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LA HORA BOLIVIANA (y otros gajes de la cultura)

“Nos juntamos 8:30 en la medialuna de la U, para la reunión”. A las 9 recién están llegando, y nadie pide perdón por el retraso.“Te espera a las 8 en su oficina”, me avisan de una reunión, a las que llego puntual, y el chico al verme me dice “me olvidé que eras argentina”.“Nos juntamos 11:30 en la plaza a almorzar”, “¿por qué tan temprano?” pregunto. “Porque la gente siempre llega media o una hora más tarde”.“Empezamos la reunión a las 8”; no paso a comprar mi pasaje para no llegar tarde, y termino esperando una hora hasta que lleguen todos.“Nos encontramos a las 10 en la plaza”. A las 10, nos llega un mensaje de que nos encontramos a las 10:30. A esa hora estamos ahí, menos un chico de Bolivia que llega a las 11.“El stand es de 10 a 12”, y a las 10:40 recién están empezando a armarlo.“Son las 4:40 ya, estás llegando tarde a tu clase”, le digo a una chica que tenía que entrar a clases. “No importa, todos llegan quince minutos después”.Una y otra vez. Reuniones formales, presentaciones, juntadas de amigos. No importa, la “hora boliviana” es llegar media hora tarde. Ellos mismos lo reconocen. Y lo que más me llamó la atención, es que la gente llegara tarde a reuniones formales, que me cuenten que es normal en la universidad, en presentaciones políticas. Y yo varias veces lo sentí además en falta de consideración de no avisar que estaban tarde, que se iban a demorar, que no sabían cuándo se desocupaban… o llamarme para juntarnos, YA.……….
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Los relojes acá parece que son una mera referencia a veces…

.Otra de las cosas con las que más renegué -y reniego- es lo que muchas veces siento como no-proactividad, el hacer lo mínimo y necesario. Es no preocuparse por ver qué más se puede hacer, por dar hasta lo último, por intentar ser mejor. Recorriendo las ciudades para trabajar con AIESEC, llegando donde ellos me habían pedido que vaya para capacitarlos, fueron contadas con los dedos de la mano las veces que alguno me llamó para organizar una capacitación, para juntarnos a charlar para ver cómo podíamos trabajar. Si yo no estaba ahí insistiendo para organizar reuniones y capacitaciones, nada pasaba. Y no es sólo idea mía: lo hablé con varias personas, y mismo la gente de acá lo reconoce. Me contaba una profesora sobre la poca motivación de sus alumnos para estudiar más allá de aprobar (de hecho, Evo Morales sacó un ley ahora por la cual los profesores no pueden desaprobar a sus alumnos -¡¿WTF!?-), se ve en los negocios (algo que yo veo como poca visión de mercado), cuando uno intenta trabajar con la gente (nada les urge, nada parece importante, todo es hecho sobre el momento, hay que estarles siempre atrás para que hagan las cosas).

La venta en la calle, en cada rincón y de todo tipo.

La venta en la calle, en cada rincón y de todo tipo.

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Pienso en todas esas cuestiones que fui notando día a día y me doy cuenta cuán distinto es Bolivia. A veces pareciera que porque dos países están al lado son iguales, y muchas veces el cambio es radical. Pareciera que la gente va a ser parecida, que la cultura no va a diferir mucho, pero una frontera es mucho más que una simple línea de división de tierras. Con mi forma de ser, que hablo hasta por los codos, me encanta la vida social y cultural, tener muchos amigos y pasar tiempo con ellos, en Bolivia es algo que encuentro que difícilmente podría lograrlo fácilmente. Obviamente hay excepciones, pero la gente me da todo el tiempo la sensación de ser tímida, me cuesta poder mantener una conversación por más de 15 min con alguien de acá, que te miren a los ojos cuando te hablen, que la charla salga fluída sin que sea algo así como ir pensando y-qué-le-pregunto-ahora.

El caso más extremo que tuve fue una vez que estábamos con los chicos de AIESEC haciendo promoción para reclutamiento, y en un momento me llaman para que me acercara a los grupos con los que estaban hablando para que les cuente sobre mi experiencia. Me acerco, era un grupo de unos seis chicos, y ninguno fue capaz de mirarme a los ojos. Les preguntaba si tenían ganas de irse de intercambio, y no decían ni sí ni no. Les preguntaba si querían saber algo y no decían ni sí ni no. Ni me levantan la mirada para mirarme, tenían los ojos clavados en el piso. Vergüenza total de mirarme. Yo, cara de perpleja y de qué les pasa. Mucha gente es tímida, no son los típicos con los que uno puede charlar incansablemente. Son pocas las personas que encontré acá y que siento que puedo sentarme a conversar sin estar pensando “qué digo ahora” o “qué más le puedo preguntar”. Personas con las que uno pega buena onda, hay como en todos lados, pero en general me cuesta mucho más que en otro lados sociabilizar con la gente, charlar con confianza (porque además todo es bastante conservador y muchas veces uno no sabe hasta qué punto decir algunas cosas) y sentir que la conversación fluye, sola.
La virgen, siempre presente en alguna forma.
La virgen, siempre presente en alguna forma.

Siguiendo con la línea del estilo conservador, una de las cosas que más me llama la atención (y ante la que más siento que tengo que respirar profundo, por mi forma de ser y por cómo nos manejamos en Argentina), es el tema de la relación padres-hijos. Me costó horrores no poner cara de esto-tiene-que-ser-una-broma, la primera vez que escuché, de la boca de una chica de 19 años, decir “no puedo ir porque me dieron permiso hasta las dos” (y aclaro que era el mediodía, estábamos viendo de ir a un pueblito para que yo conozca, y por las dos, eran las 2pm). Después, sucesivas veces escuché cosas parecidas: “a mis papás no les gusta que salga los dos días” (de una chica de 26 años), “mis papás me retaron porque llegué tarde y no me dejan ir ahora” (un miércoles a las 10pm, de una chica de 24 años). Creo que hace desde los 18 años que yo no le pido permiso a mis papás para hacer algo (ok, ya no vivía con ellos…), así que para mí, escuchar ese tipo de comentarios, me suena bastante raro.

El cartel de "Prohibido estacionar motos en la vereda" poco le importó.

El cartel de “Prohibido estacionar motos en la vereda” poco le importó.

"En venta". Creo que no vi nunca un cartel de una inmobiliaria, acá simplemente escriben que se vende, y el teléfono.
“En venta”. Creo que no vi nunca un cartel de una inmobiliaria, acá simplemente escriben que se vende, y el teléfono.

Otra, y en cierto sentido me hizo acordar a Chile (no es igual, pero allá le dan mucha importancia a la Universidad donde estudiaste) es la relevancia que le dan al título profesional de la persona: “Buenos días, Lic.”, le decía la chica de la limpieza al Director de Turismo; “el Lice todavía no subió las notas” me contaba un chico en Tarija sobre los resultados del exámen; “Prof. Eduardo Flores “ anunciaba la lápida en el cementerio de Sucre..

Comer en la calle, una gran costumbre en Bolivia (y rico y barato)
Comer en la calle, una gran costumbre en Bolivia (y rico y barato)

Detalles, muchos de ellos son detalles, cosas pequeñas que a lo mejor no me daba cuenta en el momento o de un día para el otro, sino que empecé a notarlas después de interactuar un tiempo con la gente, luego de verlas una y otra vez, o escucharla día tras día. No me quejo, son sólo percepciones de cómo funcionan las cosas acá, como se maneja la gente en Bolivia, cuestiones subjetivas (y algunas no tanto) sobre cómo es la cultura a algunos kilómetros de casa. A veces reniego, pero no me quejo: al fin y al cabo uno está conociendo, y ese el objetivo de todo viaje.

Acerca de 

Cuando hice mi primer viaje de mochilera a los 18 años entendí que viajar era mucho más que algo que quería hacer sólo quince días al año. Cuando, dos años después, hice un voluntariado en Kenia, me di cuenta que aportar un granito de arena era algo que no podía dejar de lado.

Desde 2011 viajo y escribo en este blog: para compartir, para mostrar, para aprender, para entender. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque es mi trabajo para seguir viajando.