres en quechua. Le vuelvo a preguntar y nada. No me entendió. En estas comunidades, entre los habitantes Jalq’a, el español es la segunda lengua, la aprenden en la escuela. Fue la primera vez que me sentí tan rara, tan incomunicada. Nunca me había puesto a pensar que, para viajar en un país con mi misma lengua, hubiese necesitado aprender, aunque sea, palabras de otro idioma.
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Tupananchikkama, Jalq’a.
Hasta pronto, Jalq’a.
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Gracias Oasis Tour por el recorrido el Camino del Inca y el Cráter de Maragua.
Oasis Tour, Agencia de viaje y operadores de tour, tienen agencias en Sucre, Uyuni y La Paz. Para conocer más sobre sus tour, pueden visitar su página web www.oasistours-bo.com o contactarse vía email a info@oasistours-bo.com. También tienen cuenta de skype, oasisboliviaEn Sucre, los encuentran en Aniceto Arce 95, oficina 2.
Teléfono: 4-6432438 / 4-6432437
Celulares: 72877880 / 72871717
Mail: sucre@oasistours-bo.com

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♥ Para leer una versión a puro trekking y camping, leé la historia de Lau Lazzarino acá, quien cruzó de Chataquila a Potolo en cinco días con su novio y dos amigos del viaje.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.